Por Israel
Cuando nos acercamos a la hoguera de nuestras vanidades remitimos al ser humano al guiñapo que nos ofrece el capitalismo. Así le damos gusto al individualista que nos grita desde el corazoncito pachón que hinchamos para sentirnos importantes. Vaciando de este modo lo que de humanos traemos, nos queda el cascajo de lo que podemos ser a causa de reivindicar al ser individualista que hasta como postre nos sirve la sociedad actual por todos los medios a su alcance.
Que el hijo del campesino, el hijo del obrero, puedan salir adelante, porque debe haber movilidad social, pero lo que realmente importa es la felicidad, el amor, pero no a lo material, son palabras recurrentes de nuestro presidente. Otras expresiones similares se le escuchan a diario, repitiéndolas de distinta manera y con ejemplos diversos, como esa de que según Juárez el funcionario debe aprehender a vivir en la justa medianía, para contrastarlo con la llamada burocracia dorada que todavía hay en el gobierno.
Para cualquiera que se plantee hacer algo por transformar el entorno en el que se encuentra (y no a fuerza puede estar pensando en acabar con el capitalismo, cuando menos hacer una vida lo menos individualista posible, lo que no es poco pero quizá no sea lo más a lo que se puede aspirar, eso depende de nuestra misma decisión) ubicar los alcances o límites y las responsabilidades de lo que nos propongamos, resulta una tarea que se realiza de manera constante.
Cualquier actividad o propósito que se salga del huacal impuesto por el capitalismo de nuestro entorno, en el que estamos inmersos y nos moldea a diario, siempre obtendrá una respuesta de condena, prohibición o rechazo, a pesar de que tal vez el resultado plausible o más humano no sea sólo en el provecho de uno. Si es posible que burgueses con residencia en Monterrey se hermanen en acción con indígenas de Chiapas, para rechazar los libros de texto gratuitos que es obligación del gobierno entregar, es porque coinciden en ideología, en intereses.
Todos tenemos ideología y es imposible ocultarla. Hasta a nuestro presidente le gana (me sale la ideología, ha dicho) y ¡vaya que es muy reaccionaria la suya de él!, pero la ideología reaccionaria es lo que puede catalogarse que existe como normal o de medio pelo en una sociedad capitalista. Lo diferente de verdad, lo que se contrapone a lo impuesto por el capitalismo, es lo que se sale de su mecánica impuesta. Como todos tenemos ideología, lo más frecuente (digámoslo de otro modo) es hallar personas reaccionarias en el capitalismo.
El mínimo revés asestado a su replicación de valores y creencias (como llaman los psicólogos a los principios), a lo que siempre ha mamado desde antes de la cuna cualquiera con formación reaccionaria, resulta en un bloqueo mental, en satanizar antes de cualquier entendimiento. Los mecanismos que llevan a tal situación tienen asentamiento en el individualismo acendrado porque es lo prevaleciente en la sociedad actual. Y para ciertos grupos mantener intacto esto es vital sin importar (en apariencia) la clase social a la que se pertenece.
Lo que hermana como reacción de condena y rechazo a gente idiotizada por el llamado fanatismo y la cerrazón para cualquier cosa que se crea distinta porque (según) pone en jaque el fundamento de su ser, hasta para llegar al bloqueo mental, es la ideología que comparten. Así, a indígenas muertos de hambre no se les hace el fuchi desde la burguesía con aspiraciones gringas por estar cerca de los yunaites, al compartir un rechazo (tonto) hacia algo que creen vulnera sus principios (pensar, por ejemplo).
Pero que no se les haga el fuchi está muy lejos de ser aceptados. El muerto de hambre siempre lo será para un burgués, provenga de línea de abolengo o sea un ascendido, porque pesa más el principio de que las clases sociales no se mezclan que la hermandad habida por la ideología. La historia de lucha de clases con que se construyeron las sociedades capitalistas en nuestro continente es tan álgida, que los llamados buenos modales de otros pueblos también viviendo en el capitalismo quedan lejos de las costumbres conocidas en nuestro entorno.
En este sentido tiene razón nuestro presidente al hablar de la reserva moral que representan los núcleos comunitarios en los que los lazos colectivos perviven, pero estos en su esencia no van a lo que podría llamarse el alma del capitalismo centrada en el individualismo. El planteamiento de un mundo donde quepan muchos mundos (por ejemplo) que se supone nacido en las entrañas de una organización remitida a algunos de esos núcleos comunitarios, es un dejarlos ser a cada quien (los muchos mundos) sin que implique algo más.
Sin que existiera el capitalismo como sólo es posible pensar que se concretizara esa idea, el que exista un mundo donde quepan muchos otros es dejar ser a los demás (como decían los del movimiento hippie de la segunda mitad del siglo 20), como quieran ellos mismos ser (letit be, la canción de los Beatles). El significado último de esto es que, si alguien es en el extremo un asesino o sicario, un depredador sexual o un fascista (porque así lo decide ser), hay que aceptar eso y ya, para que ese su mundo quepa con el de los otros.
Todo el imaginario y las referencias unidas a la llamada tolerancia parten de este mismo planteamiento. El llamado respeto a la opiniones, ideas o actitudes del otro, aunque no se esté de acuerdo, es algo muy distinto de buscar ponerse en el lugar del otro. El asunto aquí no sólo es que cualquier sea como se le hincha la gana, porque eso es puro y vil individualismo, y haya que respetarlo por eso. Lo que de verdad va al fondo para con el otro es tratar de ponerse en sus zapatos a fin de entenderlo. Eso no implica estar de acuerdo en consecuencia.
Lo que uno ve en el otro es el resultado o consecuencia de razones y circunstancias que, de entrada, se desconocen. El mundo en el que el otro se ha formado (siendo él otro mundo) lo que menos debe buscarse hacer es respetarse, porque es una manera elegante de no reconocer la valía que tiene el otro sino dejar que sea como su santa y regalada gana quiera. De paso, ésta es una manera de decir que lo dejen a uno ser como la rechingada gana de uno se lo dicte. En última instancia, individualismo vulgar, prosaico.
Entender o tratar de comprender al otro (lo que le pasa, cuáles son sus circunstancias) tiene el límite de lo que se busca con esto. Si sólo entender, sin buscar incidir, es mera comodidad (digámosla) académica, como si se tratara de un espécimen en estudio. Si lo que se intenta es comprender para incidir (sea por apoyo o solidaridad, sea para que el otro desarrolle sus potencialidades, sea para que se convenza de que luchar acabar con el capitalismo es el camino esencial para ser cada vez menos inhumano a causa del individualismo), es otra cosa.
Para dejar de ser un pútrido individualista de mierda no se necesita ser un redomado trasnochado (un marxista-leninista, por ejemplo). Se consigue ser cada vez menos individualista (y por tanto, dejando de reproducir la ideología que nos impone el capitalismo) si la dignidad que como ser humano se supone tenemos, sirve de base o se pone por delante en todo momento y en cualquier circunstancia. Que un muerto de hambre presuma con sus actos ser un reaccionario a ultranza no es algo que muestre alguna dignidad humana.
Porque el individualismo envilece al ser humano y por este camino el ser que es el ser humano pierde la cualidad que lo hace tener dignidad en cuanto tal. El no dar el lugar que se tiene como humano ni al que a uno mismo le corresponde en cuanto tal, es muestra palmaria de que la persona ha dejado de ser lo que de humano tenía, para ser otra cosa. Un ser vivo, pero no humano. Porque el carácter humano que da al ser que llamamos humano no se reduce a comer o cagar, coger y reproducirse, ni siquiera tener un empleo o ser dueño de una fábrica.
De hecho vivir a costillas de robar el trabajo que otros hacen como sucede con la explotación que hacen los burgueses de los obreros en su sociedad, no otorga ninguna dignidad como ser humano a quien mantiene tal situación, aunque como actividades el trabajo se sabe es propio del ser humano. No sólo por la llamada enajenación o la alienación es que con esta clase de hechos y circunstancias el ser humano deja de ser lo que es, para convertirse en una ser nomás vivo, sino en lo fundamental porque al perder la dignidad pierde la esencia de su ser.
El ser humano al ser un ser que se degrada a sí mismo por lo anterior se convierte en otra cosa, aunque en su función social siga siendo llamado humano, pues carece de toda dignidad al ni siquiera darse el lugar que como humano se supone tiene para ser el ser que se supone es. El capitalismo animaliza a la gente que sigue por inercia llamándose humano, pero que se convierte en otra cosa muy distinta. Este mundo del revés del capitalismo se come entero, fagocita, se chupa el carácter humano que tiene el ser que llamamos ser humano.
Todo el mundo aplaude esto y, por paradójico que sea, hasta nuestro presidente al exaltar el capitalismo que es decente y humano junto a sus nobles deseos de amor al prójimo, expone su misma ideología, el límite de lo que lo anima como dirigente de la 4T. En esto se hermana con la consigna de que exista un mundo donde quepan muchos mundos, pues en el fondo ambos planteamientos toman agua del mismo charco de individualismo. Déjalo ser como su chingada gana le dicte. Al menos nuestro presidente les pide paz y amor de cristianucho.
Lo siguiente para cualquiera que busque algo más que replicar el puro individualismo que nos ofrecen todos los días para no arder en las llamas del comunismo, es preguntarse si de tan nobles esfuerzos (arriba y abajo, como les gusta decir a los progre enmascarados) se mantiene el mismo fondo creado por el capitalismo, qué y cómo hacer algo que no repliqueel individualismo de todos los días. En el mundo del revés creado por el capitalismo se encuentra la clave, que no aparecerá dicha o escrita en periódico o programa de Tv o la internet.
Un trasnochado de cepa (marxista-leninista para mayor referencia) diría para el caso que todo se soluciona con hacer la revolución. Lo cual, a semejanza de las enseñanzas de los maestros Shi fu o Huwei, no se consigue en la tiendita de la esquina, leyendo El manifiesto del Partido Comunista ni siquiera con aprehenderse pasajes de memoria de El Capital, como algunos profes presumen al dar clases en unas Universidades públicas. Quien ama el individualismo en su ser lo replicará sin importar tiempo, modo o circunstancia.






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