Si somos curiosos y buscamos la esperanza de vida desde el paleolítico hasta llegar al siglo XIX (¿de cuántos miles de años estamos hablando?), encontramos que la esperanza de vida pasó de 22 a 33 años, es decir, solo aumentó una década prácticamente en ese enorme lapso de tiempo, aunque esta cifra puede variar por diferentes factores.
Por ejemplo, veinte años después de la Revolución Mexicana, cuando nuestro país comenzó a estabilizarse después de la guerra, la esperanza llegó a los 33 años, por lo que es relativamente reciente que hoy podamos hablar de un hecho global, histórico e insólito, donde pueden convivir en un mismo espacio hasta más de cuatro generaciones juntas.
No está de más decir que en México está creciendo el número de niñas y niños, pero no más de lo que crece el número de personas en edad productiva, siendo aún superior el número de adultos mayores que hace treinta años, con una esperanza de vida -que en ese lapso avanzó- de 70 a 75 años.
Puede ser inquietante meter en un mismo saco a miles y miles de años con el nombre de «sociedades tradicionales» con una esperanza de vida de hasta 33 años, para después hablar, en un corto periodo de tiempo, de «sociedades hipermodernas», que, en tan poco tiempo, duplicaron el tiempo de vida (y más), lo cual es una señal de la aceleración de los procesos sociales: hoy en día, en segundos, se puede producir lo que antes llevaba años.
Sin embargo, no podría entenderse esta celeridad más que como resultado de un proceso histórico casi difuminado o aniquilado por la conciencia, y, por esa misma razón, al mutilar o negar los procesos sociales, somos propensos a ver, con fascinación, lo que es capaz de hacer un dispositivo móvil bajo la versatilidad de las manos de los menores que parecen adaptarse a las nuevas tecnologías, o propensos a ver en las máquinas «empleados (no humanos) tecnificados», es decir, dejamos que los sentidos nos engañen, pensando que los productos de procesos históricos parezcan objetos externos a estos procesos, como si no fueran resultado de ellos, o como si su comportamiento fuese independiente del sujeto productor.
Porque, mientras los objetos son productos acabados y coherentes, cuasi perfectos, el sujeto que produce es un conjunto desmedrado de individuos en constante rotación, insignificantes, abstractos, desechables, desarticulados, incluso lentos en relación con la celeridad de los procesos activos, lo que nos hace pensar también desarticuladamente en los hechos como fenómenos aislados y sin conexión, como como si no existieran los que no conocemos, por lo que fácilmente, lo que el sujeto hace en su conjunto se percibe como lo imposible, cosas que trabajan por y para nosotros, aunque nosotros somos sus siervos.
Pero, siervos somos de algo más sagrado que las máquinas, porque en vez de servirnos de ellas para lo que las hemos producido, para que crezca la riqueza y podamos vivir mejor, la realidad es que ese es el velo para tapar cosas peores -que no son cosas- y que este sistema ha sacralizado como la ganancia, valor que engendra valor, de la cual solo menciono dos consecuencias.
Primero, la paradoja es que la riqueza social se produce y acrecienta en menos tiempo que antes, pero, el sujeto productor está en continua rotación, hoy trabajan unos, y rápidamente son reemplazados por otros, no importan los individuos concretos, sino que esté activo el sujeto, quiénes quiera que sean los que lo activen, pues, lo importante y lo sagrado es la ganancia. Entonces los individuos de carne y hueso no tienen que hacer antigüedad porque eso aumenta los costos de las empresas: el ser humano pierde su centro y coloca a la producción de la riqueza en la cima, la cual dispone de un ejército de reserva que solo hace exclusivos a algunos, para ser desechados también, tarde o temprano.
Por tanto, la vida útil de los trabajadores (o la vida productiva de las personas, ellas sí, insignificantes) está en constante riesgo de quedar fuera de los frutos de esa riqueza, y por mucho que haya mejores condiciones para que se prolongue la vida, su vida productiva tiende a estar en riesgo. Es decir, podemos vivir más, pero la cuestión es cómo le hacemos para mantenernos activos y productivos bajo este régimen que expulsa y recicla gente.
Segunda paradoja. Como el ser humano no está en el centro del debate, ni hay protección del medio ambiente, las externalidades de la producción generan un ambiente nocivo, insano, y la responsabilidad de contener, corregir y sanear la contaminación se pretende que sea un costo público sobre la base de un sistema de salud deficiente, en gran medida, porque no tiene el equipamiento necesario, etc., y mientras estos prolegómenos deben ser atendidos por el estado -a saber con qué recursos, si todo está centralizado, o en lo que bajan los recursos a condición de un sujeto más subordinado al poder económico-, los individuos, para estar activos, necesitan estar saludables y tener un fondo de reserva para cuando enferman de enfermedades curables. La pregunta es cómo si las personas trabajan para estar al día, aunque haya quienes sí puedan ahorrar, quienes no, engrosan una alta vulnerabilidad social. Otra vez, el ser humano no está en el centro.
El proletariado, es claro, no es homogéneo, los menos vulnerables no solo tienen trabajo, tienen una fuente de ahorro, incluso tienen cierto confort, pero tampoco están exentos de tocar la pobreza o la pobreza extrema. El descenso social es más factible que el ascenso. Por esa misma razón están sedados, volviéndose en guardianes del status quo, no porque estén conformes, sino porque no están dispuestos a correr el riesgo de perder lo poco que tienen, lo que para muchos es mucho. Esto a lo mejor no le resuene a todos, porque el mundo concreto es más rico y variable que estás absurdas simplificaciones, pero entre más se desarrolla el capital, comprobamos que la vida es cada vez más contradictoria y absurda, más cercana a la ficción.
Hoy en día, millones de personas en el mundo, en edad productiva, e incluso en edad de jubilarse, dependen de su trabajo para asegurar su presente, por consiguiente, la inestabilidad de las condiciones laborales y la falta de garantías que protejan la salud de las personas en esta edad, amenazan no solo su presente, sino que también comprometen su porvenir, por tanto, la longevidad que ofrece aquella sociedad hipermoderna es ajena e inaccesible para los que tenemos que gestionar el poco tiempo que nos queda antes del ocaso de nuestra vida productiva a una edad relativamente temprana de cara a la longevidad sin empleo seguro, ya sea porque somos reemplazados por una máquina o por otro individuo que nos devora como lo devoramos en su momento, precipitando la incertidumbre del gran ejército de reserva que somos.






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