Por Israel
Si nada es lo que parece podemos estarnos engañando de todo hasta este momento. De aquí en adelante aunque lo sepamos deberíamos cuidar este aspecto en lo que nos rodea. En lo que nosotros mismos somos, en lo que es nuestro quehacer. La relatividad que hoy campea como pendón por todos lados por oposición o rechazo a lo que de absoluto se consideraba antaño (según), como la eminencia de ocurrir la revolución de los muertos de hambre contra el capitalismo, es una nueva manera de dar gato por liebre (con alcurnia de academia).
Porque nada es lo que parece y el enemigo de los muertos de hambre sólo son sombras e imágenes, reflejos, el buscar salir de pobres, el aventurarse por necesidad a irse a otro país sin los documentos respectivos (que, de paso, son diques creados para impedir la movilidad de la fuerza de trabajo, para mejor ser controlada en territorios específicos), puede ser tan trágico o no tanto, como otros eventos en los que una necesidad se convierte en desesperación o un impulso distinto, por el cual hasta la vida se puede arriesgar.
Que irse a buscar la vida a otros lugares, a otros países, pese a carecer de los papeles para cubrir la legalidad impuesta, sea un acto de heroísmo como lo llama nuestro presidente, es una manera de embellecer una situación de violencia. En lo que se puede hablar de lo que le sucede a una persona resulta una tragedia que a la gente que sobra para el capitalismo le toca vivir. Nadie quisiera estar en sus zapatos, se puede pensar. Pero es la circunstancia actual la que genera esta expulsión que, de manera como se dice personal, a muchos toca afrontar.
A otros les tocan circunstancias distintas que, si bien pueden pensarse no guardan relación con que haya capitalismo, en última instancia responden a igual hecho relacionado con quienes por sobrar deben buscar irse a otro lugar y hasta otro país para camellar. La desaparición forzada y el tráfico de personas (sea para obligarlas a laborar en actividades legales y no legalizadas) también está referida a la gente que sobra para el capitalismo.
Se puede prescindir de la fuerza de trabajo (potencial o en edad productiva) y ésta, desde luego, no surge de las familias de los capitalistas. Y en el caso de quienes por diversas razones están a merced de ser desaparecidos, resultan para su familia una tragedia desesperante que impulsa a éstas a buscarlos con ahínco. Éste es el caso emblemático de los 43 normalistas de Ayotzinapa y de todas las personas que por razones en apariencia inexplicables, desaparecen forzadamente.
Los capitalistas (legales o no) identifican a sus víctimas por las cuales su misma sociedad no moverá un dedo para impedirles las desaparezcan o hagan negocio diverso con esto. Si en las décadas de la guerra de contrainsurgencia el ejército en México fue el principal medio empleado (pero no solo) para asesinar y desaparecer de manera forzada a cualquiera que siquiera chistara por la situación de cerrazón imperante, la impunidad de entonces vuelve a refrendarse con el caso de los 43 estudiantes desaparecidos.
Hasta nuestro señor presidente hace malabares como chango en cinco pistas para defender a ultranza al pueblo uniformado (como él alude a los soldados y marinos), porque ya no son asesinos, ya no se dedican a desaparecer de manera forzada a cualquiera, porque ahora cuidan a la población (según lo ha expresado el presidente)a la que antes atacaba a bayoneta calada. En realidad para nuestro presidente emplear al ejército y marina como si se tratara de una paraestatal, ha sido una bendición matando con esto varios pájaros de un tiro.
Le quitó un posible aliado a la burguesía cavernícola que ahora tiene a todo lo que da una campaña para satanizar cualquier cosa y a cualquiera que esté un poquito a favor de la 4T. Al no contar con el aval de las llamadas fuerzas armadas, un golpe de estado por esta vía es difícil de realizar. Le lavó la cara y el alma (puede decirse) a los militares al otorgarles el papel relevante que ahora tienen: constructores, administradores, héroes de gobierno (con la obra del Tren Maya y el AIFA), cuidadores del pueblo (con la Guardia Nacional).
De este modo nuestro presidente se los echó a la bolsa. Y el papel de los cuerpos de represión en el capitalismo, por arte de magia quedó inmaculado. Hasta las aduanas controlan los militares y las nuevas empresas que administrarán la infraestructura ferrocarrilera, hotelera y demás. Así se evita un golpe de estado (según) y se obtiene una paraestatal cómoda y disciplinada que no pide más para llevar a cabo el mandato encomendado, como no sea seguir en la oscuridad su historia de sangre y muerte que le precede (¿algo más hacía falta?).
Esto último ha sido demostrado en el caso de los 43 normalistas desaparecidos en 2014, cuando pese a la buena voluntad de nuestro presidente su pueblo uniformado se pasa por el arco del triunfo lo que les ordena para esclarecer el paradero de los estudiantes. Ora sí que, para este caso, nuestro presidente se convirtió en un florero nomás. De lo que tanto renegó en el caso de su antecesor, terminó ocurriéndole en cuanto al escaso (por no decir nulo) caso que le hace ese su pueblo bueno uniformado.
Pero la ideología que le gana a nuestro presidente (él mismo reconoce que ésta le sale a veces, ¿unas cuántas?), también se expresa en querer embellecer la cruda realidad de quienes por ser prescindibles para el capitalismo deben largarse a otros lugares a camellar sin seguridad de ningún tipo. Y esto, desde luego, en el supuesto caso que logren atravesar todas las barreras habidas y por haber para llegar al otro lado, y recibir las mieles del llamado sueño americano con que Gringolandia se ha ufanado para vender una imagen de papel.
Estos viacrucis que violentan la vida de la gente por el capitalismo,catalogados de heroicismo por la buena onda que anima a nuestro señor presidente (nuestros héroes y heroínas, dice de continuo) es el motivo principal por el cual, haciéndole lo que el viento a Juárez, su pueblo bueno uniformado se ríe de sus instrucciones :hacer aparecibles los 43 que desaparecieron. La frivolidad de tratar la vida como un sueño angelical (abrazos, no balazos) es una actitud (la ideología que no se esconde) que tiene un límite que nos puede hacer ver hasta ridículos.
Es cierto que si se miran como caso personal una situación de las indicadas, resultan trágicas. Puede entenderse que para no victimizar la situación nuestro presidente alabe de héroes a quienes, pese a las muchas dificultades, salen avantes. También es entendible que hacer esto conlleva la intensión de reconocer el esfuerzo realizado. Pero tal actitud en el fondo es la compasión propia de alguien que, para no sublevarse, siente lástima ante quien no ha sido (digámoslo así) favorecido en la vida.Favorecido en su vida por el capitalismo.
Al final, la vida de cualquiera no es miel sobre hojuelas (como se suele decir) y las llamadas penalidades que se viven en el valle de lágrimas (amén), suceden por algo. Ese algo, que los buena onda le atribuyen a quién sabe quién, tiene nombre y apellido (como luego dicen los de la izquierda buena onda). Aunque de modo genérico nos refiramos al capitalismo, en los hechos los beneficiarios de la sociedad construida a base de éste son personas de carne y hueso (como también suelen decir los que se sienten izquierdosos).
Si de por sí la tragedia ronda la vida y acompaña al ser humano durante su estancia respirando, tan sólo porque no puede ser un ser para siempre pues un día chupará faros, en los momentos específicos que nos tocan vivir es la existencia del capitalismo imponiéndose por todos lados lo que convierte una situación que puede ser trágica para una persona (quedarse sin trabajo, por ejemplo), en una circunstancia permanente, irresoluble, generalizada. Que violenta la vida a cualquiera, sobre todo si es parte de la gente que sobra para el propio capitalismo.
Develar los mecanismos que funcionan en la última instancia en ese modo de producción lo hicieron en su momento los trasnochados mayores (Engels/Marx), tan sólo por emplear el cerebro para lo que madre natura se los dio: pensar. Recogiendo lo mejor del pensamiento surgido durante el periodo descollante, revolucionario de la burguesía, procuraron no dejar a medias las ideas pergeñadas, llevándolas a las conclusiones últimas en las circunstancias tenidas a su alcance.
Esto, que desde luego es emblemático, fue unido siempre a una actitud práctica acorde con lo que, antes sus mismos ojos, el concluir mediante el uso del cerebro para pensar iba siendo cada vez más claro. Nuestro señor presidente también tiene claro a dónde quiere llegar. Por eso es un desatino (para decirlo en términos suaves) pedirle o esperar algo distinto de lo que él mismo ha demostrado está dispuesto llevar a cabo.
El planteamiento de hacer todo lo más que se pueda por acabar con el capitalismo no es lo que parece ser. En realidad, nada es lo que parece. La dignidad no es como la mierda que sale de nuestras entrañas por el ano atravesando el recto, luego de comer por la boca (aunque muchos traguen mierda). Aunque hay quienes al hablar hacen un proceso inverso al demostrar que, para expresar algo, el cerebro les sobra, pues el origen de sus ideas está por donde a cualquiera le sale la caca. Esto se explica porque la ideología no se oculta.
La desesperación conlleva a cualquiera a actos que pueden ser catalogados de heroicos, pero también esto no es lo que parece, porque la desesperación puede llevar al suicidio, a violentar a otro, a mutilarse, y así. Este aparente juego de posibilidades es impulsado y controlado por el mismo capitalismo, que nos lleva a pensar que ser forzados hasta a arriesgar la vida por irse a buscar el mentado sueño americano, deviene de una decisión propia, de una elección que nadie nos impone. Cuando si no se hace esto o alguna otra cosa similar, no se tiene qué comer.






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