Por Israel

La expulsión de fuerza de trabajo que se vive en la actualidad por la búsqueda de un capitalista que los quiera explotar en algún país, es la salida dada por la población que sobra para el capitalismo. Es una salida, si se quiere, desesperada, pero tal vez no se puede obtener otra distinta teniendo en cuenta el enorme idiotismo proliferante por todos lados en que han sumido a los muertos de hambre. La humanidad en su conjunto (si es válido decirlo así) se acerca al cadalso a paso firme y gustoso, sin chistar o levantar alguna ceja de asombro o enojo por esto.

Esperando la redención por el capitalismo, la pequeña burguesía se atrinchera en sus prejuicios al ver que su lugar más o menos cómodo respecto de esta avalancha, puede ser puesto en peligro, desestabilizado, tirado al caño, o cuando menos menguado en la parte que le corresponde del pastel de valor en la forma monetaria de ingreso. Eso la sumerge en el individualismo que campea en su almita soñadora de ascenso frustrado, la empuja a la rebelión contra los parias que amenazan o se hace más sumisa y apolítica conformista.

Para los muertos de hambre del país receptor la falta de solidaridad con sus hermanos de condición histórica, sobresale cual emolumento de mérito alcanzado por ser reaccionarios indolentes. Si lo único a perder son las cadenas de la explotación, los muertos de todo el mundo podrían sincronizar el éxodo y recepción al menos para luchar juntos, porque la rapiña que les chupará la sangre alcance en un pedacito para todos. Cuando menos, si no quisieran perder las cadenas, podrían esclavizarse agarrándose de las manos (¡todos juntos, ya!).

Hacer posible del modo anterior la máxima proscrita por trasnochada (¡proletarios de todo el mundo, uníos!) haría felices a los comunistas reinventados, y de seguro con la confusión generada por nuestros grandes intelectuales patriotas hasta el reformismo de nuestro señor presidente, referiría el gesto noble demostrado por su pueblo politizado. Pero hasta esta acción que limpiaría una mancha al propio capitalismo, la cavernícola burguesía no tardaría en salir a condenarla.

Los propaladores de espíritu estupidizante que se muestra en radio, televisión, periódicos e internet (los Loret, los Ciro, los Brozo, los López-Doriga, las Denise, las Aristegui) no se esperarían para tirar mierda como siempre. Y a pesar de esto la santa alianza entre hermanos muertos de hambre de aquí, de allá y acullá con los de más acá, demostraría que si no es para hacer la revolución, al menos los muertos de hambre se consolarían en la tortura de ser sangrados por los parásitos capitalistas.

Entregarse al espíritu mediocre relleno de individualismo que nos bombardea el capitalismo por todos lados, o aventurarse a hacer algo por terminar con éste antes de desfallecer, parece una disyuntiva lejos de los hechos si no del imaginario de lucha de los muertos de hambre. Embebidos de sí, la sobrevivencia, el ¡sálvese quien pueda! se impone como divisa. Y en esta medida uno se pregunta a dónde irá a parar la humanidad agachona que acepta la horca del capitalismo, que apunta a acabar con toda forma de vida en la Tierra.

Se pensará que todo es en vano. Y que el derrotismo y el pesimismo adjunto resonando en los corazones del ser humano individualizado, es la cuna para prevalecer la propiedad privada capitalista por los siglos de los siglos (amén). El triunfalismo del imperialismo luego de la desaparición de los países socialistas, tomó la forma de crear la ideología de la compulsión individual para ser eficiente a toda costa, ser el arquitecto del propio destino, ser el propio patrón, el fracaso o triunfo que sólo depende de uno mismo, y así.

Esa sensación de ser libres porque se hace lo que uno decide (y si esto es así, se puede hasta hallar placer en autoflagelarse para que el cuerpo sienta lo que de verdad es sufrir) es la trampa por la que se cuela el individualismo bajo la forma de voluntarismo. Porque la nueva libertad ahora llamado espíritu libertario (hasta por nuestro señor presidente) es la engañifa que nos vende el así llamado neoliberalismo, para hacernos creer que dentro del capitalismo la compulsión de traerse en chinga uno mismo es porque uno así lo decide.

La explotación no es hacer cosas más rápido (en vez de redactar 5 oficios en equis cantidad de tiempo, redactar el doble o más en igual lapso), o muchas cosas a la vez (cagar, leer, escuchar música y fumar). La explotación es la extracción de trabajo materializado en mercancías para ser apropiadas por el dueño de insumos, equipo, instalaciones y demás capital usado en fabricarlas, luego de descontar el capital variable (salario real del trabajador). No existe la autoexplotación, y la dominación no surge de fuera ni de dentro, sino lo contrario.

De hecho, a diferencia de lo aparente de esa situación compulsiva creada por el imperialismo actual, en la que la aceptación e impulso a la vez de una circunstancia de explotación y dominio de clase viene expresada como un sentimiento nacido en nuestro interior, es algo creado por el ser del capitalismo para mejorar la intensidad y afianzamiento de sus relaciones sociales. La dominación no existe sin aceptación y si además se confunde libertad con sometimiento (gustoso) por la declinación de toda protesta o rebeldía, el enredo del ser todavía es mayor.

Con la confusión creada luego de la extensión de las relaciones capitalistas a más partes de la Tierra, y la intensificación de la explotación de la fuerza de trabajo a causa principal de la tecnificación mayor de procesos de trabajo en industrias estratégicas, tanto del sector productor de medios para el consumo final como productivo, la desaparición de países socialistas fue aprovechada por el imperialismo para producir un vacío (de ahí la confusión) en las imágenes y referencias, en el ideario e imaginario de lucha de los muertos de hambre.

Desde luego, el ser del capital es la violencia instituida en una circunstancia de facto. Ese estado de hecho consagra el robo del trabajo ajeno mediante el derecho establecido de una clase social, quien se apropia lo producido por otra, a partir de un primer robo o desposesión que de modo subsecuente se acrecienta. La primera acumulación de lo que será denominado capital, establece la normalización del derecho que tienen sus pocos dueños para vivir a costillas de la mayoría despojada de la propiedad, como no sea su capacidad para trabajar.

La propiedad privada capitalista surge y se establece mediante la violencia, la rapiña, el robo descarado, el despojo, dejando sólo para quienes no forma parte de la clase social creada a partir de aquí, la capacidad de su cuerpo y su mente para realizar la actividad conocida como trabajo. El que acepta esto y además lo hace suyo aunque sea un muerto de hambre, al actuar a partir de esto siente y piensa que es la expresión de su actuar sin restricciones. Lo que hay en el fondo es la aceptación del sometimiento como si fuera un hecho elegido, voluntario.

El perfeccionamiento de este mecanismo al individualizar al ser humano, que de suyo sólo es tal al ser gregario o colectivo, es la tarea en que empeñó todos sus esfuerzos el imperialismo, luego de la desaparición del socialismo como realidad posible. A partir de aquí, el deterioro de las condiciones y relaciones de trabajo fue la divisa para crear la mentira del autoempleo, la autoexplotación, el emprendurismo, la aceptación de trabajos sin reconocimiento de derechos, anhelando esto mejor que nada, genera relaciones (podría decirse) casi de auto esclavitud.

Las relaciones de trabajo que en los últimos 40-50 años han florecido con la extensión e intensidad del capitalismo, reducen cada vez más la parte destinada al capital variable del total del valor del capital. Hasta límites mínimos y con mecanismos que atan, enganchan, subsumen de manera total y despiadada al trabajador contratado a lo que le impone el capitalista, sin considerar muchas veces el mínimo de derechos conquistados por las luchas obreras.

Que existan en la industria de alimentos jornadas laborales donde el proletario viste pañales porque no tiene permitido ir al baño, son los Tiempos Modernos en Gringolandia; o que los obreros de maquilas en Guanajuato consuman drogas para aguantar varias jornadas de trabajo, igual sucede con jornaleros agrícolas;y estos últimos además acarrean a su familia para ser es contratada en Sonora, Sinaloa, Durango o Baja California en cultivos que serán exportados. Muestran el reino al que desea entrar la fuerza de trabajo de la que se prescinde.

Y todavía la buena onda de nuestros intelectuales inteligentes se espantaban al oír esa consigna atronar ¡proletarios de todo el mundo, uníos!, que hoy ni de broma se escucha en algún lado. Mientras otros pensadores patriotas afirman que la clase obrera ya no existe, en el más absurdo dilema de presumir la estupidez,como si ser reaccionario debiera ser aplaudido de algún modo. En un mundo chabacano como el nuestro las disyuntivas parecen tener alguna importancia para que sigamos la ruta hacia el cadalso ofrecido por el capitalismo.

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