Por Israel
Resulta efímero afirmar que el contenido de la revolución (si por ésta entendemos acabar con el capitalismo) debe ser definido en la actualidad cuando la obviedad de los hechos nos pone la respuesta al alcance de las narices. Pero es tal la confusión reinante entre nuestros intelectuales y su debacle porque el capitalismo se recompuso con la existencia y desaparición de países socialistas, que les asusta pensar en seguir los derroteros que ya marcaron las luchas de los muertos de hambre.
Y es que tener la seguridad de que nuestro pensamiento y acción es infalible deviene en una caricatura de toda lucha que se digne tomarse de tal. No existe un manual en el que se diga (como el catecismo de la iglesia católica) cuáles son los pasos a seguir al enrolarse en luchar por acabar con el capitalismo, y aunque los principios que deben guiar los pasos por este camino como los planteó Engels para La Liga de los Comunistas, fueron corregidos por él y Marx en el Manifiesto del Partido Comunista, tampoco es palabra muerta.
Ejemplos habidos en la historia de pueblos dan cuenta de la serie de medidas que han debido tomarse, el fracaso de acciones, las traiciones ocurridas, los esfuerzos para unificar luchas, las discusiones habidas para encausar tareas y toda una amplia gama de aspectos que involucrar enrolarse en la mentada revolución. Incluso en ese gelatinoso (así llamado)plano personal (como si todo lo hecho por el ser humano en el presente no estuviera ligado a la persona que es) se dan muchas disyuntivas al tomar un camino semejante.
Pero esto último sucede a cualquier nivel, porque el tomar decisiones y resolver situaciones a partir de éstas resultan la sal y pimienta de la vida cutiana. Lo cual realiza todo mundo (por decirlo de cierto modo), así que el asunto a considerar no es éste. En el plano de las mentadas decisiones en un mundo dividido en clases sociales, la primera y definitoria del lugar a ocupar es el lado que se toma en tal división. Y de ésta, se derivan una serie de otras decisiones en cascada, muchas veces que ni nos imaginábamos deberían tomarse.
El destartalado pensamiento que nos otorga el capitalismo desde antes de nacer no obstante lacera nuestra tatema y nos presenta un panorama sombrío si nuestra decisión es ir por acabar con la sociedad actual. Porque desde antes de nacer ya estamos condicionados para los esquemas mentales, el sistema de valores y creencias (como llaman los psicólogos a los principios) y una ideología que tiene de basamento al individualismo. Si nacemos nadando en la competencia promovida por el capitalismo, deseamos de lo que carecemos.
La aspiración a tener una vida mejor (como suelen decir para referirse a mejorar el nivel y la calidad de vida) nos es inculcada desde antes de hablar, porque se procura que la infancia crezca con lo mejor para su desarrollo. Y si se carece de esto, además se crece con resentimiento por la falta de lo mínimo indispensable. Así que por voluntad propia (y a falta de amor, aunque puede sonar cursi decir esto) no es lo más probable llegar a abrazar una causa que nos imponen como ida al cadalso, porque ponerse la soga al cuello sólo un loco lo haría.
Pero esta idea es la que nos imponen de muchos modos y por un sinfín de vías desde que el capitalismo es tal. Y no puede ser de otra manera porque los capitalistas no se dedicarán a preparar a sus verdugos, al menos no de modo premeditado, aunque sepan que mantener a la mayor parte de la población que vive en su sociedad muriéndose de hambre representa una olla de presión. Para eso tomarán sus previsiones, una de las principales es imponer y profundizar el idiotismo en la población, para mantenerla a raya.
Por lo mismo, quererle hallar un uso distinto a la escuela (o el sistema educativo, si quiere decírsele así) y a cualquier formación de cuadros profesionales, técnicos, artísticos, científicos, filósofos y similares dentro del capitalismo es una perogrullada. Todo el entramado de creación y recreación espiritual (digámoslo de este modo) sirve para reforzar, apuntalar, perpetuar y darle vigencia y vigor al capitalismo en la subjetividad que cargamos todos.
Sea de un modo explícito o de manera implícita, la función social (o el objetivo superestructural, para darnos caché de trasnochados) de cuanto produce la subjetividad en el capitalismo (imágenes, referencias, figuras, discurso, formas, y demás) tiene el enfoque que a él le sirve. Incluso la llamada en otras décadas como música de protesta, son válvulas de escapa permitidas, administradas por la propia sociedad capitalista. Como estos escritos chabacanos que ahora se leen, también se permiten por lo mismo.
Por eso la llamada guerrilla cibernética resulta una jalada de los pelos, pues es ideada y dosificada por los dueños del ciberespacio que facilitan, permiten y a veces hasta fomentan su surgimiento, para destrabar la olla de presión en ciertos sectores de la sociedad que reclaman la llamada democracia de la internet. Y si ahora todo pasa por el tamiz de la big data, el ciberespacio, las conexiones satelitales, la vigilancia de cámaras en cada esquina, resulta que la conducción subjetiva es tan clara que resulta increíble no reconocerla de inmediato.
Porque pensar que un mundo nos vigila (como diría Pedro Ferriz en programa homónimo hace más de 50 años) es ahora una realidad insoslayable que hasta presentan como gran aporte la era del capitalismo de la vigilancia, nada menos que desde el país de los gringos, centro del imperialismo hoy imperante. Así que la conducción de nuestra subjetividad (por más que quisiéramos tener como un reducto exclusivo de la creación propia) está regida ni más ni menos que por lo que al capitalismo le conviene.
Luchar por acabar con el capitalismo si bien toma como base y dirección un planteamiento de clase, no puede reducirse a una única y exclusiva forma de lucha. Porque entonces nos quedaríamos rengos, inconclusos, condenados a lograr si se quiere mejoras materiales y de redistribución de lo producido, incluso en el hipotético caso de que dejara de prevalecer la propiedad privada capitalista sobre las principales industrias.
Lo más lábil del ser humano, la latencia que hace de él lo que es su ser, es en última instancia hacia lo que el capitalismo dirige todas sus baterías viejas y nuevas, las que le han servido y a través de las cuáles ha conseguido rehacerse en territorios de los que ya no tenía presencia, así como de sus nuevas armas que la ciencia y la tecnología a disposición del imperialismo ha desatado para mantener la situación imperante hoy en día.
Pero como nada es de una vez y para siempre, tomar consciencia de los hechos descritos significa buscar cualquier ruta o salida posible para hacer lo que más se pueda, en llevar al capitalismo más temprano que tarde a la horca, antes de que éste nos la ponga y acabe con toda forma de vida en la Tierra tal y como se conoce todavía. Quien busque todavía un refugio para su corazoncito loco de atar a fin de prenderle una vela (aunque sea de cumpleaños) al capitalismo, encontrará demasiada ociosidad en lo dicho por no servir para el ascenso.
Buscar ascender en el capitalismo es una loca carrera que nos absorberá los pocos años que de vida tenemos cada uno, pues el carácter finito de nuestra existencia choca con el deseo de dejar una huella. Pero nadie que no sea uno nos aplaudirá haber cumplido con el deber que nos tocaba si traducimos esa primera decisión enunciada, en un pensamiento y acciones en lo cutiano que den cuenta de la integra dignidad que da buscar ser lo más humano posible.






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