Por Israel

Si fuera ociosa la pregunta de qué es lo que produce tanto odio de parte de nuestro presidente en distintas clases sociales, tal vez no deberíamos de analizar los motivos esenciales que los llevan a considerarlo el mal de todo. Por principio de cuentas está eso que él mismo llama su terquedad, el empecinamiento por realizar lo que se propone. Esto no tendría mayor trascendencia si la cualidad de efectuar algo (el tesón, la perseverancia le dicen) se tratara de un rasgo difundido, prevaleciente y no un ejemplo que puede ser nocivo para más de uno.

Porque la competencia que fomenta el capitalismo se traduce en la trampa con que nos intenta vender valores o referencia que en realidad no redundan en cualidades en las personas. El tipo de capitalismo al que nos han acostumbrado en países como el que llamamos México (pero no sólo) tiene como basamento imágenes específicas. Quien agandalla primero lo hace dos veces, el gandalla no batalla, el que lleva mano se sirve con ambas y un sinfín de prácticas basadas en el robo permitido y legalizado, la rapiña alcahueteada, el saqueo bendecido y así.

Esa historia idílica inventada por ideólogos de la burguesía que buscaron generar una leyenda de esfuerzo unido a cierto espíritu emprendedor empujado por una ética (¿nos suena La ética protestante y el espíritu del capitalismo?), para así arrojar la red con la que nos timaron con el cuento de un nuevo estilo de vida sujeto a normas descollantes que engendró el llamado espíritu de los capitalistas, es el resultado (o la reacción, más bien) a lo que los trasnochados mayores (Marx/Engels) llamaron la acumulación de capital (previa la originaria).

Porque hallar en la estirpe del capitalismo la esclavitud, el robo, el asesinato, el saqueo y otras lindezas por el estilo para hacerse lo que es (y sigue empleando sin remedio) no era negocio para vender el progreso (otro mito más), unido a la imposición de las relaciones capitalistas por doquier. Pero otra falla que se endilga a nuestro presidente es que por no ser más rojo deja de ser el rosita que siempre ha sido, pues esperar que de la honestidad valiente con que se le ha elogiado nazca una lucha para acabar con el capitalismo, resulta cómico.

El espíritu del actual reformismo imperante en el gobierno de la 4T no da para más de lo que ha hecho. Al menos hasta donde se vislumbra si el pueblo bueno (como lo apapacha nuestro presidente) no se rebela para exigir más de lo logrado (que por poco, ya es un chingo), por sí mismo quien sea la nueva defensa del movimiento de transformación quedará a medias de lo realizado. Puesto que desmantelar los negocios locales y regionales de los empresarios (legales y no) que generan deterioro del llamado tejido social, no es en sí anticapitalismo.

Aunque una cosa es el gobierno, otra el Estado y una más el capitalismo, en el México lindo y querido en el que nos toca vivir ha prevalecido más que una aparente confusión la mala leche al buscar confundir al respetable. Porque tanto meter confusión en la guerra que libran los capitalistas para sacar sus negocios a flote, sin importar a quién se llevan entre las patas, junto al papel del Estado que emplea este mecanismo que garantice los intereses en juego, como quererle endilgar este milagrito a nuestro presidente resultan de llamar la atención.

Varios casos tenidos por emblemáticos, sobre todo en los que existe alguna organización de comunidades (como Michoacán y Chiapas), además de los empresarios arraigados con negocios no legales que deterioran el llamado tejido social mediante uso de violencia. Sobre este particular, resulta emblemática la recurrente desmemoria de defensores de derechos humanos, académicos y demás, quienes protestan por la presencia del ejército, o porque no está en el sitio, o porque no hace nada o hace poco, o porque hace la vista gorda.

Esperar que la violencia inmanente al capitalismo cese por decreto presidencial, o que los negocios no legales en los que están incluidos mandos del ejército y tropa terminen por la buena voluntad de nuestro presidente, es hacerse los tontos. La llamada realidad es como es, sin importar lo que se piense de ésta y sin que esto último sea coincidente con la misma realidad. Así que esperar de un ejército cuya historia de asesino impune y de represión por contrainsurgencia devenga una madre Teresa de Calcuta, es por lo menos ingenuo.

La honestidad valiente con que se autoarropa nuestro presidente sólo es eso: una denominación dada a sí mismo. Que en el menos peor de los casos se traduce en su consigna: de no mentir, no robar y no traicionar. Pero no da para más. Que no es tanto como se puede pensar, pero tampoco una pinchurrienta muesca en el alma de la llamada vida pública. Parte de lo que se denomina la educación política dentro del capitalismo, no es el espíritu aguerrido de la ética que suponen lo ha impulsado, menos habiendo tenido un Pri y luego un Prianprd.

La mayor escuela de cuadros políticos del así llamado sistema político mexicano la ha constituido el Pri. Y haber estado en éste o beber de alguna manera de sus heces que presumen los llamados políticos profesionales (incluidos sin duda, nuestro presidente y el ingeniero Cárdenas), ha sido una vacuna muy buena para que ninguno de los allí educados, se salga del guacal creado por ese mentado sistema político.

Lo notorio aquí es que hasta los super revolucionarios que con tesonera pasión pelean abajo y a la izquierda, reproduzcan el mismo esquema de cualquier cuadro priísta. Luchadores de probada resistencia anticapitalista que se pierden en esa formalidad tan acostumbrada por el priísmo (leguleyos y burocracia hermanados), afirmando que nuestro presidente tiene un estatus y facultades inherentes al titular del Poder Ejecutivo federal, que no le otorgan similar libertad de expresión y derecho de réplica que cualquier otro ciudadano.

Y es, desde luego, como toda la base a partir de la que se lucha desde abajo y a la izquierda, el individuo que sale a relucir cual bandera ondeando en el zócalo capitalino. Ora sí que hasta al exigir el derecho de réplica que tiene nuestro presidente (defenderse, sin más), sin detenerse en la formalidad del cargo, resultó más revolucionario que la digna rabia de los super revolucionarios que quieren ver muerto a dios y al diablo materializados en el Estado.

Existe una furiosa campaña dirigida por la oligarquía para tirar mierda contra todo lo que se mueva o se diga a favor de la mentada 4T, pero sobre todo contra nuestro presidente. Y es que la debacle anida en todos los corazoncitos chabacanos sean del Prianprd oficial o de los que comulgan muy en el fondo con ellos, aunque se vistan de seda super revolucionaria. Porque la ideología no se esconde y nos asalta a cada rato haciendo sus travesuras, la propia desnudez de lo que somos espanta a más de uno.

Si el llamado subdesarrollo vive en nuestros corazones (como Pedro Infante, ¡qué caray!), replicando la basura que por todos lados nos ha imbuido el capitalismo y en particular, viviendo en una sociedad donde lo político, lo social, lo económico y lo histórico han tenido imágenes pintadas de tricolor, de blanquiazul y un arcoíris deviniendo sus engendros, hacer frente a esa embestida de la oligarquía que hasta le mienta la madre y le dice chingadera y media a nuestro presidente, le resulta incómodo hasta a los super revolucionarios rabiosos de dignidad.

Ellos salen al rescate con su autoridad moral esgrimida buscando poner en su lugar la osadía del señor presidente. Si no deja calumniarse, que lo maldigan, que le manifiesten su odio y hasta la madre le mienten (a él y a todos los que con él están en el reformismo transformador), entonces es autoritario, nos pone a un paso del maximato, resulta un autócrata y actúa igual que Salinas o Echeverría. Lo incómodo del señor presidente es que le resulta incómodo hasta él mismo, porque su reformismo dará de sí para su desgracia como resorte de calzón barato.

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