Por Edna Rodríguez Salas

Para escribir un artículo academicista sobre territorialidad hay que ejercitarse primero revisando otros artículos, buscando referencias, autores que citan a otros, y con suerte, llegar a un hallazgo en medio de tantas ideas desarrolladas por escrito, en las que unas tienen más sentido que otras, dependiendo de nuestra experienciaque intentamos racionalizar. Así es como llegué a un nombre, Carlos Walter Porto-Gonçalves, de Brasil, específicamente, en su Conferencia inaugural del V Congreso de Geografía de Universidades Públicas efectuado en Argentina en 2015 y publicado dos años después, “Por Una Geografía Desde Abajo», un escrito al que quisiera dedicar unas palabras para recomendarlo, por supuesto.

¿Por qué me llamó la atención? En principio, por su lenguaje claro y cotidiano sobre el tema (en parte, al tratarse de una conferencia), pero sobre todo por su planteamiento sobre la relación entre objetividad y subjetividad que está implícita al escribir un artículo. Así, nos dice que, desde niños, el espacio que nos rodea, en el que vivimos, nos moldea y nos ayuda a conformar nuestra subjetividad.

Algunos fenómenos sociales, como en su caso, la migración por el despojo, le dejaron marcas en su memoria en tanto que experiencias sentidas, mismas que con el tiempo se resignificaron, y que, desde su perspectiva madura, fue tratando de racionalizar (o de explicar), en buena medida porque son fenómenos que persisten y que nos demandan una comprensión desde lo más profundo de nuestro sentir, en términos de justicia y de libertad, desde esa gran utopía que se postula, mientras otros la niegan o tratan con indiferencia. Por mucho, la diferencia entre ser utópico y ser nihilista radica en el sentimiento que nos conmueve y nos obliga a comprometernos con el conocimiento.

Lo importante, al comienzo, es reconocer (no ignorar) el lugar desde donde hablamos y vivimos, porque esto le imprime a nuestra práctica cotidiana cierto nivel de objetividad, más allá de ser una mera experiencia del individuo que habla, con sus interpretaciones o fantasías, ya que finalmente lo interpreta desde su lugar en el mundo.

En ese plano o en ese nivel de habla/escucha, la territorialidad es el sentido que, un individuo o individuos de un determinado grupo social, emprestan a sus prácticas en un espacio definido mediante símbolos concretos que conforman su lugar -el puente, la barranca, el comercio ambulante, las calles estrechas, etc.-, referentes compartidos con los que dialogan sobre el paisaje y su lugar.

Pero, la territorialidad, nos dice, es una de tantas dimensiones del territorio entre las que domina una, principalmente, a saber, las relaciones de poder. En seguida, postula: “si no vamos a tratar de disputa por el control del espacio, de los recursos, no hablemos de territorio”.

Este concepto tiene, entonces, como eje epistémico, las relaciones de poder, a pesar de otras dimensiones que están subordinadas a ellas, como la territorialidad. Así entonces, la disputa o el conflicto de intereses se puede entender sin la territorialidad, pero ésta no puede entenderse prescindiendo de las relaciones de poder que están implícitas en el territorio. Por eso la territorialidad, o el sentido con que los individuos interpretan el territorio tiene cierto nivel de objetividad.

De hecho, todo conflicto que se da en torno a un territorio (y sus recursos) plantea distintos modos de interpretación, y en los extremos, se encuentra la contradicción de significados antagónicos que expresan a los grupos que se benefician, se adecuan o se perjudican con la apropiación/exclusión de los recursos.

Cabe señalar que el mismo autor prefiere no llamarla “lucha de clases”. Lucha sí, reconoce, porque hay conflicto; clases no porque según lo que nos quiere decir, con influencia de Gramsci, es que la realidad concreta y viviente es mucho más compleja y rica que sus extremos (propietarios-no propietarios), por tanto, evita la simplificación ya que, mientras haya vida, “tienen que saber adecuarse a las circunstancias”, así que son múltiples grupos y partes interesadas las que están en el nodo del conflicto, a los que llama grupos hegemónicos y grupos subalternos (o subalternizados).

Por supuesto, en esa multiplicidad indica que hay grados, es decir, grupos más hegemónicos y más subalternizados que otros, como los marginados, que son los más subalternizados de los subalternizados. No obstante, en los matices llama la atención cuando habla de los grupos subordinados, que no marginales, sin los cuales sería inconcebible el poder de los grupos hegemónicos y que por eso tienen un papel protagónico. Tal vez lo que le pesa de estos grupos “protagónicos” es su cualidad propiamente contemporánea como grupos alienados, pues, en efecto, no actúan como una clase para sí, sino que emplean su fuerza para otros, y en tanto que su energía se enajena, se consume y agota, sin objetividad material que una sus lazos, es decir, sin propiedad, sus lazos están difuminados por las relaciones capitalistas. Esa sí puede ser una razón por la que le incomoda el término.

Pero sin desgastarnos en lo anterior, ¿qué hay, entonces, en el fondo, al separar la geografía en física y humana?, pregunta retóricamente el autor. En el fondo, no es una separación epistémica, sino ontológica, y más bien política. El conflicto político en un territorio concreto, por ejemplo, es separar el bosque de la gente que lo habita, por tanto, pretender que, por un lado, la geografía física estudie el bosque y, por el otro, la geografía humana, a su población, esto más bien tiene un trasfondo, la colonización (del territorio), el despojo de las personas de sus tierras y de sus recursos, aun cuando la gente haya coevolucionado con esos recursos naturales que ellos mismos transformaron ancestralmente, como las Amazonas que en un principio eran sabanas que se transformaron en bosque como resultado de los saberes y el conocimiento profundo de la naturaleza. No obstante, se insiste en separar “lo natural” de “lo social”, no porque sea tan difícil de entender que el espacio físico-natural es un producto social e histórico (así como la sociedad es un producto espacial), sino porque, con esa división “epistémica”, se intenta esconder las relaciones de poder, la lucha de clases.

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