Por Israel

Lo que llamamos México y su pueblo que sigue siendo todavía mayoritariamente católico ha sido un pueblo reprimido y reaccionario, por lo que ha permanecido indiferente a la lucha por acabar con el capitalismo. A lo más que ha llegado es a confiar en opciones que enarbolan la democracia (demos: pueblo, kratos: poder, repite nuestro presidente) frente al régimen político autoritario del Pri y de la llamada oligarquía neoliberal del Prianprd. Pero contra ambas opciones las luchas se encuentran muy lejos de apuntar a la raíz del capitalismo.

Así se puede constatar en el discurso que por el 5º aniversario del triunfo de la transformación que expuso nuestro señor presidente en el mitin del 1 de julio pasado. La referencia empalagosa al llamado pueblo (en el que cabe lo mismo Chana que Juana, aunque una sea dueña de empresas y la otra sea su empleada doméstica) es de los elementos más característicos en el discurso empleado por la burguesía (nacionalista, en este caso) en la historia.

El pacto que alude en su arenga entre el pueblo y su gobierno, en el que la consigna de primeros los pobres es vital, representa (no el populismo, eso es una tontería) algo central que debiera llamar la atención para cualquiera que de verdad busca hacer algo por acabar con el capitalismo. Y es que la mediatización o el adormecimiento conseguido con los llamados programas de Bienestar, es para que los muertos de hambre no se rebelen, no luchen por más, no digan otra cosa que no sea dar las gracias porque alguien los tomó en cuenta.

Pero nadie puede decirse engañado. En el discurso aludido (y en cualquier otro que se colija) ni la lucha de la guerrilla en México que ha reivindicado acabar con el capitalismo, está presente por ser un método violento (y no de resistencia civil pacífica), como también ha brillado por su carencia la referencia a las luchas obreras aunque fueran de corte sindicalista. Si bien estas últimas no van al fondo de buscar acabar con el capitalismo, resultan incómodas porque ponen en entredicho la paz lograda con buena parte de los grandes capitalistas.

Y esto último es central tenerlo claro, porque si el triunfo de hace 5 años fue posible gracias a que la opción de gobierno con Morena no representaba una amenaza para continuar con el capitalismo (a lo más, mellar las partes filosas habidas en éste y no todas, por cierto), hecho que para los grandes capitalistas estuvo claro y hoy lo constatan con la mejor marcha en sus negocios, las medidas tibias en muchos casos que ha tomado nuestro señor presidente son para no echárselos encima y en bola a todos ellos.

En este esquema de tibieza y medidas certeras en varios casos (como hacer que las grandes empresas paguen los impuestos que les corresponden) pero insuficientes pese a todo, el no dar motivo para aglutinar a los grandes capitalistas ha sido una constante en las medidas tomadas por el gobierno de México. Medidas que no van de la mano con motivar la organización de ese tan aludido pueblo más allá del espontaneísmo, las iniciativas esporádicas, las reivindicaciones de poco impacto en la médula de los grandes negocios.

La reivindicación de cualquier tipo de lucha por acabar con el capitalismo está ausente en el accionar y la discursiva de nuestro señor presidente por la naturaleza del movimiento democrático (burgués) que representa. Quien quiera encontrar o esperar algo distinto se hace como tío Lolo. Así que no puede esperarse algo más de esto y mientras la llamada democracia no atente contra los negocios de los grandes capitalistas, podrán tener los Morenos el mismo lugar preponderante en las representaciones de elección popular.

El que quiera azul celeste, que le cueste, canta Paquita la del Barrio por el despecho de amor, pero para quien busque hacer algo por acabar con el capitalismo es mejor no esperanzarse con lo que ya se sabe su naturaleza. Esto no significa que ahora, para estar a tono con la lucha de abajo y a la izquierda, se ponga uno a tirar mierda o hablar nomás porque se tiene boca. Que el pleito por ver quien coordinará la defensa de la 4T es por no dejar pasar esta oportunidad, pues de todos los posibles no se hace uno que valga la pena, resulta obvio.

Y no es en el fondo que esté en juego una mejor dirección con equis o ye personaje, pues en realidad la estela que deja nuestro señor presidente dará para un buen rato si los Morenos no se convierten más pronto que tarde en la misma cazuela con huesos y una bola de perros alrededor, en que terminó el perderé (Prd). Al menos él se dio baños de pueblo rancheando durante mucho tiempo, lo que acercó su planteamiento de demócrata (bien intencionado) a la gente común. Eso que nadie le puede negar sirvió en su momento para arrastrar apoyo.

La no oposición de los grandes capitalistas a que nuestro presidente se hiciera tal y el empuje de la gente que culminó con el resultado de las elecciones de 2018, fueron dos elementos de una coyuntura que no parece haber cambiado de manera sustancial en 5 años. Sobre todo porque los grandes capitalistas están felices por la buena marcha de sus negocios con el gobierno de la transformación. Y aunque el nacionalismo de nuestro presidente ha dado para grandes páginas que llenan de orgullo nuestros corazoncitos, esto es mero rejuego palaciego.

Al menos el compromiso demostrado es la consagración de sus palabras de amor por lo que llamamos México. Sin importar que sea depredada la llamada matria por grandes capitalistas que defienden su mercado, nuestra situación no es como la de la matria Rusa de 1905, en la que la revolución burguesa representó acabar con el régimen feudal de los zares. En 2018 es el nacionalismo burgués que con sus reformas para aplacar a los muertos de hambre, le saca las castañas del fuego al capitalismo. Para que la paz social reine en nuestros sueños.

La ausencia total de cualquier imagen o referencia a lo que huela a comunismo es la patente de lo que anima a los corazoncitos Morenos que pelean aprovechar la estela que dejará nuestro señor presidente. Porque buscar acabar con el capitalismo no es negocio, no da para la política actual, no ofrece cargos ni puestos de elección popular o reconocimientos por ser un digno rabioso de la revolución de los colores como el arcoíris.

Y aunque nuestro señor presidente no es Lenin ni por equivocación ni entre los Morenos hay algún posible Trotsky o su organización en algo se parece a los soviets, es dable decir que pese a esto el hecho de la reivindicación aunque sea el carácter burgués de la democracia es mucho más que lo habido en los periodos indicados con el Pri y su bastardo el Prianprd. Y en las actuales circunstancias aunque se quisiera más (¿hacia dónde, para quién?) de parte de nuestro señor presidente, lo alcanzado sin ser mucho es harto.

El comunismo irreal o sólo de vitrina que ha prevalecido en la historia de un pueblo como el que habita México, reaccionario y reprimido, sólo ha logrado vías explosivas a través de la guerrilla. No diciéndose comunista, pero sí buscando lo que estos en los hechos defienden: acabar con el capitalismo. Ese comunismo (para llamarlo de alguna manera) no es purgado de las almitas de grandes intelectuales, sino parido de las condiciones reales en que han vivido los muertos de hambre.

Echarle la culpa a nuestro señor presidente sobre el no disminuir la violencia propia del capitalismo, porque sin importar si es pacífico o violento el negocio mientras sea redituable seguirá funcionando en lo que llamamos México, es como pedirle que busque hacer algo para acabar con el capitalismo. Nuestros grandes intelectuales sólo entienden que el refugio en el clóset o en la vitrina es lo que les garantiza su impoluto cacumen, mientras la vulgaridad del mundo les es tan ajeno como no sea para sacar algún provecho en teorizar su existencia.

Así de mercenario es el espíritu de las grandes cabezotas que han buscado teorizar para la revolución (hoy hasta la llaman plebeya) y a la que por extravío ideológico le están buscando un nuevo significado.

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