Por Israel
El ser humano tiene sólo una vida. Y la toma de consciencia de ello ha tenido entre otras muchas consecuencias la búsqueda de su trascendencia de cara a su finitud. La muerte es parte de la vida. Y la muerte de los seres vivos parece ineludible, aunque se afirme por la siempre venerada ciencia que el organismo humano está diseñado para nunca perecer. Esa contradicción ha llevado en los últimos tiempos a investigar cómo alargar la vida humana. Y desde mucho antes, surgió la idea de la eternidad como forma de rebasar a la muerte.
Como todo en la vida, reza dicho mundano, lo anterior tiene su lado bueno y su lado malo. Que como todo, es muy relativo. Pero estos rebuznes sólo alcanzan a poner un ¡aaaaaah! evitando que se nos caiga la baba, tan sólo al pensar tanto esfuerzo humano por hacer que la ciencia alargue esa vida inútil, mientras el capitalismo acaba con la propia Tierra. Puesto que acabar con toda forma de vida en la Tierra tal y como la conocemos hoy es una manera de acabar con ésta, nada más estúpido que buscar alargar la vida de la especie que hace esto. En fin.
Poniéndonos serios para que los intelectuales que piensan 24 horas al día no se nos echen encima, digamos que además de estúpido (o por lo mismo) es un absurdo buscar alargar la vida del ser humano cuando él en el capitalismo se convierte cada vez en menos ser humano. Por paradójico que parezca ésta es la cruda realidad de la grandeza de esa especie a la cual pertenecemos. Y el mismo capitalismo, como sociedad y economía viva, cava cada día la tumba de su creador. Sin obreros no hay capitalistas, para desgracia de estos últimos.
Hablando de la nostálgica muerte, la inutilidad a que lleva el capitalismo la vida del propio ser humano se expresa en muchos aspectos mundanos y otros tenidos de sacrosantos. La búsqueda del ascenso, mejorar el nivel de ingreso y otros propósitos de vida similares (así los llaman), significa replicar en uno la escala en que ese se reproduce el capitalismo como sociedad. Por eso la lucha económica de los trabajadores tiene como límite sólo modificar la distribución habida del valor producido bajo la forma de mercancías o dinero.
Porque los capitalistas para seguir siendo lo que son no pueden dejar de hacer y comportarse como tales. Y esto, sin importar que se lleven entre las patas a la especie que pertenecen. El trabajador por su parte para ser lo que es debe tener un trabajo, porque el desempleado podrá ser trabajador sólo hasta que encuentra al capitalista que lo contrate. Cuando el trabajador tiene un trabajo puede buscar mejorar sus condiciones salariales, pero esto no modificará en sustancia la figura económica que cumple en la sociedad capitalista.
Como trabajador toda su vida la dedicará a ser contratado por el dueño del capital, al menos toda su vida productiva para el capital y considerando, desde luego, que no sea despedido. Asegurar al trabajador la llamada estabilidad laboral es sólo otra manera de perpetuar la relación de explotación capitalista, por más propaganda sentimental que al respecto se eche. Si a esta condición se le achaca la posibilidad de perder el trabajo, un salario raquítico que no cubre las necesidades de él y su familia, se pierde la continuidad de la relación de explotación.
Pero si no es con él, será con otro trabajador que ya se encuentra formado presionando el llamado mercado laboral. O con miles o millones en esta condición. Por eso el capitalismo para quitar cierta presión a este mercado, amplió el número de años a estar en la escuela mediante capacitaciones y especialización, posgrados y otros mecanismos para compensarla. Aunque esto también no es ilimitado.
Y como el desarrollo del capitalismo lleva a aumentar la composición orgánica del capital, eso implica en los hechos que crece en mayor proporción la parte constante de su valor respecto de la variable que lo conforman, generando incluso el delirio fincado en la panacea de que el capital puede existir sin explotar al trabajador. Por eso los grandes economistas y pensadores de nuestros tiempos no alcanzan a comprender cómo se vuelve a gestar una crisis, si el remedio mágico ya ha sido hallado por las mentes brillantes. Trabajo = 0%. Capital= 100%.
La búsqueda de lo indeseado para el capitalismo se convierte así en su propia prisión, porque al no tener otra solución material a la cual recurrir para acrecentar el capital y que su acumulación no se estanque más que aumentando la explotación del obrero (lo cual tiene también un límite no deseado), debe generar guerras, desperdiciar mercancías y capital, administrar la promoción del desplazamiento forzado de la fuerza de trabajo, regular gobiernos o provocar golpes de estado, y emplear todos los mecanismos que se le sirvan a ese fin.
Así como en el capitalismo actual sobra literalmente gente y debe ser echada por fuera del capitalismo (dejar de estar en la circulación de mercancías como vendedor o comprador), de igual manera la acumulación capitalista implica la destrucción de capitales que no alcanzan los niveles de concentración y centralización para continuar en la competencia. La máxima de que a igual capital corresponde igual ganancia, se convierte en una rauda manera para quetodo aquel capital que no sea capaz de hacerla valer, sobra de inmediato.
De la casi tierna e idílica competencia entre capitales en un mundo todavía no monopolizado por completo en las principales ramas de la producción de medio de producción, tenemos hoy tanto en el sector productor de medios de consumo como en el de medio de producción altísimas tasas de concentración y centralización de capital, con composiciones orgánicas que implican que sólo pocos capitales pueden hacer efectiva la máxima ya referida.
En alimentos procesados y a granel, en combustibles, maquinaria y herramienta, en fabricación de armas, medios de transporte (barcos, aviones; naves espaciales y ferrocarriles, automóviles y camiones), fármacos, tecnologías de información, vestido, calzado y otras muchas industrias la producción está monopolizada. Lo mismo sucede en los demás eslabones que juntos realizan las mercancías mediante la circulación, sea para el consumo final o el productivo.
Por lo anterior, el capitalismo despoja al que todavía tiene algo que no funja como capital, aniquila población que no puede absorber para explotar mientras se incrementa la acumulación, tritura capital que no alcanza a competir en los mercados monopolizados. Esto, trasladado al dinero y el capital (que la tecnocracia ahora llama financiarización) implica mercados monopolizados en los que circulan sin cesar todo el día. Y ante lo cual extender la vida del ser humano representa la posibilidad de un nuevo negocio nacidobajo monopolio.
Sólo hay que voltear hacia cualquier lugar para constatar que el capitalismo devora todo y excretar la muerte para cualquiera que no alcanza a fagocitar para su acumulación. Ante este cuadro sombrío la única opción razonablemente viable (como se suele decir) para cualquiera con dignidad, que no cierre los ojos del pensamiento y la razón (que es como decir los del corazón, por cursi que suene) para evitar mirar lo que existe a su pesar, es hacer todo lo más posible para contribuir a acabar con el capitalismo, antes que éste termine con nosotros.
Aunque los caminos no están escritos en ningún lado, la única garantía de ir en el sentido decidido es hacer oídos sordos de quienes por no desear buscar, encuentran lo no deseado. Porque la muerte, no eludible por siempre, debe cogerse con la sonrisa de la dignidad y sin el pensamiento marchito que abunda por todos lados entre nuestros intelectuales de 24 horas, a los que títulos y reconocimientos no les garantiza dignidad alguna.






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