Por Antonio Munguía
La eterna contradicción que la realidad genera en nuestro pensamiento, cuando intentamos explicar y entender a ésta, unas veces nos atormenta y otras nos engrandece, porque todos tenemos sistematizadas ideas, que no precisamente las creamos individualmente porque se reproducen explicaciones del mundo que pasan de generación en generación -que no siempre lo explica, sino que atenúa su desconocimiento-. Aunque los individuos son socialmente una creación, -y por lo tanto no sean responsables del desarrollo histórico de las relaciones sociales que se entablan-, estos, subjetivamente, asumen que se encuentran mucho muy encima de ellas.
Esto es trasladado en todos los campos de la vida humana. Económicamente, el individuo reproduce esquemas aprehendidos por los centros educativos y por los llamados “centros (tanques o estanques) de pensamiento”, los cuales son financiados por empresas privadas y estados imperialistas, consistente en el hombre hecho a sí mismo, es decir, que el individuo no es una creación social sino qué por su propio esfuerzo puede salir adelante al alcanzar cierto ingreso que le permita elevar su nivel de consumo; pueda “autoexplotarse”; ser “su propio jefe”; y una serie de argumentos sintetizadoen la importancia del individuo solitario, que bloquea todo intento de organización social para algún cambio, por mínimo que sea.
En cuanto personificación de categorías económicas, existen responsables de la actual tragedia nacional, que no se trata sólo de gobernantes o lo que ahora llaman “clase política”, de modelos económicos como en lo que este sexenio llaman “Bienestar” como concepto contrapuesto al modelo neoliberal sino de relaciones capitalistas de producción. El capitalismo como modo social en que se organiza la producción requirió y generó su Estado, y con ello formas políticas de organización: en cierto punto, esto que llamamos México, requirió independencia del dominio español porque las relaciones sociales de producción capitalistas ya estaban germinando en este territorio como en otras latitudes del mundo; luego, parecería que la lucha de los liberales fue justa contra la tiranía de Porfirio Díaz cuando las llamadas Leyes de Reforma y el Porfiriato son parte del mismo proceso del desarrollo capitalista.
Llegando al punto de la guerra de revolución, si lo entendemos como la creación lógica, es decir de resultados de leyes económicas que aún mueven la sociedad moderna, de una burguesía nacional, y por lo tanto de un Estado nacional“mexicano”. Este proceso, de liberación, no sólo del dominio extranjero, ocurrido durante el siglo XIX, sino de las empresas extranjeras imperialistas, durante el siglo XX, generaría una identidad nacional organizada por los gobiernos posrevolucionarios, tanto en la creación de una historia, con mártires, ideales y fines propios, social y políticamente cohesionados.
Políticamente, el individuo cree conocer el funcionamiento de los procesos cuando, sólo ve lo más actual y concreto, olvidando que esto es resultado de muchas determinaciones pasadas, de eso que se llama desarrollo histórico. Por tanto, en la cabeza de los intelectuales y hasta algunos de los autodenominados “de izquierda”, lo concreto no cuadra con la teoría que creen explica la realidad: AMLO y la 4T es una parte del desarrollo capitalista necesaria para la acumulación, histórica y lógica, del capital (nuevo y viejo) en el sureste mexicano.
Pero enunciarlo así, sin matizar, sirve para sanar la conciencia de quién lo exprese. El análisis y crítica especifica son necesarios porque, aunque la acumulación originaria se presenta simultáneamente en este momento de dos formas (histórica y lógica) es decir como despojo/proletarización y cómo mayor penetración del capital industrial y financiero en estamentos sociales que por vía comercial ya participaban en el circuito capitalista. Aunque esto sea teóricamente correcto y haya sido explicado por la Crítica de la Economía Política, lo que la clase trabajadora vive no permite su interés en cuestiones más allá de lo cotidiano: pobreza, desempleo, marginación y violencia son el punto de partida y no el resultado de un sistema económico, en la cabeza del proletariado.
Por esto, y como ejemplo, el Tren Maya y el Corredor Interoceánico son aceptados por comunidades enteras, porque se presenta como la esperanza de tener trabajo y llevar sustento a casa; pero también es rechazado por otras comunidades. Y no refiero a que la realidad depende de puntos de vista sino de situaciones reales y distintas, resultados del despliegue del capitalismo en nuestro país, que contraponen a simpatizantes o detractores del Presidente Obrador. ¿Es condenable que la gente quiera estos megaproyectos? No, en todo caso, quienes dan gato por liebre son quienes detentan el poder político y asumen que sus pensamientos e intereses, son lo que las comunidades requieren para su bienestar.
Por otro lado, la crítica a este modelo económico de la 4T es necesaria pero también, no se debe exigir lo que AMLO nunca prometió. Es decir, nunca dijo que trascenderíamos el capitalismo, porque sencillamente eso no se da por decreto presidencial: es tarea de las clases trabajadoras su organización para la transformación de la sociedad. El mismo AMLO recientemente, cuando al referirse a la CNTE dijo: “ellos no pueden ser gobiernistas; aun cuando tengan simpatías, la mayoría, sobre todo las bases, simpatizan con nuestro movimiento, pero ni modo que ya se acabe su movimiento.”
Por ende, y como diría un niño muy inteligente: “la realidad aún continúa”, y ésta no se detendrá a que la encasillemos en esquemas para su explicación. De ahí que agobiarse por lo que se quiera que suceda económicamente sin organizarse políticamente, es idéntico a vanagloriarse por realizar la crítica teórica más acérrima, sin asumir lo real existente: concepción ideológica del llamado “pueblo” mexicano que acepta y justifica la acumulación, histórica y lógica, del capital en México.
La batalla de las ideas, hace rato la ha estado ganando el capital y por ello vale reflexionar para tener claridad del porqué si apoyar abiertamente a AMLO, sin engañar a los demás.






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