Por Edna Rodríguez

Es posible que, después de leer El señor de los hongos de Sergio Galindo, la fantasía tome nuevos bríos para el lector, más allá de la experiencia lectora a través de su lenguaje poético o de la forma como penetra en la psicología de los personajes, sino por lo que se refleja ahí.

En un mundo idílico, aparentemente imperturbable, en el que se pueden legitimar y naturalizar las relaciones de dominación, este mundo comienza a mostrar sus conflictos ocultos, o su desgarramiento interno, con el advenimiento de un factor externo que -más allá de su origen mágico o inexplicable-, irrumpeen el tiempo para poner en evidencia los conflictos existenciales que podían ocultarse previamente, sin cuestionarse el poder establecido, haciéndolo con una sutileza y una humildad que parece no ser intencionada, más bien, advenediza, con una sensibilidad que es capaz de remover y sacudir los valores afianzados por los personajes, hasta sacarlos de sus casillas y hacerlos enfurecer, pues sólo pone en evidencia su sinrazón y su desprecio, develando al lector la torción y la crueldad humanas.

La riqueza del terrateniente nos recuerda la dicotomía del príncipe en Maquiavelo, donde la crueldad y la piedad son los extremos del péndulo que mantiene el orden de los excesos y las excentricidades, ocultando la deshumanización de la vida subordinada al poder.  Se monopoliza la comarca en nombre de un dueño, pero también se pretende la conquista de la conciencia, de quienes habitan en ella, asumiendo que todo lo que hay dentro es suyo y la libertad de los demás solo es posible afuera, en la orfandad.

El trabajo que corresponde al “señor de los hongos” sólo es uno, probarlos, y cuando es el caso de que no son venenosos, entonces, en los festines, se saborean. Es tan arriesgado, que las posibilidades de morir son muchas, lo que a nadie le importa, y por eso es por lo que los niños imitan con naturalidad esa indiferencia de los adultos, que, podríamos añadir, es la semilla de su malicia por acumulación de indolencia. No es casual, aunque pareciera al principio un accidente, que el personaje mágico y exógeno, surgiera del reino fungi, origen por el que yacen las almas de los desposeídos, de los hombres que se retuercen de dolor hasta morir, para ser reemplazados por otros de su misma condición, con la misma necesidad de sacrificar su vida para alimentar a su familia.

Ese mundo utópico de Galindo, que nunca nadie cuestiona,se parece tanto al de las familias donde todo se normaliza, donde los atropellos son sórdidos y la inequidad puede legitimarse, sin que se tome distancia del amor filial o de las situaciones que tarde o temprano nos causan conflicto, hasta que uno mismo las ve, o alguien de fuera las cuestiona, y entonces tenemos que regresar al centro donde nace el conflicto y comienza a procesarse la objetividad del sujeto, para volver otra vez al punto en el que naturalizamos los comportamientos y las actitudes.

Esa distancia crítica quizás es la que salva a la narradora de prolongar retorcidamente el amor filial hacia su padre, mientras que su hermana mayor sigue atorada en el resentimiento de que su padre mostrara preferencia por la primera, reprimiendo los celos que siente por la hermana menor. La demanda de amor de papá que no acaba nunca de materializarse se convierte en una sed de venganza y odio hacia su hermana que sabe a quien ama y por eso al tomar el lugar de su madre en su ausencia, propone que sea su ser amado el que se convierta en el señor de los hongos.

En ese punto de quiebre ya no hay retorno y si bien la narradora deja de ser indiferente al dolor ajeno, también la colma de un sentimiento de odio al sentir amenazada su felicidad. «Tú no puedes morir». Las mujeres de la familia, con anterioridad, han intentado seducir al advenedizo que, como un muñeco, ha sido un regalo del padre para la menor, como si fuera un juguete en el Día de los Reyes Magos, como si no fuera una persona. Esa deferencia con que el padre trata a la más pequeña es la causa de celos y de impulsos tanto de la madre como de la hermana mayor que intentan apropiarse del ser amado de la tercera, dejando en evidencia el conflicto.

Las intrigas son producto de una historia latente de cosificaciones y duelos que van alterando el orden que, tiempo atrás, parecía idílico, y el joven amado, cuando al fin es libre y no está en poder de nadie, desaparece.Quizás una primera lectura de una historia tan corta no es suficiente para develar la crítica del autor.

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