Por Edna Rodríguez
Jean Baudrillard, en su obra El sistema de los objetos (1968), nos advierte que el mecanismo de los objetos cotidianos está en riesgo a partir de que está sobreexpuesto al sentido simbólico con que es fabricado para su consumo, ya que es en detrimento de su estructura funcional.
Es decir, nuestros dispositivos móviles, domésticos, etc., se producen y consumen como objetos modernos que contrastan simbólicamente con los objetos tradicionales, porque aquellos se proponen como máquinas de confort, parcial o totalmente automatizados, que, se supone, nos ahorran trabajo y esfuerzo; el pequeño detalle es que su comodidad es también consustancial a su obsolescencia.

No es exagerado pensar, como el autor, en el reino de la patafísica en la producción, o la ciencia de lo inútil aplicada en objetos mercantiles. Un automatismo sobrecargado de accesorios superfluos que hacen más cómodo el consumo, pero también más inestable la capacidad estructural de la máquina. En el automóvil, por ejemplo, asumimos que las llaves de chip son un progreso, pues basta con oprimir un botón, pero este accesorio trae consigo un retroceso en la estructura porque es muy frágil a factores externos que lo desprograman y hacen que el automóvil deje de funcionar.
En general, los softwares de los objetos eléctricos están diseñados para superar a los dispositivos: los primeros corren, se actualizan, cambian, pero los segundos no, por tanto, tarde o temprano hay que remplazarlos, acelerando el consumo, pero sobro todo, la rotación de la producción, del capital y la ganancia. Una rotación, pues, es el tiempo que tarda un capital industrial en convertir su dinero en ganancia, al producir mercancías, por lo que ningún inversionista está dispuesto a desacelerar el ritmo en que se apropia de la plusvalía producida.
Por eso no se trata nada más de una transición de fuentes no renovables a fuentes renovables, que de por sí ya es complicada, sino de algo más complejo que está en el seno de las relaciones sociales de producción y de consumo.
Para decirlo de forma simplificada, el automatismo sin obsolescencia es aún más prioritario que valorar si la fuente es renovable o no renovable, porque sin objetos caducos se racionalizan los recursos en la producción y en el consumo. Es prioritario porque racionalizar el consumo implica desacelerar el ritmo en que se devoran los recursos naturales para producir.
Es evidente que esto no nos es ajeno, porque es el trabajo de las personas asalariadas las que, bajo órdenes externas, sigue devorando los recursos naturales para mantener un capricho egoísta, la ganancia, a costa de poner en riesgo nuestro futuro. La orden del régimen capitalista, pues, no es racionalizar la producción, porque entonces la rotación de su ganancia se desacelera.
Pero esto quiere decir que los límites de nuestro planeta nos ponen en la encrucijada: cuestionar el trabajo enajenado o dejar que las inercias sigan.
El automatismo en la actualidad puede significar progreso, pero lo que tenemos son cambios superfluos que no revierten el efecto invernadero y más bien disfrazan o niegan la deficiencia estructural (progresiva) en el plano tecnológico. No obstante, nadie, bajo la dictadura del capital, propone transporte colectivo ultramoderno que sustituya radicalmente al consumo individual de automóviles cada año, ni lo hará por inercia; por tanto, seguirá aumentando la temperatura de nuestro planeta.
Y si se hiciera un cálculo de cuántos recursos naturales se necesitan para producir energías renovables y cuántos más se necesitan para producir productos terminados para el consumo, nos damos cuenta de que no se calcula la demanda creciente en función del tamaño de la población, la cual está cada vez más constreñida a consumir apenas lo necesario, sino que se estima, sobre todo, por la celeridad de rotación del capital: que se sigan produciendo masivamente dispositivos, que siga aumentando el consumo obsoleto periódicamente, y por tanto, que se sigan explotando las fuentes y los recursos.
Las inercias tienen ese peso -el dejar hacer y el dejar pasar-, hasta que esto colapse, como de hecho está pasando en el mundo, pues no es casual la convulsión de los fenómenos sociales en nuestra era [porque naturaleza y sociedad son una misma], pero si no se cuestiona la externalidad del trabajo (su enajenación), objetivamente seguimos actuando a nuestras espaldas y a costa de nuestro futuro.






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