Por Jorge Álvarez Méndez

Tendencias como las indicadas a continuación, parecieran desmentir un carácter progresista de algunos gobiernos en América Latina:

  • En Brasil, para Lula da Silva: “(…) nunca antes habían ganado tanto dinero como con mi gobierno. Ni los canales de televisión, ni los periódicos, que estaban casi todos en quiebra cuando asumí la jefatura de gobierno. Tampoco las empresas y los bancos habían ganado nunca tanto dinero, pero también lo ganaron los trabajadores”[1].
  • Mientras, Rafael Correa señala cómo “las utilidades empresariales se triplicaron en los últimos  8 años y recordó que en los gobiernos neoliberales que lo antecedieron de 2002 a 2006, la cifra promedio de utilidades de los empresarios fue de US$2.673 millones”[2].
  • En el México de la Cuarta Transformación, los bancos obtuvieron sus mejores niveles de ganancias en el último año al continuar una tendencia favorable al incrementarse en 20 por ciento durante 2022. La inversión extranjera directa tiene su mejor nivel en siete años también. Sería confirmado por el oligarca Larry Fink, director general de Blackrock al sostener: “Cuando vemos a México, su ventaja es que tiene salarios más bajos que en China, tiene gente capacitada, tiene una política muy a favor del empresariado y se pueden transportar los productos por tren para llevarlos a Estados Unidos”. Todo a despecho del sector golpista de la oligarquía local.[3]

Difícilmente podría sustentarse lo anterior de no estar girando los países de América Latina en la órbita del imperialismo estadounidense. Pero para la ultra que mira el mundo desde abajo y a la izquierda sale sobrando un análisis de la específica inserción de nuestra Patria Grande en la división internacional del trabajo guiada por la potencia imperial. Como si pudiera eliminarse de un plumazo la invasión de los capitales monopólicos suscitada desde fines del siglo XIX. Por otro lado, para la socialdemocracia es inmejorable el panorama macroeconómico generado por el clima de inversiones del progresismo en auge, incluso como programa de política económica sin desafiar a los dueños del capital global.

Al declinar del análisis materialista dialéctico para una caracterización del periodo histórico actual en México, aparecerán falsas ilusiones, desengaños y expectativas caídas. Desde exigir la “radicalización del proceso” de la Cuarta Transformación hasta denunciar supuestas traiciones. Todo ello sostenido en la mera ideologización acerca de los acontecimientos políticos en curso. Una de las renuncias clave (desde la izquierda, incluida aquella que está desde abajo) es sobre la categoría imperialismo. Se hace depender a la realidad de una conjunción de voluntades, cuando no de la acción de un individuo.

Entonces quedan en pie cuestiones ya dejadas en el baúl como el tercer mundo hasta el sur global, pasando por la hegemonía en el sistema-mundo. Son posturas para desdeñar una anatomía precisa sobre las clases sociales, sus luchas y expresiones concretas para motorizar procesos históricosen curso dentro de la más aguda crisis del capitalismo. La quiebra reciente de grandes bancos no es sino sintomática del declive.

En su ensayo sobre el inicial ascenso del neoliberalismo y del pensamiento posmoderno, Agustín Cueva remachaba la necesidad de realizar análisis sobre el momento político a partir de la inserción de América Latina en la cadena de dominación imperialista yanqui:

“Es posible que desde el punto de vista de ciertos pensadores –los llamados ‘posmodernistas’, entre otros–, el concepto de imperialismo haya pasado de moda. Aparte de que para ellos el ejercicio del intelecto es justamente eso: una cuestión de modas, no hay que olvidar que su pensamiento forma parte de la gran ola derechizante que hoy invade una porción significativa de los países autodenominados “occidentales”.[4]

Esta definición se hacía al atisbar desde su fase primigenia el ascenso neoliberal: como se problematiza ahí, las consecuencias de abandonar las categorías de análisis científico de la economía política traerían total desorientación y confusión, bien sea inducida o simple resultado de una traición de principios. “Surfear” en el tsunami de la globalización y la posmodernidad sin duda se revelaba rentable, en comparación con un bregar a contracorriente.

Los datos arriba enunciados no alcanzan para denostar los importantes proyectos de defensa de la soberanía nacional. Tal como demostraron en la práctica no sólo las políticas de mejora redistributiva y el freno a las privatizaciones de industrias estratégicas como la energética o la minera; también así fue al derrumbar el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) durante la presidencia militarista de Bush. No se trató de desplantes retóricos sino de materialización de organismos multilaterales como Petrocaribe, UNASUR o CELAC. Las tendencias en todo caso apuntan a la obviedad de que este sistema funciona concentrando y centralizando capital. No hay plan gubernamental que revierta ese proceso, sino es mediante un proceso de lucha abiertamente antiimperialista como lo demuestra Venezuela, y no digamos abiertamente socialista con Cuba a la cabeza.

Igualmente, en México, se avanzó con la oligarquía en contra (auspiciada por EU) en cuanto a una reversión parcial de la avanzada privatizadora y desnacionalizadora del petróleo y la energía eléctrica; e igualmente se concretó la nacionalización del litio. Entre contradicciones, los capitalistas de E.U. hacen desembarco con sus inversiones multimillonarias para confrontar el ascenso económico de China. El propio presidente López Obrador ha asumido la integración de América para hacer frente al gigante asiático. Esas contradicciones emergen a la superficie cuando en su último discurso sobre la expropiación del petróleo en 1938 ha remarcado la defensa de la soberanía nacional por medio de la movilización de la base social del movimiento obradorista. Contradicciones que no incongruencias.

Tal ha sido el nivel de control de los capitales monopólicos sobre industrias clave, o circuitos comerciales, que ha resultado desafiante la reivindicación de la soberanía nacional en el plano definitivo como es el de su materialización. Discursivamente la globalización se tornó como la dilución misma de Estados-nación conducidos por administraciones francamente entreguistas o por el progresismo latinoamericano en su diversidad cromática, más como proyecto de dominación que como realidad palpable. Estaba en juego la subsunción con aliados locales hacia los procesos de acumulación de capital como mera extensión del mercado metropolitano.

Proceso determinante para definir la culminación de esta reivindicación soberana -imprescindible base para no ser arrasados- es la lucha de clases que se mimetiza bajo banderas como la lucha por la democratización o por la defensa del territorio, cuando la debilidad orgánica de la clase obrera condiciona la imposibilidad de avanzar más en el proceso de transformación social. Sólo un esquematismo ultra aísla las condiciones materiales, así como un oportunismo embozado navega en el mismo sentido de la correlación de fuerzas.

Los procesos han desencadenado contradicciones cuyo desenvolvimiento no está en función de las decisiones del gobierno de E.U. o de los organismos financieros internacionales, con todo y su enorme peso, pues hay resistencia, lucha, y desafío a los designios imperialistas. También los gobiernos pueden catalizar esa lucha al ser ellos mismo expresión de las propias contradicciones. La soberanía nacional es uno de esos significativos -y por momentos, cruciales- frentes de lucha.


[1]Sader, Emir. Lula y Dilma: diez años de gobiernos posneoliberales en Brasil;Traficantes de sueños;  2013, p. 20.

[2]https://www.americaeconomia.com/economia-mercados/finanzas/rafael-correa-afirma-que-empresarios-triplicaron-utilidades-de-2007-2015

[3] “México tiene ventajas para atraer inversión: Blackrock”. https://www.elfinanciero.com.mx/economia/2023/01/18/mexico-tiene-ventajas-para-atraer-inversion-blackrock/

[4] Cueva, Agustín. Ensayos sociológicos y políticos. Ministerio de Coordinación de la Política y Gobiernos Autónomos Descentralizados; Quito, 2012; p. 162.

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