Por Edna Rodríguez
No he leído nada más de ella, sólo a Balún Canán, y con eso tengo para decir que es mi autora favorita y que estimo a todos los lectores que han habido, hay y habrán en todos los tiempos, y que, como yo, se sienten parte de esa comunidad, de la comunidad que leyó a Rosario Castellanos, conmovidos durante y después de su lectura, al ser parte de esa conexión con la niña que fue ella y con la memoria de aquel mundo ficcional que, como materia viva, se respira frente a nosotros sin la necesidad de cerrar los ojos.
Desde mi sentir, no es una novela indigenista ni se trata de la voz de los oprimidos, sino de la voz honesta de esa mujer que se supo liberar de su condición de clase para ir más allá y confesar su dolor, convencida de la complejidad del nido (o del nudo) en que surge nuestra conciencia.
Vengo pensando en mis hijos que son fruto de una historia antes de que nacieran, y que, de esa misma manera, antes de que yo tomara conciencia, soy hija de una historia, y que todos somos hijos de una historia en un contexto determinado, en condiciones que nunca estuvieron en nuestras manos, porque somos más que genes y estamos más allá del azar de las circunstancias del apellido.
Entre el principio y el final, sentí esa revelación de que nacemos como mamíferos que aprenden un lenguaje y crean otro, bajo el manto de las familias, de su régimen y de sus tradiciones culturales, en medio del territorio singular y de su historia e identidad, en un proceso de externalidades y subjetividades, en un mundo bastante desigual y complejo, condenados a sus inercias o a hacer historia.
Puede costarnos la vida, y de cualquier modo yaceremos sobre nuestros ancestros, pero la memoria que dejamos en los vivos es una nota persistente de cambio fortísimo durante el periodo de crisis, como una ráfaga de conciencia colectiva que actúa también como inercia, pero esta vez como una fuerza ígnea que transforma el porvenir.
Tal vez ningún entendimiento sea tan contundente y claro como el que pone a prueba este periodo, de cambios entre lo nuevo y lo viejo, porque todos los eslabones que en su momento se articulan naturalmente, ahora se desembonan y revelan sin máscaras el fin sistemático de degradar la dignidad de los condenados a costa de legitimar la explotación.
Cada eslabón en la novela, desde aquél que parece ínfimo, devela su carácter ofensivo, clasista y racista, en especial, lo muestra el lenguaje establecido, como el usted, el tú y el vos que se emplean para alzar muros en las relaciones sociales, entre superiores, iguales e inferiores. Un mismo lenguaje generalizado, que no tiene matices de una hacienda a otra, que no tiene un lenguaje privado, sino que es característico del régimen social.
Qué importancia tiene, para nosotros, en nuestro tiempo, con crisis o sin crisis, darse cuenta del carácter simbólico e ideológico de nuestra lengua, que guarda relación con el status quo, aparentemente de manera lineal, pero cuando se le cuestiona su lógica y se quiebra el sentido, entonces todas las grietas se abren en las conciencias de los oprimidos.
Esto no quiere decir que estas rutas, inmediata o directamente, en la memoria de la autora o en la ficción de Balún Canán, asuman o decanten en una población organizada, convencida de formar un ejército trabajador indígena, como en la revuelta que registra Ermilo Gómez Abreu en Canek, donde no es uno, sino que son todos los indios bravos los que se levantan con vehemencia y prenden fuego. Cada contexto es distinto, y en Balún Canán, la vida y la memoria de su gente, que ha sido sistemáticamente violentada, no experimenta sino miedo de que el verdugo pueda reestablecer el orden, o más aún, siente el miedo de la horfandad, aunque, en cualquier caso, ya no son las mismas inercias.
Otra realidad vive Felipe que prefiere guardar para sí el secreto que le confiere el haber tomado la mano del presidente Cárdenas, que lo ha tratado como su igual, un gesto perdurable que le da una especie de brisa ligera al ser el único hombre -aparentemente, pues no sabemos más- que no siente arrepentimiento de las cenizas del cañaveral.
Pero regresando a la voz de la narradora, a la mujer que una vez fue niña y que desde su pequeñez guarda memoria de su madre, de su hermano, de sus tías, de las amigas de su madre, de la tullida -ya que tiene una mayor cercanía con las mujeres-, y con su hermano y su breve recuerdo de Ernesto y de un lejano padre. Finalmente, por sobre todos ellos, su principal vínculo vivo es con su nana, mujer indígena que a pesar de ser objeto de humillaciones y del desprecio de la madre de la niña, tiene un vínculo maternal y amoroso con ella, supliendo la ausencia de sus padres, en especial del hombre que no siente ningún apego por su hija, y cuyo vínculo familiar solo puede ser adquirido con el heredero de sus riquezas.
La brutalidad de los explotadores, a imagen y semejanza de los conquistadores, sin el más mínimo apego con los hijos bastardos y sin el menor rastro de amor hacia los legítimos, solo se diferencia por el derecho que gozan los últimos de sus riquezas, mientras que el vínculo amoroso con la niña viene de la nana (o de la nada, casi como una cosa sin valor, pero que la narradora no puede subestimar), recuerdo de sus plegarias y oportunas muestras de dolor mudo de su raza y de sus mitos, trascendiendo las barreras sociales impuestas.
No son entonces nada más las condiciones materiales las que dividen al mundo de Comitán, sino también la cosmovisión, no es lo mismo matar un venado por el placer de cazarlo y dejar que se pudra, que ese mismo lugar que es bautizado por los oprimidos… «donde se pudre nuestra sombra».
El detalle de la narradora que prefiere mantener intacto el recuerdo de la niña que fue, con sus travesuras y dichos sin malevolencia, imitando los gestos de los padres en busca de su reconocimiento, sin que el lector deba conocer los juicios o las justificaciones de la mujer adulta que recuerda y narra, hacen aún más dramático el retrato de sus memorias.
No dejo de pensar en la culpa, que algunos compartimos, al liberar del sueño aquel duelo aletargado y profundo que nos acompaña en el silencio de los días difíciles, en el tormento de lo irreversible, como si a partir de la muerte de los seres queridos que descansan en paz, comenzara una eternidad en vida para machacar con minucia todo aquello que no pudimos cambiar, que nos remuerde en silencio hasta que solo nos queda la rendición de pedir perdón para poder recobrar el sentido. Cuánta soledad se resiente al final al perder a la nana y a su hermano que, todavía a esa edad, nos hacen compañía.






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