Por Antonio Munguía
La transformación del país no se dará por decreto presidencial: ni la violencia o la corrupción se acaban por la repetición, copiosa, del Presidente, desde el espacio comunicacional matutino. Eso no invalida los esfuerzos y políticas que aplica el actual gobierno para aminorar las desigualdades, guiándose por la máxima “por el bien de todos primero los pobres”. Tampoco quiere decir, que esos cambios realizados hasta hoy sean suficientes para acabar con la pobreza.
Todo, pero todo lo que hacemos, es resultado de una interpretación siempre plagada de ideología. Es decir, desde una sistematización de las ideas que vamos aprehendiendo, emitimos juicios. Supuestamente, y no por que no sea así, el papel de la ciencia es ver el movimiento real del fenómeno, pero siempre choca con lo ideal cuando analizamos puesto que lo hacemos con lo que conocemos. Se trata pues, de desprenderse lo más posible de los deseos personales, de los prejuicios y del oportunismo académico con el que se mueven casi todos los intelectuales en nuestro país.
La ciencia, decíamos, nos ayuda a entender el funcionamiento de la vida en todas sus manifestaciones; por lo tanto, mientras conocemos vamos transformando lo externo a nosotros y a nosotros mismos en la medida en que aprehendemos ese conocimiento del funcionamiento real de las cosas. Lo mismo sucede con la realidad social: no es el hombre (malo/bueno) lo que determina a las sociedades, sino las relaciones que estos entablan mediante la producción para su preservación como humanidad.
Dentro de todas las relaciones sociales que entablan hombres y mujeres, la fundamental es la producción. Es decir, entre los que tienen los medios para producir y los que venden su capacidad para trabajar para sobrevivir. Con ese planteamiento, los pueblos del mundo se han organizado para cambiar sus condiciones de vida: que aunque no siempre parten de ese punto a ese mismo llegan, como en el caso del pueblo venezolano con la revolución bolivariana.
Se puede concluir mediante el estudio de las ciencias sociales, la necesidad de organizarse para cambiar de raíz, mediante una revolución armada y/o socialista, el sistema capitalista. O simplemente la gente se organiza a partir de sus vivencias de despojo y violencia en las que han crecido y de las cuales se han defendido, y que logran trascender a un terreno social más profundo, como muchos campesinos vueltos guerrilleros. De cualquier manera, la “izquierda”, tan amplia como su definición, apoya procesos de lucha de otros pueblos (o debería, porque en la experiencia ajena se vislumbran mecanismos con los que actúan las clases dominantes de cada nación).
Pero, ¿los científicos sociales más cristalinos, los estudiosos de ese marxismo puritano, hubieran estado de acuerdo con el Hugo Chávez que pretendió tomar el poder político mediante una insurrección militar?, ¿Lo hubieran acusado de golpista, no hubieran marcado distancia por estar con el sector militar “defensor de la propiedad privada”?…Que decir de Rafael Correa, ¿hubieran apoyado a ese “tecnócrata – liberal”?; o a Pedro Castillo, de quién condenamos el golpe de Estado propiciado por el imperialismo yanqui, ¿hubiéramos estado con él o lo acusaríamos de ser “moderado”? Que tal el caso de Cristina Fernández, ¿hubiéramos denunciado la entrega del petróleo albiceleste a privados, o la destrucción ambiental generado por la explotación del campo petro gasíferode Vaca Muerta, y perdido de vista la lucha de clases real, pero invisible ante nuestro puritanismo?
Entonces, si pensamos en el caso de Andrés Manuel López Obrador y México, tenemos la misma disyuntiva intelectual: ¿apoyarlo, pero con reservas o tener la claridad de saber los límites del reformismo, pero que da potencialmente chance a organizarse desde nuestras trincheras? Seguro estaríamos con AMLO si fuéramos extranjeros o él, presidente de otro país. Así como estamos o deberíamos apoyar a los procesos políticos de los pueblos del mundo por su liberación, ya no del capitalismo sino de condiciones de subordinación coloniales que persisten hasta estos días.
Es bonita la vista desde el microscopio estéril, del diagrama, desde la teoría, esa que roza el nulo compromiso con la lucha de clases real, que no logramos entender en su continuo presente.






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