Por Edna Rodríguez

La marcha del 26 de febrero llenó el Zócalo capitalino,  y entonces empezó a tejerse, en algunos, la narrativa de que la gente convocada fue engañada y se le puso la etiqueta de la «marcha de los narcos»; otros, más razonables, sostienen que, al menos, en el gobierno de Obrador, hay condiciones no autoritarias para la libre manifestación, que no hay dictadura, pues.

Pero, para el caso, lo cierto es que a esa marcha fue más gente de la que cualquier obradorista habría imaginado, y para muchos, queda un dejo de perplejidad pues asumen que aquellos siguen el llamado de los corruptos que se aferran a recuperar el poder político. 

En resumidas cuentas, el obradorismo más o menos es de la opinión de que si las personas supieran bien de qué se trata el Plan B, nadie se sentiría llamado a participar en una marcha convocada por el cartel de los García Luna, o sea, del PRIAN+. Es más, en el fondo, piensan que solo debería haber marchas en apoyo al presi y que aquellos deberían quedarse en casa milando, como los chinitos. Pero sopas, la realidad no es así y ni con el juicio de García Luna se desalentaron, sino, al contrario, con esa etiqueta se calentaron más los ánimos.

Entonces, dos cosas: subestimar su fuerza y reducir el análisis a una marcha de los corruptos debería llevarnos a la conclusión de que, en el transcurso de cuatro años, nos sigue faltando autocrítica.

Si Morena ha crecido en las votaciones a partir del 2018, no ha sido por sus propios méritos, sino por el obradorismo y el discurso hipócrita de la derecha. Es decir, Morena se debe más a Obrador y a los decires de los dirigentes y aspiracionistas del PRIAN+, que por lo que hace su militancia.

Tan solo en los municipios y estados donde han ganado, dejan mucho que desear su gobiernos. ¿Acaso los militantes locales han hecho crecer con su ejemplo al partido? ¿Hay un partido organizado territorialmente? No, al contrario, son semilleros anticuatroté, engrosando las filas de la oposición.

Por otra parte, la inseguridad se ha tratado de contener, sí, pero sigue siendo un lastre, sí, herencia de gobiernos neoliberales y de carteles del narcotráfico en el primer orden de gobierno que tuvieron nada menos que el control de las fuerzas armadas. Pero entonces, ¿ese mismo cuerpo ya está bendecido con Obrador y la 4T?, ¿ya son militares emanados de un pueblo revolucionario?

Como diría Obrador: para combatir la inseguridad hay que atender sus causas. Pero después de cuatro años de gobierno es más claro que la corrupción no es su causa. Se les dejó de dar concesiones a los capitales corruptos e ineficientes, pero con la entrada de capitales más competitivos, al proletariado no se le garantiza certidumbre económica, ni mucho menos un régimen económico más democrático.

Se limpiaron las finanzas públicas para resarcir un poco la precariedad laboral, mediante programas sociales y más días de descanso, que no es suficiente, aunque fue mayor el descalabro en la lucha por la independecia energética de la CFE, ¡cuál libre mercado! Iberdrola es el mejor ejemplo de cómo los capitales privados pueden ser incluso más ineficientes que las empresas estatales cuando se regulan por el mercado y la ganancia. No se necesita ser marxista para saberlo, hasta un keynesiano se los puede explicar. E Iberdrola sigue comiéndose a la CFE.

Esa es la corrupción que se ataca, pero mientras haya incertidumbre económica y condiciones laborales precarias y violencia laboral e inflación, etc., la inseguridad va a seguir siendo un lastre y las calles públicas se seguirán cerrando, y en plena cuatroté se seguirán cerrando las puertas de las universidades y de los organismos autónomos, es decir, está ganando terreno la derecha.

A la gente, al pueblo bueno, no le va a quedar de otra que seguir robando para tener qué comer y seguirá habiendo una degradación social, porque el régimen económico sigue imponiendo sus condiciones.

En el fondo, tanto obradoristas como antiobradoristas podrían estrechar su mano, pues están de acuerdo en algo: en que haya más militares en las calles. Claro, no es lo mismo un García Luna que una Rosa Isela Rodríguez, pero la situación es que aun con otra dirección, las causas. 

Y esto no es una herencia del pasado: Dejarle en manos de los militares el poder de los recursos estratégicos de la nación para ponerle candados al poder económico corrupto del viejo régimen, parece una táctica magistral, pero en el nuevo régimen se está concibiendo una nueva oligarquía (política y económica), la militar. En un estado que le otorga condiciones favorables al capital norteamericano y se germina una dictadura militar, tan solo de pensarlo, suena muy peligroso, pero es una discusión a la que el obradorismo no está preparado para entablar.

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