Por Israel

El amansamiento de la “población” por los capitalistas en México tiene dimensiones que no se conocen en el resto del llamado continente americano. En ningún otro país se tuvo el control ideológico mediante una maquinaria como lo fue el PRI ni tuvo su televisora de embrutecimiento llamada Televisa. Lo que en términos territoriales conseguía de control social y político el PRI, en términos masivos era reforzado con la apatía promovida por el entretenimiento de los programas de “la televisión mexicana”.

Y como no se necesitó un gobierno comandado por los gorilas del ejército como sucedió en tantos países de América a fin de garantizar “la paz social”, la llamada “dictadura perfecta” nombrada por un reaccionario embrutecido consigo mismo resonó como una “gran idea”. El simple juego de palabras tomó brillo por la mediocridad habida entre los “inteligentes intelectuales” que ni para eso decían “esta boca es mía”.

En realidad, al no existir orfandad ideológica la burguesía extraía “sus ideas” de la caja de pandora violenta llamada “revolución mexicana”. Nunca lo hizo de las ideas de los magonistas, o de los villistas y del zapatismo institucionalizó a los herederos del líder campesino para hacerlos maleables al “régimen revolucionario”.

El problema fue cuando esta caja de discursos se le agotó y las referencias a la “Constitución más avanzada del mundo en sus aspectos sociales” de inicios del siglo 20 comenzaron a estorbarle. Alimentarse ahora de las heces ideológicas de los sectores “que combatió” en la “revolución mexicana” (sobre todo en el enfrentamiento llamado “guerra cristera”) cambió la ubre de la que venía alimentando sus palabras.

El lenguaje cambió. Y las referencias de la “modernización de México” tomaron el papel central de la nueva narrativa para construir durante varios quinquenios “un régimen de saqueo y corrupción”.

Dicho en otras palabras. Las referencias ideológicas y políticas de “carácter social” surgidas de la “revolución mexicana”, a fin de crear una “identidad nacional”, fueron sustituidas por “el mercado” en todos los aspectos de la vida, como eje para desnacionalizar “la identidad nacional” (valga la expresión) acostumbrando a “la población” a que sin importar cómo o para qué, “los negocios” que se emprendan deben ser lo primordial. Y si están uncidos al yugo del imperialismo, tanto mejor.

Empero, en el capitalismo hasta la matria o la patria se encuentra en venta. El “dique nacionalista” que antes le sirvió a la burguesía para construir la “nación” ahora debía ser hecho a un lado. De defender a la patria y la matria, ahora las ponía a la venta del que mejor pague. Este espíritu de meretriz es el que prevalece en la oligarquía “que se siente dueña” del país.

Aunque para los muertos de hambre no representen hechos que se ponen en juego de manera crucial pues debe vender su capacidad para trabajar o no tiene con qué comer del diario, la “falta de identidad” más allá de su condición material es lo que ha servido para que su ser termine por repetir lo que le es impuesto por todos lados.

Si se informa por Televisa, las estaciones de radio o la basura de revistas que se venden en puestos de periódicos, no se espere que de ahí surja un espíritu de lucha contra la explotación capitalista. Y si a esto se le agrega el gran papel de nuestros “inteligentes intelectuales” que repiten lo que por esos medios establece como ideología el mismo capitalismo, el embrutecimiento de “la población” no tiene salida.

Por eso, aunque se trate de un espíritu reformista, bonachón (o cristianucho, si se quiere) y con arranques de “honesto nacionalismo”, el discurso de cada mañana expuesto por “el señor presidente de los Estados Unidos Mexicanos”, busca rehacer esa identidad basada en el “carácter social” de la “revolución mexicana”, ampliando sus fuentes a las “tres transformaciones que ha vivido México”.

La orfandad que los “intelectuales” hoy padecen es el resultado de que su identidad siempre estuvo ligada al momento “en boga”: si lo “chic” era “ser de izquierda”, fulgurantes rojos de “digna rabia” terminaron por reivindicar; si ahora lo “chic” es “ser un no ser”, el nihilismo de “la imparcialidad”, el “ser académico”, la “nueva ciencia” y otra clase de referencias les sirven de parapeto. Ya en el caso de quienes se fueron del otro lado y terminaron vomitando las heces de la ideología reaccionaria, ni qué decir.

Pero en términos de identidad la chusma siempre ha estado sujeta al amaestramiento promovido por el capitalismo mediante sus múltiples “mecanismos de transmisión ideológica”. Eso es lo que “reventó” canalizado en 2018 con un cambio de gobierno distinto al de la oligarquía. Fue un rechazo espontáneo, como una oportunidad dada a la opción “no violenta” de “hacer un cambio”. Aunque se carezca de horizonte, “hacer algo distinto” imperó.

La apuesta por la “revolución de las conciencias” más la pedagogía de cada mañana, han sido las dos líneas de acción con que el actual reformismo imperante en el gobierno de México le ha apostado para “politizar a la gente”. Y para “saldar cuentas”, se ha esgrimido el rescate de “nuestras comunidades”, la “cultura de nuestros pueblos”, “los valores que hay en nuestros ancestros”.

Esta narrativa “nueva” es una mediatización para que “el impulso violento” del muerto de hambre no haga su presencia, cuando la “pacificación” de los llamados “grupos criminales” enfrenta quitarles su “base social”. Y no sólo en estos se encuentran los empresarios que hacen negocios ilegales con drogas y comercio de personas, sus sicarios y grupos paramilitares, sino los organismos de seguridad o policías comunitarias y las organizaciones político-militares.

Esta “pacificación” necesaria para los negocios puede generar el conformismo “por lo logrado” porque no se distinga que al no ir a la raíz del capitalismo tarde o temprano volverá la situación al mismo punto rechazado. Es posponer un “ajuste de cuentas” al mediatizar la lucha de clases. Ahora bien, qué puede hacerse al respecto se pregunta cualquiera.

Esa dinámica reproduce el capitalismo como modo de producción que impone las condiciones sociales y económicas en prácticamente todo el país. Esto escapa a las llamadas “decisiones personales”. Acabar con el capitalismo no parece estar cerca, menos aún con esa “mediatización” de la lucha de clases del reformismo, porque “han ganado los empresarios y también los pobres” con el actual gobierno, razón que confunde, desmoviliza, creando una actitud de aceptación fácil con lo apenas alcanzado.

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