Por Alfonso Ruiz

“La BUAP NO es pública, es autónoma”, es la consigna, casi jaculatoria, que la rectoría ordenó a sus esbirros uniformados o “DASU” decir y repetir hasta el cansancio, ante aquel que se niegue a presentar el “Código QR” para ingresar a alguna de las instalaciones de la universidad.

Y es que, por lo general, cada vez que un estudiante o ciudadano rechaza presentar el código QR para ingresar a CU u otra facultad, es increpado fuertemente por uno o más DASU’s (hay al menos uno en cada acceso de cada instalación de la BUAP) y si quien intenta entrar se atreve a recordarle al porro uniformado el carácter público de la BUAP, éste responde que “eso ya no”, “eso era antes”, “es por seguridad” y el más cínico y aberrante “la BUAP no es pública, es autónoma”.

La rectoría de la BUAP, con el más fino estilo hitleriano que los caracteriza, ha emprendido esta “campaña”, esperando que, como decía el nazi Goebbels: “una mentira repetida mil veces se convierta en verdad”, pues la BUAP sí que es pública y también autónoma (aunque esta autonomía esté pervertida).

Si se analiza la frase por el lado legal, el Estatuto Orgánico de la BUAP, en su artículo 3, dice que la universidad es un “organismo público descentralizado del Estado”, mientras que la Ley de la BUAP, en su primer artículo dice exactamente lo mismo que es: “un organismo público descentralizado del Estado”.

Más aún: los poco más de 8 mil millones de pesos del presupuesto de la BUAP para este 2023 son recursos provenientes del erario, ese que el gobierno junta por medio de impuestos y que en el fondo representa el excedente económico producido por la clase obrera.

Y para rematar: tanto el carácter público como la autonomía de la BUAP, así como en todas las universidades del país que comparten ambos aspectos, son resultados de luchas que los mismos estudiantes, maestros y el pueblo en general han dado por años, por eso la dichosa frase no sólo insulta la inteligencia de quien la acepta, sino la memoria de quienes lucharon para hacer de la BUAP una universidad pública.

Pero la rectoría puede llegar a estos niveles de cinismo y desfachatez sólo porque los alumnos de la propia BUAP lo han permitido, aquellos que presentan el Código QR religiosamente como cuando un católico se persigna apenas ve una iglesia, aunque el DASU esté “comiendo camote”, casi durmiendo, en el acceso que le toca cuidar.

O aquellos que usan “portacredenciales” y se cuelgan sus identificaciones al cuello para poder pasar el acceso; en fin, todos los que, sin tener que escuchar la insultante frase de “La BUAP no es pública, es autónoma”, la han asumido e interiorizado.

¿Y qué hay de la autonomía? ¿La BUAP es realmente autónoma? Si decir que la BUAP NO es pública se acerca a una mentada de madre, entonces presumir su “autonomía” también, pues desde hace décadas que defitiva y tristemente no lo es en los hechos.

Aunque jurídicamente y simuladamente la BUAP ha mantenido su espacio autónomo, pues los gobiernos no se han entrometido burdamente (lo cual deja de ser verdad con Lilia Cedillo que le abrió la puerta a los policías municipales del yunquista Eduardo Rivera), al menos los contenidos de los programas de estudios y materias sí perdieron la autonomía fundamental: la del pensamiento.

Desde hace años que en la BUAP el enfoque de todas las licenciaturas, ingenierías, maestrías y etcétera va dirigido a “amaestrar” a los alumnos, hacerlos acríticos, individualistas, “competitivos” e indiferentes a todo, hasta lo que ocurre en los espacios más cercanos a ellos.

Con eso, se logra que los alumnos domesticados coman obedientemente el alpiste que les tiende la mano de la rectoría y no cuestionen la corrupción en la universidad, además de que lleguen al llamado mercado laboral bien entrenados para no cuestionar nada en su trabajo.

Y lo peor está por venir: en la BUAP próximamente habrá elecciones a consejeros universitarios (antes que los de unidad académica, como se supone tiene que ser) y sin duda se avizoran cambios al estatuto orgánico…

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