Por Israel
La lucha por acabar con el capitalismo adquiere hoy dimensiones y formas distintas a las experiencias tenidas en tiempos precedentes. Esto “ha creado confusión” para las almitas pequeñoburguesas autonombradas de “intelectuales”. Aunque una inmensa mayoría de los así autollamados no usan el cerebro como es debido, en realidad el papel que cumplen al “crear confusión” con “sus opiniones” responde a un mecanismo que funciona desde los intereses de quienes los sostienen económicamente.
Para articular, difundir y tener medios con los cuales meter por todos lados la justificación de su existencia, el capitalismo emplea a los “intelectuales” y otra clase de ideólogos y propagandistas, que machacan por todos lados, a todas horas y empleando un sinfín de medios a su alcance la permanencia inexpugnable, la fortaleza imbatible, el carácter inquebrantable de la voluntad del capitalismo para perdurar pese a todo.
Una de las “pruebas irrefutables” que para tal efecto se esgrime es la “desaparición de los países socialistas”. Pieza tan frágil que a los “intelectuales” se les ocurre colocar como la afirmación irrefutable de que el capitalismo va porque va, cuando esa “desaparición” ocurrió sin que se la esperaran los mismos capitalistas.
Traición, corrupción, simulación y otra serie de prácticas a lo largo de los años, fueron minando el socialismo en esos países, al grado tal que “los nuevos ricos” surgieron de antiguos funcionarios de los partidos comunistas (que ya sólo tenían dicho membrete) y de los gobiernos respectivos. Además de los “conflictos étnicos” (reales o creados por el mismo imperialismo, una vez con la confusión puesta a modo para ello) y otra serie de problemas que “facilitaron” introducir el capitalismo como modo de producción en esas “tierras vírgenes” para éste.
Si el capitalismo hizo eclosión en esos países donde el “socialismo burocrático” existía fue, en lo fundamental, debido a la causa contraria por la que se pudo construir el socialismo: la voluntad de lucha de “esos pueblos”, pero en esencia por la conducción de los comunistas (sin comillas). Eso se perdió, y el enemigo imperialista tuvo en bandeja gratuita comerse el bocado ofreciendo “sus máximos esfuerzos” para apoyar la construcción del capitalismo.
Si bien los procesos históricos que conllevan lo económico a “servir de base” para constituir sociedades específicas depende de los intereses en juego entre las clases sociales involucradas, es con el capitalismo (que lo nombran como “modernidad”) donde el lugar ocupado por el individuo (una construcción ideológica propia de éste) adquiere tanta relevancia que a “los personajes” se les atribuye las construcciones o destrucciones en la historia.
Esta narrativa ha adquirido tanto peso que ha puesto su grano de arena para “confundir” en la lucha contra el capitalismo a las buenas voluntades de la “intelectualidad comprometida con esta causa”. Y como todo buen “trasnochado de los ochentas” que es uno, la risa que pudiera provocar la “ingenuidad” de estos “intelectuales comprometidos”, en realidad resulta un fastidio tener que repetir lo que para cualquiera con dos dedos de frente es claro en los hechos: de una sociedad dividida en clases no puede parirse democracia real alguna.
De hecho, la “democracia” esgrimida en el capitalismo actual es la forma con que busca revestir de legitimidad las maneras empleadas para acumular su capital. Dado que el enemigo a vencer “ha desaparecido” (e inventó otros a los que puede catalogar de tales), la farsa ideológica de la “democracia” en el capitalismo, se reduce a simples medios para poder controlar que las personas y clases sociales “participen”, siempre que no se salgan de un mínimo cauce establecido para garantizar el curso de los negocios imperialistas.
Ni siquiera se trata en la mayoría de los casos de intereses de “burguesías nacionales” lo que prevalece en los conflictos que hoy son catalogados de proyectos de muerte, despojo y despoblamiento de territorios, etcétera. En su caso, dichos intereses cuando aparecen son la fachada de propósitos e intereses ligados a negocios de empresas trasnacionales, y de los negocios que éstas establecen (sin importar que sean ilegales o usen violencia expedita) para hacer fluir el comercio de las mercancías y capitales en juego.
Entonces, el afán de buscar darle un respiro recomponiendo “el capitalismo en México” que se ha propuesto quien detenta el cargo de presidente de la república, conlleva matizar todas esas “aristas filosas” que durante “el periodo neoliberal” se ha padecido en el país. Esto debería ser halagado por los antiguos beneficiarios de tener a su disposición ese cargo, porque legitima al “gobierno presidencial” como forma de representación de la “democracia” capitalista. Lo que nunca quisieron o pudieron hacer. En realidad, nunca les interesó efectuarlo.
Quienes han aplaudido estas “medidas del presidente López Obrador” es porque tienen demostrado su efectividad con el crecimiento de su capital, desde que en 2018 hubo cambio de gobierno (el aumento de la fortuna de los más ricos, le dicen quienes miran esto desde la distribución del ingreso en el ámbito de la circulación capitalista).
Por eso lo que hace la 4T es en beneficio de la misma clase capitalista apelando a la “comprensión del pueblo” por medio de repartir un poco del presupuesto público (que ni es tanto, dado que en su mayoría está comprometido con gastos recurrentes cada año). Ese esfuerzo está consagrado en una serie de medidas de carácter político que buscan darle legitimidad a la “autoridad política” establecida en la “democracia” burguesa.
Si en el capitalismo no puede haber democracia porque nunca se puede considerar derechos ni condiciones iguales en circunstancias históricas que divide a la gente en clases sociales, con intereses incluso contrapuestos, apelar al gobierno del pueblo, con el pueblo y para el pueblo sólo se hace de dientes para afuera si nuestro quehacer no está enfilado en la lucha contra el capitalismo.
Las medidas de carácter político de la 4T (paradoja mortal de nuestros esquemas) representan no obstante avances que pueden influir para que la gente espabile (sobre todo los muertos de hambre, los jodidos, y en primer lugar los obreros), pero esto no sucede de golpe y porrazo. Así, lo que cada mañana se ventila en las conferencias presidenciales es un artilugio entre la “vocación democrática y liberal” del presidente y la triste realidad del control de las mentes “del pueblo” hecha por los “dueños del país” (la oligarquía).
La virtud del esfuerzo, la voluntad del ser que hace y no sólo dice que hará, es pieza clave en la lucha para acabar con el capitalismo, antes que éste termine con la humanidad y con toda forma de vida tal y como se conoce en la actualidad.






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