Por Antonio Munguía

El presidente Andrés Manuel López Obrador ha repetido, llamado y concitado a definirnos políticamente en este proceso social que se desarrolla en nuestro país. Esta declaración suscita, como todo fenómeno, dos grandes posiciones o polos contradictorios: los que están a favor y los que están en contra. A favor, se encuentran los obradoristas, militantes y/o simpatizantes de la cuarta transformación que no encuentran problema en exigir definiciones: sin embargo, el problema es que en la mayoría de los casos esta definición es superficial.

Dentro de los que están en contra, los beneficiados de la corrupción neoliberal. Son empresarios como Claudio X. González, Gustavo de Hoyos, José Antonio Fernández Carbajal, etc., con sus medios de comunicación masiva, quienes acusan a AMLO de “polarizar” la vida pública, pues como si fuéramos seres programables “seguimos religiosamente a AMLO” sin crítica alguna. Pero saben y eso no lo dicen, que la polarización social se profundizó con la privatización de derechos y empresas estatales bajo el neoliberalismo, modelo socioeconómico que no sólo salvó, sino aceleró la acumulación de capital en escala ampliada en nuestro país.

Huelga decir que no todos los que muestran reticencia a tal declaración son anti 4T o anti-AMLO, pero en esta masa [sin meter en este costal a los movimientos revolucionarios que luchan por la destrucción del capitalismo] están sectores que defienden la “neutralidad”, la “objetividad”, la “verdad” y demás adjetivos lejanos -aparentemente- a lo político. Son periodistas, opinadores, investigadores, profesores, académicos o estudiosos de la realidad, -en fin quienes transmiten cierta explicación de la realidad- quienes antes de asumir una posición en la lucha política (cualitativamente más grande que lo electoral), lanzan en nombre de entelequias la defensa de sus propios intereses o la defensa de su sistema ideológico.

Defender la objetividad o la verdad compromete con la sociedad en dar información verídica que tiene posibilidad de concientizar a más personas. Empero, en tal defensa, los medios de la ideologización y comunicación masiva y en los centros educativos, se colocan en medio o fuera del problema, como  resultado de pensarse por encima del conflicto puesto que la neutralidad, el no meterse, el no tomar postura, ayuda indirectamente a la gran burguesía a mantenerse como clase dirigente en nuestra sociedad. Por otro lado ¿Qué no la verdad tiene temporalidad?

No perdamos de vista que los parámetros para hacer análisis social se forjaron desde la formación educativa en general y la universitaria en particular, en donde los planes de estudio también sufrieron cambios hacia el pensamiento individualista y corruptor. Y esto no quiere decir sólo emprendedurismo sino la fundamental separación entre la realidad social de las demás ciencias, es decir, aunque se estudiara física, química, matemáticas, o alguna carrera técnica e industrial, ya no se vincula a la sociedad concreta en donde trabajarán miles y miles de estudiantes: el triunfo neoliberal en el campo educativo es la separación de las ramas del conocimiento y, por lo tanto, la percepción tecnificada y subjetiva de los fenómenos del campo social.

Al defender sólo la neutralidad o la verdad, el individuo analista, periodista o investigador no se compromete con la lucha de clases, y por lo tanto piensa que no tiene una definición política hacia una de las dos grandes clases sociales existentes y en lucha perenne del capitalismo mexicano: burgueses contra trabajadores. Por eso aun cuando se piense que no tomamos una postura hacia una clase social, lo hacemos todo el tiempo mientras nos relacionamos con otras personas, es decir, siempre uno hace lo que piensa y piensa lo que hace en relación con los demás.

Bajo estas premisas podemos entender que periodistas no ligados al régimen neoliberal, no quieran definirse pues “al poder se le critica”, pero ¿de qué poder hablamos? ¿Del llamado poder político? ¿Qué hay de la investigación hacia el llamado poder económico, que no es otra cosa que el Estado burgués? Porque definirse políticamente no es estar de acuerdo con AMLO, sino sumarse en las coincidencias para transformar nuestra sociedad hacia una realidad más justa, menos desigual, más fraterna y menos egoísta; y en ese nivel, les guste o no a los ultras, de la llamada izquierda, quien aglutina y dirige el proceso político actual que abre el chance de cambiar un poco las cosas, es AMLO.

Y en ese otro nivel, un sector de la izquierda que se autodefine marxista, crítica o autónoma, asume que la 4T es más de lo mismo. Sin gradaciones, o cambios cuantitativos, menos cualitativos, con una frase o de un plumazo eliminan el análisis concreto de la realidad concreta. Reduciendo así la participación política, en muchos casos, a la crítica de este gobierno. En alguna entrevista que le hicieron escuché a Omar García, hoy diputado y exalumno y exvocero de la Normal Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa, decir algo así “los normalistas son marxistas leninistas y ven en López Obrador lo mismo que con Peña Nieto”.

Autodecirse no convierte en automático: lo que uno hace muestra lo que somos y pensamos. Como si el marxismo fuera la reducción a la crítica al “poder”, pues ¿que no tal reducción prejuicia a sectores despolitizados? Que no, además, en una lectura seria de los clásicos del marxismo podemos entender la diferencia profunda entre gobierno y Estado, misma que ayudaría a pensar más allá de dogmas e ir asumiendo que a este gobierno no le falta pueblo sino consciencia, y para ello también hace falta la participación activa desde cada una de nuestras trincheras, por la emancipación de nuestro pueblo y de la clase obrera.

Desmitifiquemos los esquemas de la definición política y atrevámonos a participar activamente hacia la transformación social del y para el pueblo.

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