Recientemente, el asesinato del alcalde de Uruapan, Carlos Manzo, generó una indignación pocas veces vista si se compara con otros acontecimientos que ocurrieron en Michoacán.

Las virulentas reacciones y posiciones al respecto, recuerdan lo que Carlos Fazio llama “Terrorismo mediático”: una producción social de miedo que convierte hechos en espectáculo político; una combinación de verdades a medias, juicios morales y distorsiones que moldean el pensamiento social.

El 15 de septiembre de 2008 presuntos delincuentes (el caso no ha sido esclarecido) detonaron granadas de fragmentación en la plaza principal de Morelia. El saldo: 8 muertos y cientos de heridos.

No hubo indignación nacional, como ahora, sino que justificó la militarización. Los medios de comunicación jugaron un papel importante en dirigir la opinión social en ese sentido.

Los casos de Apatzingán y Tanhuato en 2015, cuando civiles fueron presuntamente asesinados por policías federales, tampoco provocaron una reacción iracunda tal como ocurrió con Manzo, pues, en el sentido común implantado, existía la justificación de que fue contra “delincuentes”, contra esos “otros”, esos seres “inhumanos” que lo “merecían”.

¿Cómo es que un hecho deleznable se convierte, de un lado, en justificación y, del otro, en indignación?

El papel del “Terrorismo mediático”, dice Fazio, es sustituir el razonamiento por el miedo; la pasión y el fanatismo por el entendimiento; el bien y el mal “tienden a personificarse” en individuos concretos que se exponen en la disyuntiva “héroe-villano”.

Son explotados y exacerbados: ideas populares, prejuicios, miedos irracionales y frustraciones para moldear el pensamiento social.

Mediante el terrorismo mediático y el Estado de excepción no declarado, en el sentido común del mexicano se ha anidado la idea de que frente a la “delincuencia” es necesaria “más seguridad”.

La idea se traduce en una fórmula: “más seguridad” es más armas y poder para las fuerzas armadas; fuerza desproporcionada; el “mátenlos a todos”.

Así, se exige más “seguridad” al gobierno en turno, incluso sobrepasando los propios marcos del Estado y la sociedad interioriza, de forma natural, una lógica que va en su contra y que sólo beneficia al capital.

Así, Manzo vendría a ser el “héroe” que enarboló la bandera de la “seguridad” y que se enfrentó al “villano” personificado en la delincuencia, esos “otros”, el “mal” cuyo origen desconocemos pero que es necesario arrancar de raíz y a costa de todos.

Se reproducen discursos de Manzo, pero no se cuestiona su contenido, no se problematizan los conceptos, valores y el sentido común que defendía.

Si alguien dice que quiere más seguridad, entonces es bueno ¡DEBE SER BUENO! porque es lo que el terrorismo mediático implantó en mi mente.

Y así desaparece el análisis de las condiciones materiales, de lo que da origen a la “delincuencia” y de lo que significa “la seguridad”.

Sin el análisis la organización social se reduce a la exigencia de la renuncia de un gobernador o de una presidenta y se encubre a la totalidad de culpables como la articulación delincuencia-capital-gobierno o bien se idealiza la manifestación, protesta y horizontalidad como formas máximas, haciendo a un lado la politización.

Y no sólo las clases dominadas justifican la militarización que va en su contra, sino que se alinean con estrategias de desestabilización que van más allá de cualquier partido y que corresponden a intereses del imperialismo y del gran capital nacional.

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