
Escrito Por Palestino
Para vivir se necesita estar vivo, no sólo existir. En el caso del ser humano no sólo se trata del hecho biológico de reproducción de la especie (llamada por el mismo humano) humana, sino de la forma peculiar, única en que ésta se agrupa, se organiza, como base indispensable sin la cual la especie (llamada) humana, no sería lo que es. La sociedad (llamada por los biólogos) humana es única e irrepetible en cualquier otra especie viva de la biología, al menos hasta donde alcanza el conocimiento actual que se circunscribe a la Tierra en que habitamos.
Por lo común, lo que hacemos al conocer es suponer que así como somos es como son o se comportan los demás. Esto, traído al resto de las especies vivas, sobre todo las (llamadas por los humanos) animales, busca hacer compatibles comportamientos que nada tienen que ver entre sí, pero que les hallamos semejanza de alguna manera con la (llamada) humana porque es el (llamado) humano quien conoce y nadie hasta el momento le dice lo contrario.
No nos engañemos, la única especie biológica que se organiza en sociedad es la (llamada por el humano) humana, y su funcionamiento dista mucho de ser semejante a la del resto de las especies biológicas vivas (animales o no). En razón de esta peculiaridad es que hallamos extremos antes no identificados en los comportamientos, actitudes, en lo que hace la especie humana al estar viva para destruirse a sí misma, y destruir al resto de las especies, no sólo por estar en la cúspide de la cadena alimenticia, sino porque la peculiaridad (llamada) humana del (llamado) ser humano, puede convertirse en un absurdo con resultados desastrosos.
Que el (llamado) humano se apropie del entorno dado por la (llamada) naturaleza es para hacer su sociedad, para crear y hacer que perdure reproduciéndose la especie pero organizado en torno a esa perpetuación biológica a partir de cómo, sobre, con y para qué realiza la apropiación. Esto no sucedió así como se dice sino que fue creación de un largo proceso práctico, generando (como si dijéramos) un aprendizaje de prueba-error parar ir depurando, perfeccionando lo que podría catalogarse el plan expuesto en la organización.
La forma organizativa peculiar del humano, por ser la sociedad, descansa en los fundamentos de cómo, sobre, con y para qué satisface las necesidades que permiten la reproducción de la especie. Y aquí es donde reside la pequeña diferencia con el resto de las especies biológicas, pues mientras el resto no dejan de ser lo que son, la (llamada) humana llegó a un momento en que su vida práctica, la repetición o el largo proceso práctico efectuado, generó un salto (o disrupción, dirían los mamones) en el pensamiento que la separó del momento anterior.
Ya desde aquí se usa la prepotencia, el pendejismo o la arrogancia acuñando conceptos como las modas en los desfiles para mercantilizar a las personas y lo que muestran (el diseño, dicen): “especismo” o “antropocentrismo” son 2 ejemplos de cómo el salto en el pensamiento puede irse al traste, nomás por quererle dar la vuelta o negar ese atributo del humano de producir sus medios de vida y transformar así su devenir y escribir su propia historia.
Pero bien, hay quien dice que a este salto en la consciencia contribuyó cierto tipo de alimento de acuerdo con su contenido, o que la transmisión de los resultados de la práctica tenida (eso que solemos llamar experiencia en cuanto una forma del conocer “precientífico” o “todavía no científico”) a través de formas verbalizadas, fue crucial en todo esto. El hecho práctico y repetido para irse perfeccionando decantó en una cada vez mayor y mejor apropiación de la (llamada) naturaleza por parte de los (llamados) humanos.
Como nadie puede decirle que no al (llamado) ser humano en las explicaciones que hace de su propio devenir, tomémoslo por dado (esto es, de manera acrítica) de una vez y para siempre, que es la manera como el pensamiento predominante, el que marca la clase social que domina por doquier, lo hace para construir sus múltiples teorías y explicaciones de por qué sigue siendo el mundo como lo conocemos en la actualidad.
Sea la política, la economía, la sociología, la psicología o cualquier otra herramienta desarrollada que consideremos para explicar lo que somos, siguiendo el patrón impuesto por la clase social que manda en la Tierra, tendremos siempre una imagen dada, sin posibilidad de modificar como no sea dentro de la propia delimitación que se nos otorgue. Un sinfín de argumentos referidos a justificar, explicar, sostener lo anterior se encuentran expuestos en esas herramientas del conocer.
Pero todo parte de una serie de prejuicios que al ser “normalizados” en nosotros desde antes de nacer (porque siempre venimos y nos formamos en un contexto dado) que nos sentimos, por lo mismo, extraños al ponerlos siquiera en tela de juicio. Y repetirlos, sobre todo al hacerlo desde la “visión del que hace conocimiento”, no nos percatamos de la ridiculez de las expresiones empleadas por tenerlas tan en el fondo de lo que somos, como si fueran parte del respirar diario. Y lo son, porque es lo que abunda por doquier.
Así sucede por ejemplo con el manido batiburrillo repetido por la 4T (con diferentes modalidades según la ocasión que se trate) acerca de que todo debe ser aplicado a partir de la razón y no por la fuerza. O de la fuerza de la razón, acotaría alguien que quiere ser ocurrente y resulta patético. En un contexto de lucha de clases donde el que manda no dejará alguna oportunidad para refrendar el ejercicio de su poder, nada que se haga parte de razón alguna, de argumento a considerar o siquiera de pedir permiso para hacer lo que se hace.
Desde luego, no es el único tonto quien piensa y repite ejercer alguna razón en lugar de la fuerza cuando se trata de intereses contrarios que se disputan dominar, aunque sea en un mínimo espacio, las distintas formas en que la lucha de clases ocurre en lo cotidiano. Así puede verse cómo el genocidio de palestinos es seguido por morbosidad atribuyendo igual papel al fascismo del Estado sionista ficticio que a los palestinos que no se dejan exterminar nomás.
No es algo exclusivo del momento actual que la distorsión de lo que sucede mediante propalar y difundir mentiras da por resultado que abunden más tontos que, incluso, hacen afirmaciones con aires de sabihondo. Filósofos y pedagogos por ello atribuyen al “pensamiento crítico” un carácter de habilidad, frente a la sobreabundancia de información. De suyo para pensar se debe criticar, analizar, desmenuzar, penetrar, destruir la realidad dada (mediante el uso del cerebro), a fin de que el resultado del (llamado) pensar sea pensamiento.
El llamado “pensamiento crítico” es un invento del (llamado por algunos) neoliberalismo, convertido hasta en “teoría” que afirma “revisar” los postulados del conocimiento anterior a su presente, dadas los “nuevos fenómenos” que no se explican por los “postulados clásicos” elaborados. De hecho, hasta grandes pensadores (llamados) marxistas hablan de que se necesitan un conjunto de ideas mucho más sofisticadas sobre cómo entender lo que pasa.
Porque hablar de imperialismo no es suficiente (dicen), entonces hacen faltan conceptos más sofisticados que den cuenta de lo que pasa. El (llamado) “pensamiento crítico” se revela como una manera que busca cubrir ese hueco existente (una habilidad), ante la sobreabundancia de información y las ideas pasadas menos sofisticadas. Aunque para ser catalogado de tal, el pensamiento tiene por esencia criticar, ¿de dónde surge el afán de catalogarlo “crítico”?
La decadencia de la ideología de la clase dominante emplea al imperialismo para imponer ideas mucho más sofisticadas como las anteriores. Disociar a través de dos palabras un concepto, para hacernos creer que el “nuevo” surgido así es mucho más sofisticado con esta operación del puro lenguaje, no sólo es buscar dar gato por liebre por parte de los ideólogos del capitalismo imperante más sofisticado.
Por lo mismo no resulta casual que la única crítica en el fondo es al marxismo y sus implicaciones políticas. Hasta hay (según) marxistas que se amparan en que San Marx nunca dijo algo relevante respecto del imperialismo (pongamos por caso) y que fue Lenin quien habló de éste (Bujarin o Hilferding, ni al caso). Y son estos (según) marxistas que critican al marxismo, los que comulgan con la veneración que dice: lo que no está en las sagradas escrituras carece de relevancia, y si fueron escritas en alemán o arameo, hay que aprender el idioma para leerlo de la fuente original.
La ignorancia no se quita con tener grados académicos ni con cursar una carrera universitaria. Tampoco se quita con el puro leer y leer. Hay la ignorancia propia del que no sabe porque carece de una explicación basada en lo que llamamos conocimiento. Parte de supersticiones, razones sin fundamento o comprobación, etcéteras. Hay otra que es la negación de toda evidencia de demostración por creencia (lo más vulgar está en los creyentes de religiones), que puede incluso estar asociada a gente universitaria (haiga sido, como haiga sido, como sucede con el doctor en derecho que fue titular del INE, y tantos más de calaña hermana).
Quizá sea mucho decir que se trata de ignorancia funcional la anterior, a semejanza del analfabetismo funcional. El que no sabe, es imposible que sepa y, por ende, que actúe de modo distinto a lo que su ignorancia le da. El que no sabe por creencia (aunque tenga título universitario), por negar la evidencia careciendo de sustento para su rechazo, actúa si no con dolo, al menos de manera amoral (o sea, carece de principios y valores éticos).
Y si le agregamos que esta clase de ignorantes funcionales (a semejanza del dicho común del que todo lo sabe, como maestro liendre, pero de nada entiende) tienen a su disposición un medio mucho más sofisticado que la radio o la televisión, como lo es internet, el resultado es más catastrófico para cualquiera que intente cuando menos desmentir las burradas que surjan del actuar de ese ignorante.
Es evidente la carga ideológica que esa ignorancia funcional trae de fondo, al ser distinta a lo que de verdad es ignorar, pues en este último caso se busca subsanar la falta de conocimiento indagando las causas que expliquen el fenómeno de que se trate. Mientras que el ignorante funcional dice saber de uno y mil fenómenos, aunque nada entienda, el que ignora puede hallar en eso motivación para averiguar las causas, esto es, para conocer.
Los hay ignorantes de vergüenza, por ejemplo, que no se sonrojan porque ni se dan cuenta de la burrada que dicen y creen (están convencidos con firmeza de esa su creencia) que son en cierta medida adalid de algo o una causa, nomás por parentesco con alguien que (con sustento o no) tiene en la llamada creencia popular (como los dichos comunes) cierta relevancia en la historia, la política, el quehacer de algún pueblo o una parte de éste (ahí está el junior de AMLO “aclarando” que estaba cansado y se fue a Japón a despejarse de las “arduas jornadas”).
El capitalismo se ha hecho mucho más sofisticado porque ahora cuenta con infraestructura de negocios que tienen la difusión de lo que ignorantes funcionales y sus receptores, están dispuestos a consumir al menos para rellenar con algo el hueco que el vivir amorosos del capitalismo implica. El capitalismo deja en el (llamado) humano vacío de adentros, como no sea el puro individualismo con el que se busca atiborrar a falta de algo que pueda ser humano.
Ahí tenemos el caso de los (llamados) millennials que ven en el nesting (anidar, o quedarse en casa) una actividad que les reporta beneficios psicológicos, por no salir a gastar y descansar en fines de semana, puentes y días festivos. Hay quien ve en esto una forma de resistencia: por oposición a la vida rápida y el estrés citadino. Hasta la UNAM le dedica espacio en su revista de “divulgación científica”.
Esta práctica sofisticada es moda como otro de los muchos mecanismos que el capitalismo empuja para todo aquel que vive enamorado de pertenecer a éste, como parte del bienestar y salud ocupacional para aumentar la productividad. Y si antes se realizaba, porque para una familia obrera salir los fines de semana implicaba gastar, no tenía más remedio que quedarse en casa por no alcanzarle el salario para actividades de esparcimiento, ahora se vuelve moda para los tontos que viven atrapados en las redes de la subjetividad impuesta por el capitalismo.
Esto es parte de la misma degradación material que tiene el capitalismo. El problema es considerar que hacer nesting es algún tipo de resistencia y no acostumbramiento a carecer de medios para disfrutar del necesario ocio o esparcimiento. Y se vuelve hasta creencia e imagen con ejemplos de “personajes” (millennials o no) de alguna farándula al que se pone de ejemplo, practicando esta moda para idiotizar a quien lo cree.
De por sí, se puede decir que eso que llamamos vida, o estar vivos, carece de sentido de suyo, si nos atenemos a la mera biología. Porque nacer, crecer, reproducirse y morir es propio hasta de un piojo, la pulga o la liendre que cohabita el cuerpo del animal al que se encarama para ello. El (llamado) humano tiene la posibilidad de darle un sentido a su estar, al simple existir que su biología le otorga.
Y en ello puede poner todo su empeño para dejar atrás la ignorancia que el capitalismo dominado por monopolios impone, mediante los instrumentos creados por el imperialismo más sofisticado habido hoy (el ejemplo de los millennials y su nesting es emblemático en esto).
Para 2024 (mayo) los 10 principales monopolios dedicados a la tecnología de la información tenían una capitalización de mercado de alrededor de 19,100 billones de dólares americanos (USD). Lo mismo fabrican programas que infraestructura, teléfonos, computadoras, sistemas, plataformas. Mientras los 16 monopolios más grandes por su ingreso (2024) dedicados a esas tecnologías acumularon alrededor de 2,284 miles de millones de USD.
De estos últimos 11 tienen la sede sus negocios en alguna ciudad de Gringolandia, 2 en Japón, y 1 en los siguientes países: Alemania, Irlanda, Francia. Si tomáramos la definición más usada de industria de la tecnología, para referirnos no sólo al software y al hardware, sino la electrónica, los semiconductores, el equipo de telecomunicaciones, el comercio electrónico y los servicios informáticos, la lista de los principales monopolios cambia un poco.
Aparecerían monopolios con sede en países como Corea del Sur, Taiwan, China, las Islas Caimán y Hong Kong, pero predominaría todavía el país de los gringos. Ya de por sí los monopolios en términos materiales establecen las condiciones con que funciona la economía en la Tierra: imponen precios, canales de distribución, acceso a mercancías básicas, control de fuente de materias primas, marco normativo de comercio, inversión, financiamiento y tecnología, distribución de ganancias, prestaciones y derechos a reconocer para los trabajadores, flujo de mano de obra entre países, etcéteras.
En el caso de los que se dedican a la industria de la tecnología, los monopolios imponen por doquier lo que sí y lo que no puede circular por la internet, quién y cómo se tiene acceso a la tecnología, costos, contenidos, sanciones y permisibilidad de la información difundida (mucha de ésta mera basura), usos y aplicaciones de los desarrollos, etcéteras. En otras palabras, son los dueños de lo que se puede acceder o está vetado aparecer en internet y, por ende, existe o no para las imágenes y mensajes que moldean nuestras subjetividades.
Y para todo aquel pueblo que busque de alguna manera salirse de esto, la fuerza de la violencia (y no la razón ni la ley ni nada de las cosas a las que aluden los reaccionarios fijándose sólo en la superficie de los fenómenos), aparecerá como respuesta.
Si el (llamado) humano, especie a la cual suponemos pertenecer, tiene la posibilidad de darle un sentido a eso que solemos llamar vivir (para que deje atrás el mero existir), cuál es el afán de aferrarnos a esa ignorancia aunque sea funcional. La “confusión” para que hagamos pasar nuestro no pensar, considerándolo como lo contrario, puede provenir de muchos lados, pero en última instancia la mantenemos así por decisión propia.
Mientras la ignorancia de lo que somos y de lo que podemos ser, así como de lo que nos corresponde (ser y hacer) por pertenecer a la especie (llamada) humana, nomás por negarnos a pensar con cabeza propia, esto es, a buscar de todas las maneras posibles no repetir los esquemas mentales que incluso (llamados) marxistas emplean, al buscar ideas muchos más sofisticadas para entender qué es lo que pasa, no decidamos superarla, hacerla a un lado, permanecerá a nuestro lado apareciendo “sin que nos demos cuenta”.
El desarrollo de la tecnología de la información lo han hecho determinados monopolios usando el conocimiento para sus intereses. Y no es la única (llamada) rama del conocimiento en que el capitalismo ha hecho a su antojo y empleando todos los medios posibles para convencernos que es “a favor del progreso humano”. En los hechos reales, todo lo que hacen los capitalistas siempre es a su favor, aunque declaren lo contrario, porque es el papel que deben desempeñar si quieren seguir siendo los que mandan.
Nadie nos obliga a reproducir los esquemas mentales impuestos por la sociedad capitalista en que nos toca vivir. Como tampoco nadie nos obliga a buscar no reproducirlos. La decisión al respecto marca el destino de uno, de cada quien, pero siempre en un contexto y bajo directrices específicas.
Si no sabemos que esto se puede hacer, la ignorancia perdurará en nosotros. Si lo sabemos y no hacemos algo al respecto, tendremos ombligo pero madre no, porque este concepto tiene una connotación afectiva, como todos, que sin duda es social o humana.
Dicho de otro modo: nadie que no sea uno tomará consciencia de lo que es y hace, así como de lo que debe ser y hacer uno, pero se paga un precio por este atrevimiento. Lo otro es seguir dentro del cauce que llevan los acontecimientos intentando engañarnos con darnos baños de conocimiento, aunque repitamos en forma mucho más sofisticada las ideas impuestas por los capitalistas, sus universidades, sus pregoneros, sus ideólogos, sus mercenarios de cátedra y (llamados) marxistas, que buscan vacunar al que se deje “confundiéndolo” con su ejemplo.






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