Escrito por Rosario Ramos Álvarez

Estamos en la era del «skip«. Saltamos intros, pasamos por alto puentes y ponemos películas de fondo mientras nos perdemos en otro feed. Nuestro cerebro, que solía devorar novelas de 800 páginas y esperar años por un álbum, ahora pide estímulos constantes, como un niño que no puede esperar.

La culpa no es solo nuestra: TikTok nos ha reprogramado, nos condicionó como si de perritos pavlovianos se tratara. Ha convertido la cultura en un desfile de clips diseñados para mantenerte enganchado solo unos segundos, antes de que te lleven al siguiente.

Y en este proceso, hemos perdido tiempo y perdimos la paciencia, la atención. Nos hemos vuelto incapaces de disfrutar de lo que requiere tiempo. El arte ya no se despliega, se dispara. Y si no explota en 15 segundos, pasamos a lo siguiente.

Antes una canción podía tener una introducción larga, un solo que te llevaba de la mano, un clímax que se cocinaba lento. Hoy, todo empieza YA, porque si el primer coro no llega rápido, el oyente se fue.

Hay canciones que ni parecen canciones, solo pedazos: son clips diseñados para volverse trend, con partes explosivas o frases identificables justo en el minuto viralizable. No son composiciones, son piezas de marketing, que presumen ser arte.

Cada salida a la calle, ya no es eso: vivir una nueva experiencia. Antes, no necesitábamos filtros, ni cámaras, ni música para estar ahí, solo necesitábamos eso, estar. Ahora, la regla no escrita, es que si no hay un clip de a dónde fuiste con música viral y un filtro, simplemente eso no pasó, no cuenta. Cada instante se vuelve una producción cinematográfica con dirección, edición y escenografía.

Y hablando de cine, el cine tampoco se salvó. Películas que recortan sus silencios, diálogos simples como si temieran que el espectador abra TikTok en medio de la trama. Los monólogos son cortos, las tomas fugaces, y la narrativa está editada para que todo avance rápido y capte nuestra atención al máximo.

El arte en cine se presenta pulido, condensado y pensado para impactar sin perder ritmo. Escenas que parecen hechas para convertirse en edits, no para contar una historia. Incluso los tráilers ya son resúmenes con ritmo de TikTok: tres golpes visuales, un sonido dramático, un meme, el fin, cuando el arte, el que no busca aplausos instantáneos, es más como un tiro al aire: improvisado, a veces torpe, lleno de silencios incómodos, largos momentos sin acción y monólogos internos que nadie graba porque solo se pueden comprender, no ver.

Esto es clave para entender por qué TikTok nos da tanta ansiedad: estamos atrapados en una plataforma que convierte la vida en una versión hipereditada y superficial de lo que es en verdad. Queremos que todo sea rápido, llamativo y estéticamente perfecto, pero olvidamos que el arte, la vida y la experiencia humana son desordenadas, lentas y a veces aburridas.

Y eso está bien, esa es la realidad. TikTok no sólo nos enseña a filtrar la realidad, sino a filtrar nuestra propia identidad y autoestima. Ya no somos humanos, somos puramente marcas que necesitan de mostrar elementos (que combinen entre sí estéticamente, claro) con los que nos “identificamos”, en vez de mostrar simplemente quienes somos.

Al ver vidas editadas para parecer perfectas, empezamos a creer que la nuestra es insuficiente. Pero la verdad es que detrás de cada clip viral hay horas de edición, repetición, y producción. La vida auténtica no se parece a ese montaje perfecto, es más cruda, sin filtros, con ángulos feos y silencios largos que nadie quiere ver.

Así que, escuchar música larga o instrumental, disfrutar películas de tres horas, leer un libro de 600 páginas, puede ser un acto de resistencia. Un lujo para quien aún puede entregarse sin mirar el reloj. Y ese lujo, cada vez, es más raro.

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