
Somos una colonia. El colonialismo que padecemos nos unge al imperialismo en franca decadencia. La llamada cuarta transformación surge en medio de la decadencia del imperialismo ejemplificado por los gringos, que sólo mediante la prepotencia de las armas sostienen aún la batuta de tratar de sacar adelante al capitalismo.
Y eso, según el delincuente que hicieron presidente los propios gringos, sólo se consigue dejando en manos de las trasnacionales el destino de la humanidad, no sólo el de los gringos.
Los gringos son el país en la Tierra que cuenta con mayor número de bases militares en todos los continentes: 750 distribuidas en 80 países.
Lo mismo en países del Asia-Pacífico (basta red en la región, destacando las 120 en Japón y 73 en Corea del Sur, más las que hay en Guam y Filipinas), Europa (más de 195, destacando 123 en Alemania, 49 en Italia y 23 en Reino Unido), África (13 permanentes y 17 semipermanentes), Medio Oriente (al menos 19 permanentes y otras tantas semipermanentes en Baréin, Egipto, Irak, Kuwait, Israel, Jordania, Catar, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes).
En América Latina destacan las 12 en Panamá, 12 en Puerto Rico, 9 en Colombia, 8 en Perú, 3 en México y 3 en Honduras, aunque hay más en otros países (la de Guantánamo, en Cuba, quizá sea de las más conocidas).
Del número de efectivos (militares y mercenarios), edificios e infraestructura (activos situados en 4,800 lugares del mundo), los recursos usados para sostener su funcionamiento representan una parte importante del presupuesto de su gobierno, y una de las escasas industrias que crece sin cesar en ese país: la fabricación de armas de todo tipo.
El país más endeudado en el mundo, con una cada vez menor participación en la producción y el comercio mundial, con la principal moneda para el intercambio internacional sostenida sólo por las armas.
Construido además sobre el exterminio de la población indígena original (apaches, sioux, etcéteras), a la que se le quitaron los territorios que les pertenecían y repoblándolos con esclavos negros traídos de África. Amén de la escoria venida de los países europeos con que se colonizó (prostitutas, ladrones, asesinos, etcéteras), integran elementos esenciales de la formación de la economía sobre la que se edificó esa sociedad.
Si bien el tener efectivos militares, infraestructura, edificios y bases de operación constituye muestra del expansionismo que caracteriza al imperialismo (no se olvide que así lo hicieron potencias europeas en África, Asia, Oriente Medio y América, antes y a la parte del ascenso de los gringos a potencia económica y militar, aunque con una escala distinta), de igual modo representa una subjetividad anidada en los mismos gringos.
Por algo el idiotismo que los caracteriza puede llevar a matanzas realizadas en colegios por adolescentes que tienen un relativo fácil acceso a armas.
Como el capitalismo que se ha desarrollado en las llamadas “áreas de influencia” de las potencias imperialistas, es el caso del país en el que nos encontramos respecto a los gringos, aunque no se encuentran exentas de una dinámica interna propia en sus territorios, recursos habidos y que ambos (incluida su población) se conviertan en capital, el contexto de lo que se desarrolla en el resto del mundo impacta más en estas dinámicas internas, mientras más se dependa de una influencia de lo que pasa en las potencias imperialistas y sus mecanismos de colonialismo.
Conforme la producción y circulación de mercancías y luego de capital, ya sea en sus formas más tangibles como capital mercantil o industrial, o en sus formas de pura representación de capital (como ocurre con el capital ficticio), la expansión de los monopolios va haciéndose baluarte del imperialismo en las potencias capitalistas (Países Bajos, Reino Unido, Estados Unidos, etc.), lo que adquiere hoy en día dimensiones extraordinarias.
Monopolios que abarcan territorios bastos de diversos países para su funcionamiento inmediato (producción y comercio, insumos, créditos y financiamiento disponible), son llamados trasnacionales por lo mismo y tienen un alcance tanto o mayor que muchas naciones.
Esto ha generado la idea de que existe una clase capitalista dueña de ese tipo de consorcios que se ubica por encima y por fuera del llamado Estado-nación, y que en los hechos establece (más bien, impone) las condiciones de funcionamiento en muchos ámbitos de la economía capitalista en toda la Tierra.
Si en esta dinámica de acumulación de capital resulta cada vez menos factible regresarlo a las formas que le dieron origen (sea como capital constante o como capital variable), esto se traduce en la destrucción de su materialidad como realidad imponderable. Lo anterior, cobra mayor importancia en el presente.
En tanto que para los monopolios que dan vida al imperialismo garantizar la no interrupción de las condiciones para acumular resulta, de manera cada vez más permanente, una dificultad que no logra siempre sortear, les viene encima el dilema insoslayable entre si es mejor destruir capital en lugar de destruir las condiciones que dan origen a la existencia del capital, y del capitalismo como modo de producción que es.
Si el capital no puede acumularse, y con esto la reproducción del capitalismo como modo de producción queda a merced de los monopolios que funcionan en distintos territorios y países, estos preferirán destruir parte del capital en vez de que se destruya el mismo capitalismo.
Pero tal destrucción es imposible mantener de modo perenne, porque para desgracia del capitalismo hay una parte del capital (representada por los salarios) que tiene como base material la existencia humana: la mercancía fuerza de trabajo. Y ella, por lo mismo (o como si dijéramos, al tener voluntad propia o capacidad de conocer), llega a adquirir consciencia de tales circunstancias y actuar en consecuencia.
Tanto porque los territorios y recursos habidos en ellos son indispensable para que funcionen las distintas ramas de la economía capitalista (agrupadas en los sectores: productor de medios de producción y productor de medios de consumo), requieren ser integrados como capital a la acumulación para la reproducción social y económica. Si una realidad material no es integrada bajo estas formas su uso no será para estar a merced de la acumulación capitalista.
Esto pasa en el caso de los territorios y los recursos habidos en ellos que no están aún controlados, dominados, a merced de los capitales monopólicos. Pero también sucede en los casos en que ya es imposible integrarlos a la dinámica de acumulación capitalista, porque a medida que se da, consolida y desenvuelve el monopolio a la cabeza de la reproducción del capitalismo, su capacidad de absorber e integrar a su acumulación nuevo capital es cada vez, y de modo acelerado, menor.
Lo que parecía en lo político el mito de triunfalismo esgrimido por el imperialismo con la desaparición de los países socialistas en Eurasia, en lo económico generaba la sensación de expansión a territorios donde el capitalismo llegaría, intensificando los procesos de su reproducción. Pero el monopolio trasnacional ya era un hecho y su capacidad de acumular e incorporar nuevo capital iba deteriorándose de manera acelerada. No se trataba de una crisis, sino de la decadencia del imperialismo imposible de sostener su dinámica aunque ya no hubiera (según) socialismo en el mundo.
La decadencia del imperialismo que hoy se personifica en los alardes de prepotencia del delincuente Trump, sólo hacen más escándalo que sus predecesores.
Pero el expansionismo imperialista y su imposición por medios legales y no legales para robarse territorios y recursos habidos y por haber (como la biogénesis de granos y semillas), tiene no sólo un límite material en la Tierra, sino el económico y social, por cuanto que sin poder darle uso como capital a lo que se roba de poco sirve su apropiación. Quitárselo a los dueños originales para usarlo como capital es indispensable.
Si algo que se puede apropiar el capital monopolista no le es posible emplearlo para acumular, en la reproducción del ciclo del capital y, en esencia, como capital, puede despojar, robar, expoliar pero esto sólo representará en el menos peor de los casos destrucción de algo material (valor si es resultado de un trabajo previo), o de la misma vida en el peor de los casos, tal y como ya sucede con el calentamiento global, la contaminación y demás hechos del daño a la naturaleza que repercute en la reproducción de las especies vivas (incluida la humana) que pueblan la Tierra.
La destrucción de capital no es similar a la destrucción resultado del despojo de cosas materiales (tangibles e intangibles) que no pueden ser integradas para su uso como capital.
Destruir capital es aniquilar valor (trabajo) porque no puede ser reintegrado en la reproducción del ciclo del capital. El ejemplo más claro (por lo dramático) sucede con la parte de la población que por no ser posible su integración a la acumulación capitalista para ser explotada, sobra al capitalismo.
Es fuerza de trabajo en potencia resultado de valor precedente social y económicamente creado, tanto por el gasto de su manutención durante los años de vida individual (a través de su familia) como por el costo ejercido o devengado por la sociedad (a través de la educación, etcétera).
Aunque se trate de niños y, por ende, fuerza de trabajo no sólo potencial sino futura, esta destrucción adquiere la crueldad del absurdo porque deja en la indefensión total a población que por lo mismo a nadie interesa. Si sobra, no interesa y nadie la defenderá.
No es que de por sí sobre para la sociedad pues son parte de ésta, pero en la sociedad capitalista lo que no es útil para la acumulación de capital, y en el caso de la fuerza de trabajo sólo es útil si es explotada por algún capitalista, económica y socialmente es inútil ejercer algún gasto del valor creado para cuidarla, protegerla o defenderla. Es un gasto inútil (improductivo, dirían los tecnócratas).
Dejada a la buena de dios (como se suele decir) esta población puede buscar vivir de lo que producen quienes sí son integrados al capitalismo para su explotación, o buscar formas de vida que sin ser o estar contrapuestas al capitalismo, no están integradas a éste o su subordinación es formal y no real.
Las economías precarias (perdonen la expresión chusca) surgidas de esta clase de formas de vida de la población que sobra, sin embargo, son funcionales al capitalismo, porque su existencia sirve de presión en la lucha de clases para bajar salarios reales de los trabajadores explotados, con el argumento de que cualquier otro (incluso uno que puede percibir menos salario real que el pagado) está formado o puede sustituir con relativa facilidad a quien proteste.
Con la escasa o muy baja consciencia de los trabajadores y en general con la estupidización impuesta en las últimas décadas por el imperialismo, la importancia de espantar con el petate del muerto a la organización sindical, en la lucha de clases entre capitalistas y obreros, cobra más peso en la ideología empleada para imponer la sumisión, incluso con el falso argumento del emprendurismo como salida para quien no quiere ser muerto de hambre.
La tendencia del capitalismo es a concentrar y centralizar la producción y el capital, es decir, a imponer el monopolio como forma de empresa y funcionamiento de las llamadas unidades económicas.
Los capitales no monopólicos perviven por razón de suministro de servicios y bienes de diferente tipo, por razones de compensación de costos en los procesos y muchas veces como una manera para hacer funcional cadenas de comercio, de valor y operativas (por la técnica y tecnología de que se trate) que sirven de mecanismo para buscar contrarrestar la tendencia a la baja de la cuota de ganancia.
Se vive un momento en el mundo donde el capitalismo cada vez más monopolizado agotó la posibilidad a su favor surgida con la traición al socialismo hecha en países de Eurasia.
Al ser cada vez menor el margen de maniobra de los monopolios para reproducir su capital, la tensión en que desenvuelven (social y económica, pero también política) busca maneras en que, pese a la destrucción de parte del capital, el modo de producción capitalista continúe.
Que lo anterior represente guerras de exterminio, conflictos a mantener en forma permanente sin que tengan solución viable, dejar a la deriva a millones de personas que buscan migrar a territorios donde hallar alguna forma de vida o administrar este flujo con acciones legales, militares e ilegales, es lo que aplica el capitalismo como parte de sus mecanismos para controlar y dominar.
Si nuestro destino está trazado por los intereses que esgrimen el imperialismo y los monopolios mediante los cuales establece el colonialismo en donde sea que lo necesite, aunque sea que busquemos un mejor lugar dentro de éste el resultado no variará en lo sustancial, porque los mecanismos y medios para sacar adelante la reproducción capitalista son cada vez menos.
La llamada cuarta transformación no surgió como un movimiento de lucha por la liberación nacional, el antiimperialismo y, por lo mismo, no reivindica la solidaridad con los pueblos que luchan (que los hay sin duda) por su independencia y en defensa de su soberanía. El nacionalismo que ha reivindicado es funcional a la propia estrategia con que el imperialismo mantiene el colonialismo en territorios como los que habitamos.
La concentración y centralización del capital que decanta en empresas monopólicas hacen de la dominación del imperialismo sobre nuestros territorios un cúmulo de mecanismos, instrumentos, medios y hasta imágenes de legitimación, para extraer valor en las formas de capital y ganancias con los cuales, según sea el caso, se facilita, apuntala, mejora, expande e intensifica la reproducción de sus capitales.
El nacionalismo rancheril que hoy impera en el gobierno encabezado por la presidente Claudia Sheinbaum intenta acomodarse lo mejor posible en esa vorágine de dominación imperialista, con que los monopolios que controlan la economía del país llamado México mantienen lazos estrechos con la acumulación capitalista, en particular con el colonialismo que busca seguir encabezando el gobierno gringo.
Por lo mismo, la llamada cuarta transformación no representa siquiera una preocupación para el imperialismo. Desde que estuvo AMLO al frente del gobierno, la llamada 4T si bien tomó algunas medidas para proteger recursos como los energéticos, a fin de garantizar cierta base material para la soberanía del país, esto no parece que se vaya a profundizar con el Plan México, que en resumen representa la aceptación del colonialismo existente, para buscar acomodarse lo mejor posible en la extracción de capital y ganancias por los monopolios.
Siendo un reaccionario intelectualizado de la pequeña burguesía, AMLO al menos intentaba hallar alguna explicación que animara a la gente confiar en lo que hacía. La beneficiaria de esto es la actual presidente de México y los lúmpenes que la acompañan en el gobierno, quienes más reaccionarios unos que otros no tienen empacho en mostrar su subordinación al colonialismo en que nos ha metido el imperialismo, para nomás tratar de ser funcional a éste.
Si nuestro destino está definido por lo que dicta el imperialismo, según el llamado modelo de acumulación que siga éste (lo cual, hasta parece una mera formalidad de teóricos rascatripas de las escrituras sagradas del marxismo, hoy tenidos como referentes intelectuales de la llamada izquierda), estamos jodidos en todos los sentidos que implique eso.
Como pueblos, como personas, como integrantes de una especie biológica que tiene una forma específica de organización llamada sociedad (única e irrepetible, al menos hasta donde se conoce a las especies vivas), si se acepta que lo que hagamos esté sujeto a lo que designa el imperialismo y los monopolios que son su baluarte, no sólo repetiremos tonterías como las que dice la presidente de la república Claudia Sheinbaum respecto de las movilizaciones de los maestros (que afectan a los habitantes de la ciudad de México, sic).
Porque para decirlas ni se necesitan posgrados, cargos de representación o ser parte del tiempo de las mujeres. Sólo ser un reaccionario (o reaccionaria, porque lo que no se nombra no existe), una persona sin dignidad que acepta lo que el imperialismo nos impone, aunque nos hayan metido en chirona por ser guerrilleros un día y hoy decir la tontería que sea nomás por sentirnos gobierno, dirigente social, intelectual, doctor en ciencias y así. Una mediocridad con patas que solo mira su ombligo como horizonte de lo humano.






Deja un comentario