Foto tomada de: www.pasajero7.com
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Por Mayaz

Todos los días observo a la gente a mi alrededor. Pienso que algunos trabajan, otros estudian, y otros buscan la manera de sobrevivir. En mi cabeza pasan distintas ideas. Imagino lo que les pasa por su mente, en sus vidas, en lo cotidiano.

Siempre me he preguntado qué sucedería si en esos momentos pudiera decirles: la plusvalía es el trabajo no pagado al trabajador. Pues, seguramente me tomarían por entrometida y desquiciada. Los treinta minutos que transcurren desde la estación del transporte hasta la terminal. Me permiten recapacitar y no cometer semejante dislate.

Enfrente de mí está un joven, muchacho no mayor a los veinte años, aunque con las jodas que se ve se lleva a diario podría ser incluso menor de los quince años. No lo sé, pero lleva una mochila que se nota está pesada y una pala en su mano derecha. Lo puedo mirar con cierto descaro, pues él duerme.

Al pueblo mexicano trabajador se le puede observar dormido en los camiones, en las combis de transporte público. Van tan cansados que deben aprovechar el asiento en el que son transportados a sus chambas. Eso me deja como quien mira e imagina una historia.

El cuento de un joven que se levanta, aún es de noche, pero ya es de día. Se viste, lava su cara, habla un poco con su madre. Ella le entrega unos “topers”, su bote de crema “Lala” ya deslavado en el que hay molito con un poco de pollo; también le da otro bote con características similares al anterior, pero este tiene frijoles, machacados y muy refritos.

Al recibirlos piensa que comprará un medio kilo de tortillas para comer, al menos eso estará caliente. En mi imaginación es un albañil que todos los días sale corriendo de su casa para abordar un camión. Antes, se ha despedido de su “má”, jalado la mochila bromosa y pesada que veo entre sus pantorrillas.

El camión se detiene y abordan otros pasajeros. Se ven muy jóvenes, también traen mochilas, pero son escolares. Me pregunto si también llevarán comida para el almuerzo o comprarán en la tienda escolar. Volteo a ver al joven albañil que se mueve, jala la mochila y su pala. Los nuevos pasajeros lo han despertado. Él revisa la estación en la que vamos, aún no le toca bajar vuelve a acomodarse en el asiento.

El camino a la extracción de la ganancia continúa. Bueno ganancia como lo que se ve, en el fondo la plusvalía. Ese joven trabajará doce o catorce horas, ¿cuántas serán para su salario?, ¿cuántas para reponer los materiales de construcción y las herramientas?, finalmente ¿cuántas se le quedan al patrón?

A él le pagan trescientos pesos al día. Él sabe que la constructora no lo inscribe en la nómina por ser menor de edad. También que no le dan ninguna prestación, así que más le vale no accidentarse o meterse en algún problema. Lo que no sabe es la buena ‘mochada’ que su ‘maistro’ recibe por él y los otros chavos que laboran en la misma obra.

La ganancia que se lleva el constructor es muy por encima de la que ganó en el concurso de obra pública. O lo que le asignaron al menos. Ganancias bien habidas aprobadas por este Gobierno guinda. El joven de nuestra historia no puede votar, le interesa nada la participación política, pero vive en carne propia las consecuencias de los resultados electorales.

Legal o ilegal, corrupción permitida o desconocida pero muy presente y vivida por cientos de miles de trabajadores a lo largo del país. Atrapados en los intersticios del sistema y entre las lagunas de la Ley Federal del Trabajo. Resulta legal pagar un salario mínimo y aceptable que haya explotación. Los trabajadores generan su paga, reponen el costo de los materiales con los que laboran y hacen un producto nuevo del que se apropia el dueño.

Ese joven que quedo perdido en el más de un millón[1] que no ingresa al bachillerato. Un millón de un país de 38.3 millones de jóvenes[2], de una población de 123 millones. ¡Cómo se va haciendo chiquito el mundo! Juanito lo llama la señora que acaba de abordar. Le pregunta por su mamá y por su trabajo. Él contesta: “Mi madre bien, aunque ya sabe la edad, eso de ser el pilón y haber llegado a una edad avanzada de ella”.

Acompaña su explicación con movimientos de sus manos, con gestos de aceptación ante un hecho donde no se puede hacer algo. El clásico “ya ni modos” mexicano. Y con esa expresión continúa hablando de su trabajo: “está dura la chamba, hay que cargar un buen, luego se enojan conmigo dicen que estoy chamaco y que no aguanto, pero es un resto lo que me ponen a hacer”.

La plática sigue, aunque ya no la distingo. Resulta que el mencionado si trabaja de albañil. Llama mi atención el otro extremo del autobús. Hay unos jóvenes que se ve van a la escuela. La comparación es imposible de detener. Un mirón profesional no puede impedirlo. La tez morena ceniza, con poco brillo; los ojos cansados y adormilados del joven Juan. Contrastan con la piel, aunque igual cobriza está rebosante de color, unos ojos alegres que no se alejan de las pantallas de sus celulares.

La atención regresa al alarife este se despide: “Cuídese Doña Paca a ver ‘si le da una vuelta’ a mi ama un día de estos”. Agarra con fuerza su mochila, sale del micro y avanza hacia la esquina, que apenas se vislumbra en la negritud de las 5:30 de la mañana en este lunes, de cualquier mes, de cualquier año después de la pandemia.

Los jóvenes estudiantes siguen ‘clavados’ en las pantallas de sus celulares. No se percatan de mi ojo visor sobre ellos, menos aun de la despedida que acaba de acontecer.

Siguen pasando las estaciones, bajan y suben diferentes pasajeros. El final ha llegado. Desciendo del autobús. Mañana será otro día.

[1]SEP, PRINCIPALES CIFRAS DEL SISTEMA NACIONAL EDUCATIVO, Documento elaborado por la Dirección General de Planeación, Programación y Estadística Educativa, https://www.planeacion.sep.gob.mx/Doc/estadistica_e_indicadores/principales_cifras/principales_cifras_2022_2023_bolsillo.pdf. (consulta 12/012024)

[2]Gobierno de México, La juventud mexicana en cifras, https://www.gob.mx/bienestar/articulos/la-juventud-mexicana-en-cifras. (consulta 12/01/2024).

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