Por Israel
En teoría, las dos vías para que el capitalismo se introduzca en la agricultura son nombradas como reaccionaria (junker) y revolucionaria (farmer), de acuerdo con la fundación de las relaciones sociales de producción en que se basa la explotación de la fuerza de trabajo. En los hechos, el régimen de propiedad que adquiera el capitalismo en cuestión puede ser hasta híbrido pues ambas vías se fundan en la propiedad privada.
No ocurre igual con la escala de la producción resultante en la agricultura, ya que depende de la tecnificación alcanzada (la capacidad de las fuerzas productivas aplicadas) y el tipo de explotación de la fuerza de trabajo que sirva de base a la producción agrícola. Hay circunstancias infranqueables sin embargo sobre las que puede incidir la tecnificación (calidad de tierras, climas propicios para ciertos cultivos, remineralización y fertilización de suelos, mejora en alimentos del ganado, etcéteras), pero no puede sustituir lo ya existente.
En teoría además, mientras se introduzcan más relaciones capitalistas en la agricultura la producción alcanza niveles más altos en su tecnificación como en la cantidad de mercancías producidas. A una escala mayor sin duda ocurre la colectivización que homogeniza el trabajo y sus productos, lo cual abarata ambos e intensifica los procesos productivos y no sólo los extiende. El monopolio, anhelado por los capitalistas, casi se logró en la agroindustria al controlar la mayor parte de la cadena de elaboración de ciertas mercancías.
Es a esta idea que responde la entrada de capital trasnacional (monopólico) en territorios donde hay fuerza de trabajo disponible para explotar y materias primas que con cierta facilidad se pueden allegar para servir de insumos. Desde que la exportación de mercancías y sobre todo capitales surge en lo que hasta antes de consolidarse el capitalismo como modo de producción se denominaban metrópolis (en Europa, sobre todo), se habla de mercado mundial con precisión, y del mundo a nivel planetario creado por éste.
Los desarrollos tecnológicos en las últimas décadas del siglo 20 facilitaron la expansión del capitalismo ante su crisis permanente que arrastraba. Al desaparecer en varios países el socialismo y la inclusión al mundo capitalista de naciones independientes en África, se posibilitó ampliar mercados para mercancías y capital. El colonialismo también se modificó porque la dominación económica empleó al capital ficticio para ser asequible las fuentes de materias primas, mercados, fuerza de trabajo, a la voracidad de los monopolios.
El capital ficticio se modificó con las nuevas tecnologías desarrolladas al proporcionarle la base técnica para cambiar las formas de operación, permitiendo fungir de manera más fluida, diversificando tanto los instrumentos (representaciones del capital) como los tiempos para especular, al unísono que ampliaron las ramas de la economía incluidas en sus operaciones. Digitalizar operaciones, mejorar formas de crédito y compra, flexibilizar medios para financiar inversiones, ampliaron la acción de ese capital (y las funciones del dinero).
Este despliegue también sirvió de respuesta a la caída de la cuota de ganancia para obtener mayores niveles de rentabilidad con la especulación. De tal manera que el crecimiento de ésta y del capital ficticio con un mayor papel en la reproducción capitalista, generó el fenómeno financiero de la concentración y centralización de capital y dinero en poseedores (anónimos) de capital ficticio, desplazando a inversionistas directos a través de financiamiento que no requerían por fuerza de una acumulación previa para hacerse (y ser) capitalista.
Pero como toda producción se ubica en un territorio, el monopolio vía la exportación del capital y mercancías aterriza en algún lugar. La economía no deja de ser un hecho terrenal y la capitalista debe materializar su esencia (explotación de la fuerza de trabajo) en hechos a ojos vistas: ganancias estratosféricas, deterioro de niveles de vida, falta de acceso a servicios públicos, privatización de toda la vida humana, saqueo, despojo y monopolio de recursos en distintas zonas, idiotismo generalizado, etcéteras, etcéteras, etcéteras.
La entrada del capital en la agricultura no va por fuerza de la mano con la extensión de la tierra, aunque sí con el grado alcanzado por la relación de explotación de la fuerza de trabajo como base de la producción. Puesto que no todos los productos del campo son factibles de mecanización o tecnificación de su elaboración, la introducción del capitalismo no se da en el total de la agricultura ni de una manera pareja.
Lo más tecnificado en la actualidad son cultivos de ciertos granos, frutos y la ganadería de distinto tipo (vacuno, porcino, avícola). Pero como tendencia la expansión del capital industrial alcanza la rama de producción agrícola y ganadera, masificando y colectivizando los procesos productivos, sin poder prescindir de la fuerza de trabajo por las condiciones técnicas en que se produce, así como sin tener por condición la separación total de los trabajadores respecto de las condiciones de producción.
Tales tecnificaciones si bien han aumentado la composición orgánica del capital invertido en los procesos productivos involucrados, han ido de la mano con el desarrollo de productos de consumo final procesados, que abaratan mercancías integrantes del consumo básico de la población (sobre todo de los trabajadores), con la consecuente desvalorización de la fuerza de trabajo. La estandarización inherente a esta colectivización que facilita la tecnificación de la producción agrícola, crea la clase obrera agrícola y la desvincula de la producción campesina.
El hecho de que un producto agrícola pueda ser tecnificado en el proceso de su elaboración no sólo guarda relación estrecha con la tasa de ganancia a obtener, sino con la renta de la tierra que es base indispensable para la conversión de la agricultura en producción capitalista. Dicha renta como parte de la ganancia al ser de una magnitud que no estorbe a la capitalización de la inversión (reponer lo invertido y obtener una tasa de ganancia equiparable a la tasa media respectiva), puede no implicar el cambio de la propiedad de la tierra.
La modificación del artículo 27 constitucional en 1992 por el régimen capitalista en México para dar entrada a la conversión de la propiedad social de la tierra (ejido y comunitaria), en privada, vislumbraba el sueño antes dicho: facilitar la renta de la tierra existente para la inversión capitalista. Para lo anterior se requería capital. Como la burguesía en México siempre ha sido parasitaria, el sueño Salinista se convirtió en guajiro. Se requirió que la tecnificación agrícola alcanzara cierto nivel para ser atractivo al capital extranjero, además de los bajos salarios.
Faltaba la facilidad de la regulación para allegarse recursos usados por la tecnificación. El acceso con relativa facilidad al agua por parte de los capitalistas (como en casos de Granjas Carroll México, GCM, o Driscoll’s, en la cuenca Libre-Oriental entre Puebla y Veracruz) era parte de las condiciones para continuar introduciendo el capitalismo en la agricultura en el país. Las concesiones y facilidades para uso de agua en la agroindustria, entre otras medidas tomadas, ha facilitado la exportación a México de capital trasnacional para el campo.
Lo anterior genera un discurso o narrativa, una simbología y los gobiernos respectivos que sean sumisos a las necesidades de esta exportación de capital y mercancías con que suelen venir los monopolios que controlan el mercado mundial capitalista, a enseñorearse en territorios como los que en conjunto integran México. Si promover el llamado capital nacional era propio de gobiernos del Pri, en el llamado neoliberalismo (continuado con rostro humano por el gobierno de nuestro presidente) es el capital extranjero el hijo pródigo esperado.
La disputa por los mercados (nacional y mundial) sólo está en el horizonte de unas cuantas empresas en México cuyo capital se considera autóctono (aunque el capital no tenga patria ni nación), quienes pueden disputar estas facilidades dadas al capitalismo para introducirse en el campo mexicano (y en cualquier sector que le convenga, sería más propio decir). Se puede decir más: que estos capitales autóctonos de México (sic) también se exportan a otras tierras sin que por ello México sea una potencia imperialista.
La dificultad que ha tenido en México la entrada de grandes capitalistas a las actividades agrícolas y mineras, se debe en gran medida a la existencia todavía muy fuerte de la propiedad social de la tierra, derivada de la revolución social iniciada en 1910. Pese al desmantelamiento que ha tenido durante décadas la pequeña producción no capitalista basada en ejidos y comunidades, al irla descapitalizando para expulsar su fuerza de trabajo a otros lugares, en busca del capitalista que los pueda explotar, pervive su régimen de propiedad.
Si las grandes propiedades de medios para producción que podían servir en actividades capitalistas en el siglo 19 las concentraba la Iglesia en forma ociosa (manos muertas se les decían, por sólo servir para la obtención de una renta, que impedía la capitalización de cualquier inversión), el ejido y la propiedad comunitaria de la tierra representan el obstáculo actual para la introducción del capitalismo en la agricultura.
Aunque no siempre es así, pues sin cambiar el régimen de propiedad pueden emplearse de manera capitalista como sucede con los ranchos de Driscoll’s. O lo que se llamaba economías de enclave, que sin transformar el entorno por dedicarse sólo a la agroexportación no estaban dedicadas al mercado interno, por lo que la transferencia de valor en los hechos servía para engrosar los capitales invertidos desde las metrópolis, amén del financiamiento provocado para expandir el mercado mundial capitalista.
Para efectos de preservación de los recursos habidos en el planeta la comunidad y su posesión por ésta de los mismos, es la manera común de garantizar un uso que no implique destruirlos o un consumo sin cortapisas. Esto es así frente al capitalismo, no porque sean anticapitalistas en su origen, sino porque al no buscar sólo lucro o ganancia (aunque puedan obtener renta mediante arrendar sus terrenos o concederlos para usufructo a través del pago respectivo), se avienen a conservarlos para tener una fuente de manutención propia.
En sentido estricto, y a riesgo de que los prejuicios de los economistas burgueses y pequeñoburgueses (como los llamara el trasnochado Vladimir) se escandalicen por ello, la existencia de la propiedad social de la tierra en el México actual es un obstáculo para la entrada del capital trasnacional (monopólico) a la agricultura, la minería o cualquier otra inversión del gran capital relacionada con el campo, por el carácter depredador inherente a todo negocio capitalista.
Y obstaculiza porque al carecer de un proceso de acumulación originaria previo, introducir al gran capital para convertir los recursos habidos en los territorios (mano de obra de pobladores, biodiversidad, fertilidad de suelos, climas propicios, minerales, etcéteras) en instrumentos mediante los cuales se realizará la acumulación capitalista, la oposición inherente al saqueo, despojo, privatizaciones o cualquier medida legal o ilegal, adquirirá formas más violentas, polarizadas y con menores mediaciones de otro tipo (políticas, etcéteras).
No se trata de una oposición pensada a un capital específico mucho menos al capitalismo en cuanto modo de producción, lo que anima la oposición de los campesinos y la población afectada por GCM. Se trata si acaso del acto de sobrevivencia por garantizar que los recursos empleados para su economía (tierra, agua, biodiversidad, etcéteras), al ser de propiedad social, persistan para que puedan seguir existiendo la propiedad social como base de la familia, la comunidad y el territorio.
El sentimentalismo que puede estar asociado a ver destruida la comunidad por el negocio de los capitalistas es más superficial que la verdad hecha cambio climático: el desarrollo del capitalismo en el planeta implica acabar con los recursos existentes y, como corolario, la fuente de toda forma de vida (la vida misma) que incluye la vida humana desde luego.Pese a haber quien diga que la naturaleza no está completamente sometida al capital, la realidad es que al tener la naturaleza un límite, se agota y no puede recrearse, por tanto, se acabará.
Toda apropiación de recursos habidos en la Tierra por el ser humano para vivir en sociedad que es la manera específica de su organización y ser, conlleva modificar su existencia (tanto de los recursos como del ser humano mismo). Para que el humano sea una especie sólo posible en sociedad requiere del planeta y sus recursos. De hecho, sin estos, es imposible la existencia del humano, de su sociedad y su ser gregario, porque surge de la misma biología (o vida) habida en la Tierra. Sólo por un acto de abstracción se separan.
No somos la historia del capitalismo, como no somos la historia de los renegados del socialismo. Somos lo que hemos decidido ser y hacer en el tiempo que respiramos considerando lo que mamamos desde antes de nacer, su permanencia o no en lo que somos al tomar consciencia de ello, y lo que aspiramos ser sin sumarnos a la decadencia que permea todo y a todos en cualquier parte.
En vez de La insoportable levedad del ser (Kundera) cargada del yoísmo (por no decir individualismo) ante la homogenización del llamado experimento socialista (sic), la inevitable levedad del ser que nos ofrece el capitalismo al homogenizar con su individualismo la riqueza humana, nos hace insensibles a cuanto nos rodea, o cuando más nos hacer tener un espíritu sensiblero que se espanta del muerto, pero se abraza a la mortaja. Y nos impide mirar que el enemigo tiene nombre y apellido por el carácter de clase que toma en su actuar social.
Que las comunidades basadas en la propiedad social de la tierra tengan el papel de oponerse a la entrada del gran capital en el campo en México, es similar a cuando el burro tocó la flauta, que no lo hizo porque supiera música. Lo que sólo es no deviene consciencia del ser, sino un mero acto reflejo, una reacción si acaso intuitiva, pero sin guía para la acción. De esto adolece hoy la lucha contra la GCM (y en general la lucha de los muertos de hambre), que sólo atinan a dar palos de ciego cuando quieren jugar un papel, careciendo de las guías para ello.
Y aunque lo anterior no es demérito de lo que es, sino sólo caracterizar lo que debiera ser evidente pero no está a ojos vista, por la coyuntura indicada, por la correlación de fuerzas habidas en territorios que conforman México, pero sobre todo por la ausencia de consciencia para sí, las oposiciones a la entrada del gran capital en el campo mexicano juegan el papel de entorpecer la acumulación de capital, incluso sin darse cuenta de ello y muchas veces sin la solidaridad o una lucha conjunta con los trabajadores contratados por los capitalistas.





Deja un comentario