
Por Israel
Si bien todo parece indicar que en octubre del presente año se tendrá una continuación de un gobierno de la llamada por nuestro presidente Cuarta Transformación (4T), también la oligarquía ha amenazado con abortarlo buscar anular tal resultado según por interferencias electorales de parte del gobierno. Esta guerra declarada por la oligarquía fue manifiesta desde el inicio del gobierno de nuestro presidente, con muchos frentes de batalla a medida que los negocios tenidos al amparo del gobierno se fueron cancelando. Eso es cierto.
A lo largo del periodo 2018-2024 nuestro presidente fue demostrando que la oligarquía no tenía por qué temer, puesto que sus negocios no serían tocados salvo aquellos ligados con tráfico de influencias, coyotaje y demás formas de enriquecimiento al amparo del gobierno. Acabar la corrupción empleando como símil el barrido de las escaleras de una casa fue la manera empleada para ilustrarlo. Esto surtió efecto en lo que hace al gobierno federal, mas no así en el caso de los estados y municipios gobernados por prianistas que siguieron igual que antes.
En 2018 además de la efervescencia de descontento expresada en las elecciones, existía una efervescencia de los indignos dedicados a negocios no legalizados (tráfico de personas y sus órganos, drogas, armas) y que controlaban territorios en México en los que mandaban qué no y qué sí se hacía. Al igual, existía efervescencia de comunidades, pueblos y sus organizaciones que venía luchando desde mucho tiempo atrás por libertad y justicia en los territorios que habitaban, muchas veces controlados por los negocios de los indignos.
Los indignos son todos aquellos que, sin importar lo que fuera, se dedican a negocios no legalizados con el único propósito de refrendar el espíritu de mercachifle propio del capitalismo nuestro. Pueden vender hasta a su madre, destazar a su familia y luego venderla en tacos, o lo que sea que deban hacer para (¡gran propósito humano!) hacerse ricos. Este espíritu pinchurriento no obstante es innato al capitalismo, porque el consumo de drogas pujante entre los gringos alimenta este negocio en todas sus etapas, aunque no estén legalizadas.
Por eso hasta parece natural el cinismo que hay en quienes se dedican o forman parte del beneficio de los negocios ligados a droga, tráfico de personas, armas. No son los únicos negocios a que pueden dedicarse tales personajes, pues la especulación financiera, el agiotismo parásito de los bancos, lavar dinero de negocios no legalizados, y otros más, siguen el mismo derrotero.
De hecho nada ético o moral puede desprenderse del capitalismo, ni de sus personajes: empresarios, hombres de negocios, mercachifles, comerciantes, o cualquiera que sea la personificación con que se quiera denominar a quienes de una u otra forma obtienen alguna clase de lucro de existir el capitalismo. La mirada ingenua o idílica que buscó encontrar una moral burguesa en quienes personificaron el espíritu de una época (algunos la llaman moderna) del pujante capitalismo, ha quedado rebasada con tanta evidencia en contra.
Se pensaba un progreso sin tapujos (en el siglo 18, pero sobre todo en el 19) que unas cuantas décadas dio de sí con la aparición de las crisis y la consiguiente justificación para hallarle salidas. Los límites reales a la reproducción capitalista no se agotaron de inmediato, por lo que siempre se le había encontrado hasta en la guerra una manera de destrabar lo que fuera que interrumpiera su mecanismo para continuar: exceso de mercancías o capital, exceso de dinero, falta de crédito, escasez de materias primas, mercados insuficientes, etcétera.
Todavía en el siglo 20 se supuso alguna dignidad en personajes del saqueo capitalista, desde monárquicos gorilas representantes de un viejo régimen, presidentes y jefes de Estado que esgrimían la libertad contra el fascismo aunque tuvieran colonias donde repetían las mismas prácticas que condenaban, magnates y empresarios con boyantes negocios en petróleo, automóviles, transporte marítimo y terrestre, bancos y casas de bolsa, ejemplos de triunfo que financiaban tráfico de armas, guerra, invasiones, golpes de estado.
La llamada moral pública, esa que se ventila a partir de las cloacas pestilentes o las oficinas de relumbrón según el capitalismo más o menos pinchurriento del que se trate, recogidas por personajes que la ordenan para darle forma y difundirla: los padres de familia, el cura, el maestro, las autoridades, los policías, los medios de comunicación, y demás, edificó los mitos de la época en cuestión. En el siglo 21 estos conllevan nihilismo e individualismo exacerbado a partir de mercantilizar cualquier forma o expresión de vida.
En 2018 la efervescencia de los indignos recibió al nuevo gobierno y siguió en buena medida dominando territorios de hecho 6 años después, no tanto porque la estrategia de quitarles la base social emprendida por el gobierno de nuestro presidente haya fallado, sino porque supieron rehacer sus alianzas con los negocios a los que estaban unidos dentro del país (con el ejército o una parte de éste, con autoridades locales de todo tipo, empleando empresas fantasma, etcétera) y allende sus fronteras.
En los hechos, en no pocas ocasiones tales negocios de los indignos sirven de punta de lanza cuando se trata de algún interés superior a su alcance, que busca apropiarse de cierto recurso habido en territorios del país y para el cual requieren que otros hagan el trabajo sucio. La pugna por el agua, la biodiversidad, los minerales, la producción de granos, ganado, alcanza nociones de ciencia ficción cuando se trata de experimentos de geoingeniería en escala de territoriospara impactar el clima con diversos propósitos de negocios.
Si no es indigno comerciar con la pobreza de la gente, sus necesidades y hasta con modificar el clima sin importar apurar la destrucción de toda forma de vida como se conoce hoy, de qué otra manera se puede nombrar.
Cuando se mira lo humano del ser humano y se le despoja de las diversas capas que constituyen su ser, al último nomás queda la dignidad como sostén, como base de última instancia para permanecer con erguido. La persona que pierde esto puede ser llamada humana por carecerse de otro nombre, aunque lo que hace no sea propio de ser humano.
El capitalismo engendra indignidad, masifica la indignidad entre la gente a todos los niveles. Bajo ningún concepto es digno o propio del ser humano hacer negocios en el capitalismo porque su base es la apropiación (robo) del trabajo de otros. Y esto no sólo atañe a una razón moral o ética, sino a una cuestión práctica mediante la cual se pierde, se va perdiendo toda dignidad a medida que el negocio que sea se reproduce. Ningún negocio está basado en el respeto al otro cuando se le roba el producto de su trabajo para enriquecernos.
Dicho en otras palabras, la condición humana del ser humano se va perdiendo a medida que un negocio capitalista aumenta su escala, porque las personas involucradas deben fungir con la figura que tienen sin importar sentimientos, valores o lo que sea que hace al humano ser lo que es. Por eso los gringos dicen tener intereses y no amigos, cuando de invadir, financiar golpes de estado, promover guerras, saquear recursos, apropiarse de territorios se trata. No existe amistad aquí que valga más que los intereses imperialistas perseguidos.
Llegado a un punto determinado el trato entre el patrón y sus trabajadores debe dejar paso a la lucha encarnizada entre aquél por acrecentar su ganancia, y el segundo por no dejarse explotar más. Como la naturaleza no puede protestar o hacer un levantamiento armado, el indiscriminado uso que se hace de ésta acorta todavía más el margen de maniobra habido para sortear la crisis capitalista, porque sólo se cuenta con los recursos de la Tierra para producir y que la especie humana pueda vivir.
Si hace un siglo lo anterior no parecía palmario (según), hoy es innegable. Y también que la población viva por generaciones excluida del capitalismo,se debe a que sobra para éste imposibilitado como está para absorber una masa cada vez mayor de gente que sólo cuenta con su capacidad para trabajar como único medio de manutención. Muchas veces sucede que son dueños de un pedazo de tierra, pero le resulta más caro la cosecha que la siembra de algún producto, como no sea si acaso para consumo familiar.
De alguna manera el capitalismo y los personajes que le dan vida deben crear las referencias para nombrar estas realidades, pues es brutal que exista población sobrante. Si había gente que por periodos entraba y salía del capitalismo en una cantidad fluctuante (relativa), hoy este mecanismo para regular la presión entre oferta y demanda de trabajos, y así incidir en salarios de distintas ramas de la economía, ante el gigantesco crecimiento de la composición orgánica del capital su aplicación de manera práctica se ha reducido a casi cero.
Esto nutre el negocio de los indignos que agarran niños y jóvenes sobre todo para engrosar sus filas. Pero es porque de por sí ellos van a sobrar cuando tengan edad para formar parte de las filas de personas buscando un trabajo con el sueño guajiro de ingresar así al capitalismo. Por eso los apoyos sociales del gobierno de la 4T aunque puedan incidir en algo en la base social de los negocios no legalizados, se queda corto en sus pretensiones. La única vía de solución a esto es acabar con lo que hace sobrante a mucha gente: el capitalismo.
Para alcanzar lo último es por lo que luchan con dignidad comunidades, pueblos y sus organizaciones de todo tipo. Enarbolando demandas inmediatas y de momento atemperantes de alguna situación apremiante, si buscan como fin último ir a la raíz, a la causa última de las circunstancias en que se encuentran, no perderán camino.
Por eso es molesto (cuando menos) que en este camino aparezcan alcahuetes de la traición justificando tiznaderas hechas, incluso buscando mártires que levanten la indignación entre la gente (esto nos recuerda el método de algunos que en la universidad, cuando amainaba la lucha por autonomía y mayor presupuesto, buscaban generar provocación para que hubiera represión, un muertito, según esto para así volver a levantar el ánimo entre los universitarios).
En 2018 la efervescencia de los dignos en parte fue canalizada a través de las elecciones para elegir a nuestro presidente. En parte la expectativa generó calma, en parte confusión al recibir una cuenta del bienestar con su pago de por medio. En parte la desmovilización que acompañó lo anterior apaciguó la lucha esperando (ahora sí) justicia y libertad en cierta medida. En parte se sigue esperando que a partir de 2024 se cumpla lo no cumplido antes. En parte es comodidad de la gente que se conformó con su apoyo periódico de bienestar.
Aunque es cada vez más inocultable la limitación y el poco caso que acerca de la libertad y justicia como demandas indispensables para los muertos de hambre tuvieron de parte de la 4T, la continuación de ésta quizá sea en medio de expresiones más broncas. No sólo de los indignos dedicados a negocios no legalizados (si es que les falta reorganizarse en el territorio con autoridades, ejército y demás actores), sino de comunidades, pueblos y sus organizaciones que por dignidad no pueden quitar el dedo del renglón.
Los asuntos no son pocos: desaparición forzada, derechos y justicia laboral en varios sectores, cuidado y protección de los recursos habidos en la Tierra, respecto a decisiones de pueblos y comunidades, libertad de presos políticos, extinción de la impunidad, entre otros. No deviene esplendente la 4T marchitada en unos cuantos años, aunque el idiotismo imperante genere todavía espamento en no pocos para los que es mejor ésta que nada.
La guerra habida en México no es contra la oligarquía que supo leer a tiempo el beneficio que obtendría (y obtuvo) de dejar al gobierno de nuestro presidente agotarse por sí mismo en la medianía del gradualismo. Salvo los oligarcas cavernarios que quieren acaparar el escenario a las mañaneras con que se les da atole con el dedo al populacho, la oligarquía es la principal beneficiaría del gobierno de la 4T. La guerra habida en México (si en algún momento ha amainado) es de los negocios no legalizados por controlar mercados y territorios.
Esta última se debe a la propia naturaleza de los negocios no legalizados que emplean sobre todo a población cuyo destino está truncado desde antes de nacer. Es muestra del absurdo de la economía capitalista. Si hay gente que sobra y no podrá dejar atrás su situación de excluido del progreso capitalista, da lo mismo para ella disfrutar esas mieles de fantasía con que se inculca adentrarse en los negocios no legalizados, pues al menos por unos años tendrá algo de qué presumir que no sea su condición de paria y excluido a que lo arroja el capitalismo.
La guerra económica hecha por la oligarquía contra el gobierno de nuestro presidente al inicio de su gestión decayó a medida que captó la inexistencia de algún riesgo para la marcha de sus negocios. La otra guerra, la de los muertos de hambre organizados que no entregan su dignidad por un plato de lentejas, se ventila sin darle cuentas a alguien, en medio del desconcierto de no pocos que no atinan a comprender qué buscan si ya les dan un plato de lentejas para mitigar el hambre.
Nadie que se presuma sabihondo puede afirmar el desenlace que tomarán los acontecimientos en el corto o mediano plazo. Pero si se mira mucho más allá es indudable que el gradualismo agota las vías civiles o pacíficas para que los muertos de hambre tengan libertad y justicia. Lo malo es que al estar echados en el conformismo, será difícil que tengan una idea clara de que sin conquistar por sus propias manos tales demandas, recibirlas sin esfuerzo es una conquista hechiza, que se desmorona como toda ilusión a las primeras de cambio.
Y cuando despierten del sueño del reformismo no sólo verán que el ejército sigue ahí, sino que ha cobrado legitimidad gracias a la 4T, que la impunidad de que siempre ha gozado hoy la 4T le lavó la historia de sangre y asesinatos con que se le ha conocido, que tiene más poder y sigue siendo cómplice, alcahuete o parte de los negocios de los indignos, por mucho que nuestro presidente antes de irse a La Chingada se desgañite diciendo que tuvo que recurrir al ejército porque no tuvo de otra. ¿Y dónde quedó el famoso pueblo apá? Dormido, gracias.






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