Por Israel

El capitalismo está reforzado y legitimado por el gobierno de nuestro presidente. En 2018 (como en otros momentos previos) se abrió una posibilidad que sin terminar de cerrarse ha ido achicándose o posponiendo su realización para hacerse realidad. Nada nuevo en el horizonte podría decirse, aunque los muertos de hambre puedan estar siendo maiceados (como gusta decir de las prácticas del priísmo de las que aprehendió nuestro presidente), con el reparto del presupuesto que logró reorientarse para los programas sociales.

Hacer algo distinto implicaría, de verdad, establecer medidas para ir cambiando este modo de producción. De manera pacífica no podría lograrse esto si nos atenemos a los sucesos conocidos en otros países de Latinoamérica en los que se ha buscado, si no abrir la puerta para el socialismo (que quién sabe qué sea al tratarse de un mero tránsito según los clásicos trasnochados), cuando menos para ampliar eso que llaman sector público (aunque sea dentro del capitalismo), pero no quedarse en eso.

Pensar en algo distinto al capitalismo está prohibido en nuestro país, no a causa de algún impedimento mental de nuestros intelectuales de pacotilla (¿o sí?) o porque exista una ley para censurarlos, más bien el impedimento se debe a la debacle, la decadencia o la conversión vulgar a sicarios ideológicos del capitalismo vendiendo su pensamiento (según) por un plato de lentejas. Las universidades se han convertido en centros de lavado de cerebro para vacunar a estudiantes contra cualquier coqueteo por intentar hacer algo para acabar con el capitalismo.

En contraste, formar cuadros alineados al llamado neoliberalismo vigente en el mundo es el resultado más frecuente que deyectan las universidades. Si bien con carácter técnico especializado se ufanan los llamados centros de conocimiento en hablar de ciencia, pensar en algo distinto a lo que podría considerarse el conocimiento aceptado por el mismo capitalismo resulta anacrónico en las universidades. El carácter revolucionario del conocimiento para ascender (digámoslo así) a ser científico está cercenado dentro del propio capitalismo.

Cualquiera inmerso en esta cadena de enajenación con ropaje de ciencia levantará protesta por sentirse denigrado su pedestal. Como si el conocimiento y más el que tiene carácter científico estuviera encerrado entre los muros de centros educativos, laboratorios o incluso en las páginas de libros de divulgación científica (los llaman así). Esta comercialización del conocimiento inherente al ser que hace funcionar al capitalismo, es la que en el conocer aceptado se ha dado en llamar revoluciones científicas y tecnológicas.

Hasta grandes teóricos (según) inconformes con el capitalismo repiten esta clasificación al estar atrapados por lo que vale para este modo de producción. El uso, aplicación, manipulación del conocer para emplearse en los mecanismos con que se lleva a cabo su reproducción prevalece. Todo lo existente en el capitalismo (el ser humano mismo en su pensar, sentir y hacer) están sujetos, supeditados, subsumidos no sólo en lo formal sino en términos reales a esa replicación del capitalismo por todos lados, en todo lo existente y a cada momento.

En consecuencia, lo que hace científico a los resultados del conocer y a esta práctica humana específica de aprehensión es que alimenten, refuercen, mejoren, depuren, especialicen, de una u otra forma el cómo, para qué y para quién se reproduce el capitalismo. La creación de ramas muy especializadas derivadas de las llamadas ciencias básicas (por ejemplo) responde a esta mecánica de funcionamiento en los negocios capitalistas. Y la argumentación que acompaña este proceso avala el carácter de los resultados del conocer.

La complejidad de los fenómenos (la llaman así) que existe desde el origen de los mismos, se toma hoy como gran aporte del conocer al contar con instrumentos específicos que permiten identificarla. Herramientas más específicas permiten conocer más detalles. Ésta es una de las muchas imágenes que el desarrollo capitalista consigue crear en el conocer, que requiere como laboratorio esencial la capacidad propia del ser humano para descomponer y reunir, para mirar el árbol sin perder la perspectiva del bosque (como se suele decir) y a la inversa.

Al conocer cada vez partes con mayor detalle la búsqueda de explicaciones ha trasladado la mirada al detalle de la forma y el contenido, la minúscula cantidad y sus cualidades, siguiendo procesos que especializan el camino para que lo particular y singular sirva de motivo para que surjan los nuevos científicos: los expertos. Identificar nuevos detalles fragmenta el proceso de conocer al convertirlo en una técnica que se vale de instrumentos.

Porque el sentido de mejorar la explotación de la fuerza de trabajo contenida como capacidad en el ser humano, mediante la mayor especialización de medios e instrumentos para producir, y objetos a ser transformados, ha generado un mayor aprovechamiento de los recursos dados por la propia Tierra y la vida habida en ésta, al mismo tiempo ha provocado un uso más intenso y con mayor desperdicio, contaminación y agotamiento de capacidades dadas. Y esto es así porque el capitalismo no funciona para satisfacer necesidades humanas.

Esta complejidad de los fenómenos (y del proceso de conocer en sí) y la especialización de su apropiación por el ser humano en el capitalismo, que ha llevado a detallar, descomponer, aislar, reunir, recomponer fenómenos, contribuye a la figura del científico desvinculado de las necesidades humanas para estar supeditado a demandas corporativas, institucionales y toda una serie de imágenes construidas para justificar que sólo el conocimiento aplicable en lo inmediato (a mejorar la reproducción capitalista sin duda) es científico.

El individualismo atraviesa este proceso de remplazo del carácter revolucionario del conocer que se hace ciencia como slogan de ascenso, exclusividad, expertise, triunfo, reconocimiento académico, obtención de premios, publicación de resultados y un sinfín de afirmaciones de la competencia aplicada al funcionamiento de universidades y la investigación. De la ciencia a la tecnología y su técnica de aplicación enreproducir el capitalismo, la ruta de empobrecer el llamado espíritu científico se asienta en conocer lo más que se pueda de un único fenómeno.

Esta estrategia ha metido en dilemas éticos a quienes se encuentran inmersos en las venas institucionales del conocer. Y aunque no sesupeditaranasus mecanismos de competencia, terminan acotados sin duda. Porque la fragmentación y el detalle a que ha llegado el hacer ciencia (como se le nombra a este conocer mellado) pone en duda para los cerebros reblandecidos la unicidad, la totalidad y el carácter mismo del ser humano, como si estuviera alojado en alguna parte de su cuerpo, lo que es en cuanto ser posible en sociedad.

Luego está de manera amplia el pretendido triunfo del capitalismo, con lo que se destierra hablar siquiera de algo distinto a fin de despolitizar o enajenar de manera profunda la llamada vida universitaria. De centro donde por el carácter crítico y revolucionario del conocer podía surgir inconformidad hacia la vida en el capitalismo, las universidades se han convertido en fábricas de estandarización y para crear voluntades reaccionarias que aplauden por acción o valemadrismo el llamado neoliberalismo. Y aunque se proclamen científicos.

Que el capitalismo moldea y conduce los mecanismos mediante los cuales se reproduce el uso del conocimiento para acabar con lo que es el mismo ser humano, puede constatarse con el desarrollo tenido por el sector productor de bienes de consumo, en el que la especialización de la manufacturay la estandarización de sus productoshan empobrecido (como sucede con los alimentos) la salud humana y aumentado el hambre, pese a tener mercancías procesadas listas o casi para ser consumidas, sin requerir mayor cocina posterior.

Quien no haya comido una sopa instantánea o alguna otra mercancía de la llamada comida chatarra ha vivido casi como un ángel dentro del capitalismo. Lo mismo puede decirse de otras mercancías producidas para alguna necesidad final real o inventada, con las que condiciona la llamada revolución científica y tecnológica al ser humano en el capitalismo. Uno de estos vehículos que prevalece en la cúspide, son los dispositivos móviles y demás aditamentos relacionados con las llamadas nuevas tecnologías de información y comunicación.

La debacle sin embargo no es del conocimiento con carácter científico, sino de los que así se llaman por ser sus divulgadores, hacedores, promotores, que igual a mercachifles pregonan las bondades de este hacer y divulgar la nombrada ciencia. Un conocimiento mellado en su carácter revolucionario al no ir a la raíz última y pensar que el detalle o parcelar el fenómeno para su estudio, en vez de técnica o tecnología si existe una aplicación práctica, es una nueva ciencia. Gatos o sicarios del capitalismo con títulos universitarios es lo que abunda aquí.

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