Foto: EFE
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Por Israel

Si el dolor de otros es administrado mediante el morbo para generar confusión, molestia, indignación, esto es propio de lo que permite y prohija el funcionamiento del capitalismo. A partir del individualismo articula su ideología para conducirnos hasta el modo deshumanizado extremo a que podemos caer. Como la base para que funcione como modo de producción es vivir a cuestas del trabajo timado a otros, nada humanizante puede surgir de esto.

En el caso de eventos naturales y humanos que se convierten en desgracias, el tráfico de los eventos, su administración, la manera de tratarlos, es para conseguir el efecto emocional que se busca mediante su comercio. Y no sólo se refiere a situaciones de alcance grande en una sociedad, sino de lo que por cotidiano nos puede parecer tan normal por la insensibilidad a la que nos acostumbra ese funcionamiento. Así, la incompetencia de alguien debido a la llamada condición social puede ser hecha objeto de escarnio celebrado por otros.

Esto que a ojos vistas puede adoptar el polo opuesto (la conmiseración con el tan socorrido “¡ay pobre!, pobrecito, cómo le fue a ocurrir eso”) que denigra toda situación o condición del ser humano de marras, para con la lástima hecha acción o verbo envilecer aún más lo que (se supone) intentamos enaltecer con nuestra (aparente) empatía (como le dicen los psicólogos), deviene el complemento de la befa.

La mendicidad a que nos acostumbra el capitalismo no sólo es verificable en los grandes acontecimientos como los ocurridos en Guerrero (Acapulco, huracán Otis), pues ahí sólo se mira el extremo de una larga cuerda con la que nos tiene bien cogidos el capitalismo, para llevarnos por donde quiere, en las circunstancias que quiere. Esa se mira en el diario actuar a todos los niveles. Es la carencia irrefrenable de la dignidad, la ausencia de lo que hace ser al ser humano lo que se supone es, deshumanizándolo sin duda.

Y no se confunda con la soberbia o la arrogancia (“que digno es que ni su brazo da a torcer”) que a resultas de dicho popular representa el orgullo de los pendejos. O la petulancia. Que a pesar de referirse a hechos parecidos mantienen diferencias entre sí que los hacen divergir, no representan actitudes ni cualidades del ser humano que se digan beben en esencia del mismo río que la dignidad. El capitalismo apendeja a cualquiera al no mantener la guardia en alto, ya que nunca descansa en su afán de embrutecer al humano para deshumanizarlo.

Y frente al dolor se imbuyen sentimientos, ideas, valores que atontan de una y mil maneras. Así, la pérdida de cadenas hoteleras que privatizaron las playas de Acapulco es equiparable a la pérdida del jacal de cualquier colonia popular (Frontera, Alta Icacos, Costa Azul, Renacimiento, Hermenegildo Galeana o Coral, Coloso, Progreso y Las Parotas), porque lo importante es rescatar la economía. No importa que más de la mitad de la población viva en niveles altos y muy altos de marginación, rezago social y pobreza, o sea, sean jodidos.

En el rescate de la burguesía, ésta justifica sus mismas acciones esparciendo (en el discurso) los beneficios para toda la población. Desde luego, nada puede decirse de que todos necesitan satisfacer sus requerimientos más apremiantes pues, sin importar la clase social a la que pertenezcan, todos comen, cagan y mean, se guarecen y cobijan, etcétera. El asunto redunda en una escala distinta cuando se piensa en lo que cada quien tiene como economía, para allegarse de los mínimos necesarios de satisfactores.

Aunque se diga lo contrario, las necesidades no son las mismas según la clase social a la que se refiera uno. Para el que nomás tiene las manos con las cuales trabajar la necesidad está más unida a lo inmediato de su vida diaria y de su familia. El dueño de hoteles, almacenes, industrias y capital de cualquier tipo, requerirá financiamiento, subsidios de distintos tipos, subvenciones varias, y una serie de requerimientos que le faciliten recomponer el capital perdido.

Otra cosa sucede con la infraestructura útil para todos, si se mira como servicio o bien público, pues aunque sea indispensable para restablecer la vida diaria de la población, su acceso ni es parejo para todos (por eso el jodido, lo está sin más) ni tiene el mismo uso por todas las clases sociales. Así, al jodido le podrá urgir los servicios de agua y alumbrado públicos, transporte y caminos en buen estado, útiles para poder desplazarse o estar en condiciones de retomar su vida laboral (es decir, volver a ser un explotado por su patrón).

Para el dueño de capital (los llamados empresarios) la infraestructura forma parte de todo aquello que siendo (según) capital social (es decir, el capital que a través del Estado sirve para la creación y circulación de las mercancías, en su realización y acumulación), pero que como inversión además es o puede ser de uso común (no sólo de los capitalistas), le importa porque le facilita establecer, asentar, consolidar, levantar, impulsar su inversión (capital). Este capital se financia con el trabajo extraído a los obreros en la forma de impuestos.

La resistencia de los capitalistas para pagar impuestos es porque se merma la ganancia extraída. Y aunque los trabajadores deban pagar sus impuestos en forma más que proporcional a la que los pagan los capitalistas, la única razón económica para constituir una hacienda pública es la referida, esto es, garantizar la infraestructura que el desarrollo capitalista necesita y que de otra manera ningún capitalista por sí mismo llevaría a cabo. Salvo que el mismo Estado le garantice recuperar la inversión en poca cantidad de años.

Toda la mendicidad de que nos atiborra el funcionamiento del capitalismo tiene por sustento esta situación puesto que, a final de cuentas, lo construido, lo edificado, el capital mismo como relación social de explotación materializada en infraestructura útil para que funcione la economía en la sociedad capitalista que se trate, debe ir a costa del trabajo extraído a la clase explotada. Hasta la merma de la ganancia en forma de impuestos es simple trabajo que se acumula en mercancías realizadas bajo la forma de dinero, que vuelve a ser capital.

Este mecanismo de funcionamiento no se detiene salvo en circunstancias particulares como sucede en Acapulco a causa del huracán Otis. Allí, por el capitalismo que tenemos, la economía gira en torno a los llamados servicios de turismo. Se trata de la prestación de servicios como mercancías basados en relaciones de subordinación, muchas de las cuales están unidas a economías domésticas, cultivo de parcelas, trabajos complementarios y toda gama de mercancía en forma de servicios y bienes que el turismo permita.

La prostitución de boutique desde luego florece, lo mismo que la de baja categoría. Si la presencia de yates de paseo está a la vista de cualquiera, la pesca de baja escala es una actividad que sirve para complementar el plato que se lleva a la mesa. Por eso el llamado apoyo del gobierno de nuestro presidente para (dizque) levantar Acapulco es lo que cualquier gobierno en el capitalismo debe hacer, pero nos han acostumbrado a la rapiña en estos casos que la histérica oposición lamenta no poder ahora medrar más que con la calumnia.

Y luego está el ejército al que nuestro presidente mete con mayor razón por todos lados en estas circunstancias, pues debe garantizar que no se dé un estallido social en una de la entidades más pobres del país, a la que le cayó encima además el chahuistle del cambio climático provocado por el imperialismo. Pueblo jodido que es el de Acapulco (Coyuca y todo Guerrero) saqueado como tantos otros lugares del país, deberá aceptar que se le rescate del lodo y basura en que convirtió el huracán al puerto.

Y si las cadenas de hoteles o algún otro negocio debe volver a florecer a fin de que haya trabajo para el muerto de hambre que da gracias a dios porque encuentre quién lo explote, nos debemos alegrar que no exista un estallido social, inconformidad, protesta organizada, sino una reconstrucción ordenada y dirigida por el ejército, a quien si antes se le sabía represor sobre todo en Guerrero, ahora se le deberá aplaudir rescatar a los muertos de hambre de las ruinas. Como si no hubiera estado en ellas sino hasta ahora.

Mendicidad con la que se nos acostumbran nos hace perder de vista que eso que en estos momentos llaman solidaridad es la obra caritativa con la que nos introducen el conformismo. Si quisiéramos ser solidarios con los muertos de hambre, deberíamos denunciar al menos que de una sociedad basada en el robo del trabajo ajeno nada humano para el ser humano puede surgir. Otis lo muestra en un hecho natural creado por el precipicio al que está llevando el capitalismo a toda forma de vida conocida en la Tierra.

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