Por Israel

Dice el maestro Huwei que uno suele encontrar su destino en el sendero que agarra buscando evitarlo, por eso lo más fácil que tenemos en el capitalismo es reproducir la basura de que nos llenan desde antes de nacer. Los llamados humanismo, ilustración, romanticismo y tantas otras expresiones del espíritu humano (digámoslo así) que se apropió la burguesía y su capitalismo para darse baños de lustre, hoy son pura basura alojada en la cloaca que siempre ha sido el llamado espíritu capitalista.

Ya no se diga los cavernícolas que deambulan esgrimiendo posgrados para santificar su espíritu reaccionario, o arrogándose una inteligencia de la que carecen la cual se constata nomás abren la boca. Ellos al menos fundan su ridiculez en los años quemados a dos nalgas. Pero de los capitalistas que se enaltecen a sí mismos por el tamaño de su capital o la proeza de la bonanza de sus negocios, el inhumanismo y antihumanismo que rezuman por todos lados hace dudar que de una clase social con estos representantes, algo humano pueda surgir.

Si bien el mito se acarrea, se arrastra por el aire del tiempo como cola de papalote, tanto como para perdurar como una máscara a la cual le es creíble el papel asignado, en la construcción y reproducción de la sociedad capitalista los mitos han sido incubados en todos nosotros que es difícil darnos cuenta cuando hasta de tanto repetirlos, terminamos por considerarlos como hechos que en realidad ocurrieron y no como historias imaginarias que distorsionan lo que llamamos realidad.

Tales cosas suceden con las tan llevadas y traídas por todos y a todos lados: democracia, libertad, igualdad, humanismo. Ejemplo. Que en un mundo quepan muchos mundos significa que ninguno esté por encima de otro, es decir, que todos los mundos (sin importar lo que por esto entendamos) tengan los mismos derechos y prerrogativas, las mismas obligaciones y responsabilidades. En el capitalismo se infiere es imposible tal sueño dorado. Y por muy bonita que suene la frase es desde luego imposible de llevarla a cabo en el mundo tal y como es.

Si bien el dejarlo ser que está implícito en la ocurrencia indicada es un límite para aceptar lo que es, esto tiene muchos asegunes, porque aceptar lo que es en cuestiones humanas es una manera de despreciar lo que el otro vale. Dicho de una manera distinta, si se deja ser al otro es porque el otro me dejará ser. Y en este mundo fantástico donde cada uno de forma petulante se manda a la chingada, no existe cabida para la solidaridad, el compañerismo, el trazar una lucha en común o algo que se le parezca.

Que haya un mundo donde quepan muchos mundos es la manera petulante de declarar que nada por qué luchar vale la pena, sólo porque me dejen en paz para hacer lo que mi santa y regalada gana se me da. Si esto se supone nació de una organización incubada en comunidades de reserva de valores morales (como lo dice nuestro presidente) el asunto está más oscuro que la noche.

Ya de por sí el mundo presente dominado por doquier por las relaciones capitalistas nos vende los mitos con que legitima el robo del trabajo ajeno para engrosar el capital de sus dueños, y esto atravesado por su llamado espíritu de empresa (que no es más que una manera un poco estructura de individualismo que justifica el carácter parasitario de una clase social que nada produce). Hallarnos ese espíritu de mercachifle en planteamientos tenidos de novedosos por grandes luchadores sociales alternativos, es deleznable a todas luces.

Cuál es el mundo que puede acoger a otros mundos, es desde luego obvio que no puede tener como base al capitalismo. Y si se parte de que la tal consigna tiene como fundamento la reivindicación del individualismo edulcorado con matices de comunidad (como si en las comunidades no hubiera clases ni lucha entre éstas, o fueran espacios idílicos de hermandad similares a un monasterio), la traición que esto representa de quienes dicen luchar contra el capitalismo (pero reivindicando su pilar individualista) es nociva.

Ya el hecho mismo de que los muertos de hambre presuman un espíritu reaccionario como para llegar a quemar libros, o rechazarlos sin siquiera haberlos leído (lo que semeja un desplante propio del despotismo histórico que ha caracterizado a los llamados de arriba), es más insidioso darnos cuenta que este rechazo se hermana con lo que burgueses cavernícolas expresan, como si se hubiesen puesto de acuerdo. Que la burguesía como clase haya albergado desde hace mucho tiempo un espíritu reaccionario, resulta obvio.

Nadie que tenga una cierta clase de privilegios fincados en trampas, robos, tranzas y prácticas parecidas, osará un día tirarlas por la borda de manera voluntaria. Que muertos de hambre refrenden el idiotismo en que los ha subsumido la ideología dominante (centrada en un individualismo ramplón, ni siquiera ilustrado, porque la burguesía en México ha carecido de tal rasgo, si es que en algún lugar de la Tierra lo tuvo acaso), debería llamar la atención para todo aquél que se diga estar abajo y a la izquierda luchando con espíritu tesonero.

Si el muerto de hambre llega a tener en su corazoncito atribulado las consignas que le incuba el capitalismo, es una realidad indignante o triste (según), pero a resultas eso de la decisión misma que el muerto de hambre tomó para ser lo que de su ser quiso construir. Puede tomar un camino distinto y hacer consciencia de su circunstancia social y material, histórica y de clase, pero si la referencia más lúcida (según) de los que dicen luchar junto a él reivindican el mismo sustrato ideológico que el capitalismo, la cosa se complica más.

Echarle la culpa de lo que pasa en la actualidad en la lucha revolucionaria (digámoslo así) a las condiciones del capitalismo para justificar que de haber reivindicado luchar por acabar con éste, ahora se hace pasar la ideología impuesta por el capitalismo como opción edulcorada con sabor a comunidad, es cagarse en sí mismo. Las condiciones son una cosa, pueden cambiar y plantearnos dificultades desconocidas, pero eso no tiene nada que ver con hacer trampa y revestir una traición como si se siguiera el mismo camino un día iniciado.

Luchar por acabar con el capitalismo implica ir al fondo de cada asunto relacionado con un sendero que no se consagra de un día para otro, ni siquiera en el caso de (diría nuestro presidente) hacerse gobierno o de acabar de la faz de la Tierra todo vestigio de propiedad privada. Si lo único que se tiene para construir algo distinto son las manos vacías a falta de dignidad, de calidad humana del ser que somos. Y ese enternecimiento al considerar que por ser muerto de hambre, todo está permitido, es escupir para arriba, pensando así hacer gracia.

Desdibujar el sentido de una lucha nada tiene que ver con adecuarse a los tiempos de hoy o que las condiciones impiden avanzar. Esa tontería de que se resiste el embate del capitalismo es la manera de justificar que se traiciona lo que un día se enarboló. Y como esto genera debilidad en las comunidades que se quedaron atrapadas en el nuevo límite establecido ahora por los estrategas (según les decía un finado), de alguna manera le deben lavar el cacumen a quienes un día confiaron en ellos.

La traición no es de las comunidades, ellas quedaron en medio del espíritu chaquetero que nunca fue desterrado del corazoncito loco de atar que se sintió cierto día inspirado con pan duro que comió. Y como la gente no es tonta, pues tontos son los que piensan que la gente es tonta, esta traición estallará más temprano o más tarde (si no ya estalló), al ver que el callejón sin salida a que los llevaron los vuelve vulnerables (ante paramilitares, por ejemplo). Que a las comunidades les guste también ese dicho: de lo perdido, lo caído, es otra posibilidad.

Al final (como dice nuestro presidente) sólo el pueblo puede salvar al pueblo, pero si a los muertos de hambre les resulta más cómodo dejarles el papel que pueden tomar mediante la consciencia a los estrategas que les dan una moneda falsa, tampoco se puede hacer más al respecto. Inventar un mundo sin ir a la raíz del ser humano que es el propio ser humano (diría uno de los trasnochados mayores), es aventurar un camino por el que nos toparemos con el individualismo vulgar de nuestro ser que intentamos evitar salga a la luz.

Mientras nuestros ojos pizpiretos miren con tamiz individualista será difícil concebir que luchar por acabar con el capitalismo recae en los muertos de hambre, y que ellos sólo realizarán esto bajo un planteamiento de clase. En tanto, proseguirá el mundo alrevesado con dormilonas de ocurrencias surgidas de monederos falsos. Pensar en cabeza propia no es algo que esté escrito en algún lugar. Todo parte de una primera decisión, crucial, básica, que antecede a muchas otras para que los acontecimientos no nos avasallen con su fuerza.

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