Por Edna Rodríguez
Un recuerdo permanente está presente mientras lo mantenemos oculto, en la sombra. El niño que llevamos dentro lo guarda, pero el escritor no, él lo expulsa como quien saca un aguijón de su piel.
Tal vez no hemos querido aceptar que en nuestra subjetividad hay un secreto entre el ser social y el animal mamífero, el cual no hemos querido explorar, o de lo contrario, si no tienen relación, que alguien afirme que la infancia puede desarrollarse plenamente en el medio circundante sin el vínculo amoroso de al menos una persona que represente los cuidados de mamá o papá.
No importa lo que digas, cállate, dice la autoridad deformada de papá o mamá, y el niño obedece con la esperanza de ganarse el cariño que sólo es accesible, o eso cree, interrumpiendo su voz en desarrollo por miedo a perder lo que, de hecho, está perdido desde su nacimiento. Es como si estuvieses brincando libre y despreocupadamente en el brincolín, y de sopetón, con un regaño, te obligan a hacer lo imposible, levitar, pero tú todavía crees que lo puedes intentar, y al caer, piensas que es tu culpa, cuando solo es el peso de la gravedad.
Cuán complejo es, como la historia que me contaron, dónde difícilmente una niña indefensa puede ver su película desde afuera. Una madre tiene a su primogénito, pero el padre del niño no ama a ninguno de los dos, y, para decir verdad, la capacidad de amar de los adultos se ha truncado desde hace ya mucho tiempo atrás, entonces, se separan, la edad avanza, y como la terquedad no mejora sin intervención de la conciencia, en un ritual de odio, ofrecen sus cuerpos, que es lo único que los vincula con su historia. Lo irreversible está cantado y, por segunda vez, la mujer se embaraza. Los hijos, sin saberlo, ya tienen un significado antes de sus nombres, ya están signados antes de hacer historia, ya tienen un drama antes de reconocer su cuerpo, y por si fuera poco, la niña ya está condicionado por su sexo.
En efecto, el segundo hijo nace mujer y nace con síndrome de down. El padre se hace el muerto como la cucaracha que siempre fue, luego, desaparece de sus vidas; la madre no puede separarse del producto como lo hace él, y si lo hace, ella sí tendría que ir a la cárcel, por eso imagina un mundo de justicias retorcidas en la que ella puede ser hombre, libre de depresión posparto, pero despierta y su sexo es el mismo, tampoco se ha desecho de su hija como quien sale de su casa a depositar la basura en el contenedor.
En sus momentos de privacidad, ella pone atención en el cuerpo de su hija, le ve sus ojitos, su nariz, sus pómulos, en donde hay ternura, ella ve deformidad, es todo el rostro del padre, además, no podía ser peor y los problemas del corazón congénitos multiplican su esfuerzo por mantenerla viva, más gastos, más estrés, menos descanso, la capacidad que se apodera de ella es el odio, odia su lugar en el mundo, como el mundo que nunca puso al padre en su lugar.
Esta historia, sin embargo, no se trata sobre los padres, se trata de la hija que es rehén de sus vínculos, desde su condición que está signada a una distinción muy cruel que susurra su madre: ella nunca debió nacer. Lejos está de comprender el amor espontáneo y sin condiciones de la criatura, pero en los procesos, la madre aniquila y la niña persiste hasta que, sin resistencias, su corazón se detiene.
Esta desolación, esta orfandad, en la que a nadie le importa si tienes frío, si no puedes sostener el peso de tu cuerpo, si quieres jugar o si tienes hambre, es el comienzo de reconocerse invisible, de que nadie hará nada por ti, aunque seas frágil y aún dependas de los cuidados que solo mamá o papá te pueden dar.
Podrás creer que todo depende de ti, pero esa idea solo entró a tu cabeza porque nadie se ha hecho responsable de tu fragilidad y la fórmula ha sido la misma, pedirte lo imposible para justificar su ausencia, te quieren quieto, silencioso, ordenado, limpio, lo contrario a un niño tiritando de miedo al saberse solo y que azota las puertas para que alguien le haga caso, porque, de nuevo, mamá está ocupada y papá te ignora.
Dónde está la mediación para que las carencias puedan transitar hacia otro mundo posible, cómo materializar los medios para desprenderse del círculo vicioso. Si no es alguien generoso, puede ser un libro que permite al lector atemperar sus emociones, como lo hacemos con la regadera, si el agua es muy caliente, la regulas y le subes a la fría.
Las asociaciones en un libro van y vienen entre líneas cuando algo tan particular se abstrae a la forma universal del dolor, en el texto, la madre abofetea a la hija por algo injusto y le grita cállate, el lector vuelve a sus recuerdos y mira cuando iba en triciclo sobre una pendiente muy inclinada y se estrella contra el pavimento; al darse cuenta de que se rompió el diente, corre asustada a buscar un consuelo en papá, pero este al darse cuenta de que no es el de leche, le da una bofetada que desconcierta a la niña.
Qué más le pides al cuento, si termina ahí donde apenas empieza, en ese punto de quiebre en el que el lector se encuentra consigo mismo, justo donde el trauma aparece con el ritmo de la respiración, con la rigidez de una persona madura que no llora porque se ha secado el humedal de sus memorias, porque ya no hay desconcierto, porque sea cuál sea la experiencia, ya no te puedes decepcionar, pero si le aguijón sigue punzando y has agotado todas las salidas, esta vez, prefieres salir de tu casa y extraviar tu cuerpo en el laberinto de la indiferencia, porque lo más triste es que nadie notará tu ausencia, y cuando lo noten, ya te esperan para vilipendiarte.
Por eso te entregas al exterior, al vacío, donde, temprano o tarde, te encuentras en otro, en una niña igual que tú que se desarma, como una luz que irradia belleza, encerrada bajo el yugo de los padres, tal como tú te has sentido; por eso lo descifras con pocos signos, porque ella eres tú que sabes lo que significa romperse sin que a mamá ni a papá le importes.
Al final, es un impulso, un motor con el que decides rescatarla: recoges su cara y partes del cuerpo desarmado hasta donde te alcanza el tiempo, no hay marcha atrás, corres con toda tu energía porque sabes que esto es importante, que eres tú defendiendo lo que aún se puede reconstruir, y una vez fuera de peligro, te acuestas con el montoncito de partes heridas a la sombra de un árbol, bajo un sueño tranquilo.






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