Por Edna Rodríguez
«Jauría» es una obra de teatro basada en un hecho real que recrea principalmente los argumentos de un juicio en España, derivado de la denuncia por violación grupal a una chica madrileña de 20 años contra cinco sevillanos -conocidos como «La manada»- durante la fiesta de toros de San Fermín, en Pamplona. En los hechos, los mismos perpetradores grabaron fragmentos del acto con sus celulares, pero hubo uno que utilizó el de la chica, creyendo que, con tirarlo a un contenedor de basura y deshaciéndose de la tarjeta de memoria, se eliminaría la evidencia, sin tener en cuenta que, automáticamente, en la nube, se guardaría el vídeo.
No obstante, aún con estas pruebas en la mano, el juicio trascendió porque el Ministerio de Justicia, comandado a su vez por hombres, en un primer momento, le otorgó a los acusados la libertad provisional bajo fianza, alegando que la chica no opuso resistencia, condenando, así, el acto, por abuso o exceso de fuerza, entreverando, el consentimiento de la chica.
Lo que parecía un atropello más, finalmente fue la chispa del estallido. Tal vez, previo al juicio, el rating por el morbo elevó el caso a nivel nacional hasta conseguir que se politizara en la boca de todos, pero es claro que los jueces nunca calcularon la respuesta de miles de personas que sacudieron las calles frente al Ministerio, en su mayoría mujeres junto con algunos hombres solidarios con la causa, sin entender que poco les faltó para liberar a toda La manada y condenar únicamente al que cometió la torpeza de grabar desde el cel de la chica, lo que impidió que todos salieran airosos del tribunal.
La falta de sentido común en los alegatos, generó la misma pregunta que se hacían muchas: si una mujer es agredida en grupo violentamente y, además de eso, tiene pruebas, pero nada de esto es suficiente para encarcelar a los victimarios, entonces, ¿qué se puede esperar de casos menores, no menos violentos, donde ni siquiera se cuentan con pruebas fehacientes?
Claro, en el teatro se representó el bullicio, el ruido de la protesta, pero en su tratamiento judicial tiene un descuido respecto a la relevancia en la transformación del cuerpo ultrajado que debió aparecer fortalecido con la conciencia de la fuerza de «su manada», de cara a la doble violencia patriarcal, la cual se expresó solamente con el empoderamiento de la abogada defensora. Se empoderó la voz, pero nos faltó el cuerpo.
La protesta, en tanto que lazo que une a la víctima con las mujeres que se identificaron con este caso en concreto, reivindica a las marchas como una manera de recobrar la fuerza y el peso real de su existencia como entidad colectiva, al reconectar los vínculos que el individualismo burgués se encarga de difuminar, en especial, cuando se materializa el atropello mediante el Ministerio de Justicia y sus portavoces mediáticos que culpabilizan y revictimizan a la acusadora al igual que a todas en el pasado y el porvenir, desde el televisor, como espectadoras de su propia opresión.
Ante el poder asimétrico y desproporcionado, la protesta es un proceso de conciencia colectiva que abraza y abarca a todas las personas que se sienten vulnerables y vulneradas, recobrando su potencia hasta entonces invisible y pasiva, logrando desvanecer a la otra fuerza que, por largo tiempo, desestimó su dignidad, creyéndose absoluta, arropada por los medios de comunicación que se dirigían, en abstracto, a una masa amorfa y despolitizada, que, aparentemente, validaba las opiniones y los hechos consumados injustamente.
Por supuesto, la protesta cimbró sobre el Ministerio, relevó a los jueces y modificó la sentencia final, con una condena que cambió a 22 años y siete meses para cada uno de ellos, aunque su impacto fue todavía más fuerte sobre lo que se considera inconmensurable, la conciencia de muchos.
Por otra parte, el autor de la obra de teatro, Jordi Casanova, tuvo el acierto de titularla «jauría» en vez de «manada», ya que no sólo fue un grupo, sino un conjunto de perros, de hombres institucionalizados, que consumaron la revictimización de la acusada, entre ellos, acusados y jueces, pero más ampliamente, todos los espectadores que pensaban igual que ellos, que bien se podían reemplazar unos a otros en el juicio, tal como se representa en escena, donde los mismos de la manada son los que toman el rol de jueces, nada más revestidos con trajes negros.
En otros términos, tampoco es una lucha de sexos, porque no hay como tal un patriarcado que viole de nuevo a todas las mujeres como un solo bloque homogéneo, sino que los argumentos que están en juego y que se recrean en la obra, seguramente también debieron causar controversias entre hombres y mujeres que, conscientemente o no, se unieron y se unen a la jauría mundial, pues tan sólo basta con que la mujer recalque los errores que la atormentan para que la jauría la refunda en su culpa, esto es, haciendo uso de los mismos fantasmas que a ella le atormentan para hacerle escarnio, negándole el camino que muestra que estos fantasmas son justamente un indicativo de lo que ella hubiera querido cambiar para no tener que vivir lo que pasó.
Sin duda, nunca hay por qué confiar en las personas que revelan su ideología y se desnudan tal como piensan, cuando consuman y normalizan la revictimización a personas que a veces ni conocen, sumándose a juicios sumarios que promueven el germen para hacerle daño a quien sea, inclusive a los propios, a quienes sí conocen de cerca, ya sea directa o indirectamente.
La abogada defensora, siendo voz o portavoz de la protesta, con la fortaleza que le habían arrebatado a la víctima, hace énfasis en que, a lo largo de las grabaciones, el lenguaje entre los acusados es cooperativo y solidario, y, en cambio, al dirigirse a la víctima es imperativo. Este detalle apunta cuánta violencia se puede ocultar solo porque normalizamos el poder que es quien la ejerce.






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