Por Israel

Si la primera decisión, como si dijéramos la voluntad inicial, conlleva a pensar de qué manera se puede luchar para acabar con el capitalismo, esto no implica en automático encontrar una respuesta que sea aplicable en todo momento para llevar a la práctica. A diferencia del pensamiento corriente que considera que por vivir en el capitalismo de cara a la pobreza uncida a los muertos de hambre, hace al ser humano sensible a esta situación, tomar consciencia de esta circunstancia en la historia arrastra toda la campaña cargada desde antes de nacer.

El ser humano se hace en realidad, nace como un ser biológico que sólo en el proceso de hacerse humano crea la latencia de su condición. Desde antes de nacer el ser humano ya está condicionado por el contexto en el que se hará lo que como persona conoceremos: el tipo de familia, el lugar en el que radica, la actividad económica que le da sustento, la comunidad a la que pertenece, y un sinfín de elementos que nosotros consideramos por comodidad de análisis como la sociedad concreta en que nace, se hace y la hace el ser humano.

Y en cuanto al pensamiento, al que está unido desde luego la sensibilidad frente a todo lo que consideramos el mundo (incluida la persona misma que llamamos ser humano), ese no puede desplegar más que el horizonte mismo del contexto en que se inserta. Toda la gran fantasía de terror que se conoce como literatura fantástica siempre y sin remedio remite su contenido a lo que el que la crea ha visto, oído, probado, comprobado, vivido.

Y en general, aunque puede haber chispazos de genialidad que escapen al momento en que surgen, tenidos estos de visionarios o adelantados a su tiempo como se suele decir, estos tienen incluso el tope de lo que la misma circunstancia en que se encuentran les permite crear. Una sensibilidad peculiar para estos casos sólo florece si no hay tope que le impida manifestarse. La expresión que llamamos genialidad, si bien no se da en maceta, puede surgir desde cualquier lugar, a condición de que tenga condiciones para expresarse.

Entonces, como no hay una línea directa entre ser un muerto de hambre y tomar consciencia de ello o tener una sensibilidad para buscar acabar con esta situación, luchar por acabar con el capitalismo cuando se trata de uno que no es muerto de hambre conlleva un grado mayor de abrir el pensamiento para ser tan sensible como se pueda en esa lucha. El tomar partido por los obreros en vez de por los capitalistas y su sociedad no conlleva vivir como obreros. Tomar partido por ellos implica en principio entender cuál es su circunstancia, y la de uno.

Y como esta decisión que es la primera de todas, la voluntad inicial decíamos, no da más que para pensar y pensar todos los modos posibles mediante los cuales se puede realizar el propósito marcado, se corre el peligro de extraviarnos porque terminemos haciendo puras chaquetas mentales a falta de vincular tal decisión con la actitud y la práctica respectiva. Siendo entonces que la única manera posible (o al menos la más visible) de no perdernos en el teoricismo o en el pragmatismo, es hallar el modo de unir idea y hecho.

Esto es clave, porque con el individualismo rampante y desgañitado por todos lados para atraparnos en el juego maldito de la competencia contra todos y todo (incluido contra uno mismo), florecen las ideas a cuál más chabacana y tenida de gustosa aportación. Los grandes pensadores de nuestros tiempos se han perdido en la cadencia del capitalismo actual a falta de atreverse a hundir su camino en el lodo del vulgar mundo cotidiano.

La seudoconcreción (como diría alguien en su momento todavía trasnochado) invade las mentes de las grandes cabezotas que buscan explicar cómo es que perdura una sociedad que va de picada por el precipicio. Si la revolución no estalla es porque los planteamientos de antes están rebasados, expresan nuestros queridos pensadores. Hay que inventar nuevos paradigmas (como les gusta decir a los evenflos de la pira teórica) gritan escupiendo sangre y postulando el descubrimiento un nuevo actor de las transformaciones sociales.

En el capitalismo actual donde las clases sociales ya no existen (según esos grandes teóricos) no tiene sentido perder el tiempo en hallar nuevas rutas para la revolución. Lo que es funcional para el enigma de nuestros tiempos en reivindicar al individuo, en el menos peor de los casos a la demografía (que carece de clases, por fortuna) para agrupar los intereses según lengua, pertenencia, religión, sexo y toda una gama estadística que da cuenta que mientras más prieto más pobre es el cuñado, y si viene de país pobre, más pobre el trashumante sin permiso.

Si todavía le echamos crema a nuestros tacos, ahí está una hidra, una civilización, el despojo, los neo, los pos, los hiper y otras cagarrutas del pensamiento que se desechan por la boca o el tipeo electrónico de una computadora. Si de explotación hablamos hay que extenderla a la madre tierra, los pájaros y las lombrices (objetos también del uso despiadado de la bestia llamada ser humano), y entonces los capitalistas esconderán la cabeza buscando que su responsabilidad pase de largo a posarse en TODA la humanidad.

La reivindicación del individuo para los nuevos tiempos de la resistencia al capitalismo es la moneda falsa que trata de colar las herramientas melladas de éste en la víspera de su destrucción. Toda la voluntad inicial que impulsa la lucha por acabar con el capitalismo al centrarse en el individuo en los hechos le hace el caldo gordo a este. No sólo porque descontextualiza las imágenes colectivas y de clase, sino porque abre la puerta de facto al anticomunismo:el comunismo es la bruja del eterno cuento de la libertad y la democracia.

El anticomunismo es reciclado con formas que parecen ser lo contrario. La reivindicación de lo comunitario, lo colectivo o lo que pudiera llamarse a sí mismo comunista a partir del individuo, o con cualquier otro color demográfico, es un sinsentido, porque en una sociedad dividida en clase sociales sólo el planteamiento de clase es lo que puede arrejuntar a lo que es diverso (para decirlo en lenguaje moderno). Es ésta la clave de nuestro señor presidente, sólo que del lado de lo que pudiera ser la burguesía nacionalista o no entreguista. De ahí el reformismo.

El planteamiento de luchar por acabar con el capitalismo no parte de la voluntad personal o individual, ni siquiera de grupo, aunque puede expresarse en esas. Las condiciones habidas en una sociedad capitalista marcan los topes a los que se enfrentará toda voluntad por acabar con ella, sin importar de dónde nazca dicha voluntad. Pero lo indispensable o sine qua non (diría un mamón trasnochado de sí mismo como Marx) es que se trate de un planteamiento de clase y éste, si es distinto al de la burguesía, es para acabar con el capitalismo.

En una sociedad dividida entre los intereses de quienes son dueños de las cosas, medios y condiciones para elaborar mercancías, invertir el capital, explotar al trabajador, controlar los mercados, manipular la información y todas las demás herramientas de poder para dominar, y del otro lado todos aquellos que nomás tienen su capacidad para trabajar buscando emplearse para esto, a través del cual obtienen el salario con que sobreviven dominados, es imposible hablar de algo que no esté referido a las clases sociales y sus luchas.

Cualquier fenómeno ocurrido en un mundo cuya sociedad se encuentra dividida en clases sociales, sin importar si ha sucedido a nivel personal o de grupo (como suelen decir), tiene esa circunstancia de marco inexorable. Porque ni la muerte o el nacimiento que debiera ser un acontecimiento similar para cualquiera, tiene igual significado ni las mismas condiciones para acaecer. El anticomunismo de hoy no ataca lo abanderado como común centrado en el individuo, sino a todo lo que represente luchar por llegar a la raíz del propio ser humano.

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