Por Sonia Ventura Domínguez

Lo que sucedió en Auschwitz, sucedió y sucede, vive en dos tiempos como una constante y amenaza un tercero, el futuro. Revive una y otra vez porque tiene múltiples significados en tanto lo ético y en tanto la política de exterminio del capitalismo, sus alcances, matices y adhesión ideológica de grupos humanos que se mantienen latentes.

Vive y revive como una incapacidad de superación de este momento más inhumano de la humanidad, o de aquello que hasta ese instante pensábamos humano, su capacidad de crueldad, de aniquilación y de vileza, cuestiona no solo la violencia sino la instrumentación y educación para ella, para la asimilación, replicación y perpetuación.

Quizá más que una repetición o una amenaza, el mayor problema al que nos enfrentamos es a la instalación de Auschwitz como lo cotidiano, como un día a día, como un actuar que no parece extraño, como ejercicio ético del individuo, es decir, como la perpetuación en la vida humana en sociedad del individualismo (diferente de la individualidad).

Cuando lo pensamos a contrapelo, Auschwitz no resulta un fenómeno atípico, mucho menos lejano, ni incomprensible u opaco, como los filósofos los han propuesto (Agamben, 2014), resulta todo lo contrario una forma ordinaria en la que se vive y la ética capitalista más esencial, del actuar particular, que puede horrorizarnos a lo lejos pero practicamos religiosamente.

Una práctica común en los denominados “campos de exterminio” que devela el pasado como el presente y que nos hace cuestionarnos el significado de los hechos y resulta constante en las narraciones de los historiadores es “la forma en que los deportados eran conducidos a las cámaras de gas por una escuadra integrada por sus propios compañeros (el denominado sonderkommando) que se ocupa después de sacar de allí los cadáveres, de lavarlos, de recuperar los dientes de oro y el cabello de sus cuerpos, antes de introducirlos por último en los hornos crematorios”(Agamben, 2014, pág. 8).

Lo primero que salta a la vista es la imagen de hombres y mujeres desconocidos encaminados, por otros hombres y mujeres, hacia la muerte, un conjunto de cuerpos sin más valor que el oro que en ellos se encuentre y así de lejos en el tiempo podemos preguntarnos ¿Nos sigue horrorizando el pensarlo?, ¿Nos parece una película muchas veces vista?, y en un terreno típico, en lo laboral, ¿Un obrero entregaría a su compañero?, ¿Un trabajador cualquiera lo haría?, ¿Uno lo haría? Y ¿Cómo sobrevivir a esto?

Una posible respuesta que se instala con Auschwitz es la de llamado testigo perfecto y que representa Primo Levi: sobrevivir para ser testigo, para dar testimonio de lo vivido y de lo que no se debe repetir, sin embargo, los sobrevivientes con esta respuesta no son la generalidad, pese a lo que nos abre una ventana de lucha: la memoria

La memoria como lucha contra el pasado, presente y futuro Auschwitz.

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