Por Israel
Acabar con el capitalismo no sólo es un hecho material, si por éste nomás entendemos lo tangible o asible. Ni siquiera la famosísima consigna de ¡Tomar el poder! o ¡Tomar el Palacio de Invierno! que izaron los bolcheviques, alcanza a recoger el significado o lo que implica luchar por acabar con el capitalismo. Ya las canas de las luchas tenidas por los muertos de hambre deberían habernos enseñado algo, pero es tanta la mierda de que nos ha llenado el espíritu del capitalismo, su individualismo, que hasta renegamos sin darnos cuenta.
Los capitalistas aprehendieron de la historia vivida desde que crearon su sociedad. La lucha por implantar ésta tuvo como un aspecto central el ideario o las imágenes que configuraron la legitimidad obtenida a través no sólo de su aceptación, sino del decidido apoyo que en este sentido les brindaron las clases desplazadas del mando de la sociedad. Ellas se integraron al capitalismo empleando todos los filtros que encontraron.
En muchos casos las clases desplazadas se convirtieron a los modos y gestos de la nueva clase capitalista sin perder su figura, en otros se fundieron con ella o cambiaron de manera radical su ser. Pero los muertos de hambre siguieron siéndolo, y si antes tenían algo (un oficio, una pequeña parcela, por ejemplo) en el capitalismo de manera abrupta o paulatina perdieron sin remedio lo tenido para realizar por sí mismos una actividad productiva. El proletariado como clase nace de este despojo para acumular lo que sería llamado capital.
Esta gran gesta aunque adquiere muchas formas, en todos los casos configura la relación obrero-patronal (como la llaman los leguleyos) que sirve de base (ahora la llaman núcleo) e irradia su acción al conjunto de la economía en la sociedad específica que se trate. En un territorio tal relación es más nítida que en otros, pero en ningún caso aparece en la economía de una sociedad capitalista específica sólo los dos elementos de la relación. El proceso de constitución de una clase social es la suma y resta de clases que existieron antes.
Para efectos prácticos, los capitalistas van constituyendo su clase sobre la base del despojo, el saqueo, la conquista, el robo, la esclavitud, la herencia, y otros muchos mecanismos y formas en que se separa a los anteriores dueños de lo que puede ser empleado para producir, cambiando el régimen de propiedad. En este sentido existe una liberación material o histórica de la economía anterior al capitalismo. La dispersión se va anulando para concentrar tanto en la técnica y la tecnología como en cuanto a su valor el proceso de la producción.
Y aunque no hay, como si dijéramos, un plan establecido, sí se va creando en la mente de los capitalistas la necesidad de acumular, al darse cuenta del potencial de explotación que van consiguiendo conforme disminuye la dispersión de población y se concentran, además, los instrumentos u objetos que pueden servir de medios para producir, o de objetos a transformar mediante el trabajo. La práctica genera la idea, y el hábito con el que se va recreando impulsa con mayor o menor potencia al hecho y la idea inicial.
Y en un cierto punto, desde luego, también se genera la idea de construir una narrativa que naturalice la sociedad capitalista, que la haga creíble para que toda la población que vive dentro de ella tome sus modos e imágenes como suyos propios. Como si fueran electos, construidos por sí mismos (de aquí la noción de individuo para romper la idea de comunidad base de las sociedades previas), como si surgieran heredados y con un origen ya bendecido. El mito creado por el capitalismo para idiotizar a la población bajo la idea de que somos libres alimenta sus raíces en esa primera liberación.
El individuo y la libertad intrínseca a él (según los ideólogos del capitalismo) están construidos junto a conceptos de nación, patria, identidad, Estado, gobierno y muchos otros que crean una perspectiva en la mente y como horizonte práctico, en los que se retoman elementos, se aniquilan o regurgitan otros previo remozamiento. Mientras se constituye la base o infraestructura, se va construyendo su superestructura (para que nos acusen de trasnochados de los 80). Y todo esto no es un único proceso, sino muchos a la vez que se retroalimentan.
Las nuevas ideas resultado de la liberación que debe agradecerse al capitalismo, sin embargo, empequeñece el espíritu del ser humano, pues ante la fanfarronería de su grandeza expuesta en la ciencia, la producción, los descubrimientos geográficos, la navegación y otras muchas muestras del llamado progreso capitalista, el idiotismoproliferaentre los muertos de hambre al ir perdiendo los vínculos de comunidad tenidos. Cada vez más el trabajador se ve apresado a un proceso productivo que no controla y al que sin remedio está uncido.
Si bien, este llamado progreso es considerado como una noción de perspectiva, mientras el mantener los vínculos comunitarios es puesto como una noción regresiva (de ahí el considerar su presencia anterior al capitalismo, o precapitalista), en realidad nada es definitivo en esto. Porque el llamado desarrollo del capitalismo recoge o anula a las comunidades o sociedades previas según le convenga.
La existencia de pueblos indígenas en el llamado México del siglo 21 son un anacronismo para el capitalismo siempre que no puedan integrarlos a su sociedad, bajo la égida de sus relaciones, separarlos de sus posesiones, hacerlos mano de obra para minas, plantíos, industrias, o que conviertan sus posesiones en capital (lo cual, aunque suceda en pequeña y mediana escala tal vez, es difícil encontrarlo a escala grande dado el nivel de concentración y centralización de capital a que se ha llegado).
Reivindicar lo que representan los pueblos indígenas puede ser por el sentimentalismo que nos provoca verlos por lo común considerados como población marginada, pobre, humillada, sin reconocimiento de sus derechos (como reza el marbete estereotipado que los victimiza intentando, según, darles dignidad). Como todo se vende y se compra en el capitalismo, toda la naturaleza debe entrar a ese circuito de comercio, debe convertirse en capital, debe separarse de quienes todavía se erigen como sus dueños sin ser capitalistas.
Quienes viven todavía en los lugares donde hay cosas a convertir en capital y servir para acumularlo, pueden resistir no por buscar acabar con del capitalismo, sino en contra de éste al defender su posesión. Por eso el cambio de los 11 puntos contenidos en la primera declaración zapatista, que sólo eran posible alcanzarlo acabando con el capitalismo, respecto del ahora que considera la lucha individual para salir del closet como si fuera ajuste de cuentas (lo que no son lo mismo), nos habla de cuanta debacle puede florecer en una lucha.
Con el alzamiento del 1 de enero de 1994 a las comunidades indígenas no les quedó de otra más que enconcharse (resistir, le dicen) al haber renegado en los hechos de su propio horizonte propuesto. Y es que cambiar una lucha para acabar con el capitalismo, por una donde se reivindica al individuo (pese a decirse anticapitalista), no sólo es una traición, sino querer dar atole con el dedo buscando presentarse como inocentes pobrecitos que un día se les alborotó la hormona.






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