Por Israel
En el 2018 el cambio de gobierno está ceñido a un relato de transformación reivindicado por quien detenta el poder ejecutivo de manera personal. En un régimen de gobierno burgués como el que prevalece en México y cuyo resultado histórico se cataloga de presidencialismo, partir de este punto obnubila cualquier mirada que no tenga a “lo que hace el presidente de la república” como lo central en algo poco menos que chisme.
Tanto por quienes llegaron al gobierno en ese año (4T) como quienes lo perdieron (la oligarquía), se desataron dimes y diretes que “polariza a la sociedad” según afirman quienes se consideran “simples espectadores”. Pero todos tenemos intereses en esta vida y lo expresamos en posturas políticas específicas, incluyendo la “apatía”, la “neutralidad” o “el ser apolítico”, que es aceptar lo existente sin modificación alguna.
Luchar por la transformación social para acabar con el capitalismo tiene en México una “tradición” de cuando menos 60 años. Son pocos si se compara con los transcurridos para que la burguesía en el país se configurara como clase social, sin que exista un día ni una hora fija para declarar la culminación de este proceso que le permite ahora conducir los destinos de lo que se dio en llamar México. Por lo que no puede celebrar mediante las fanfarrias respectivas el festejo por su logro histórico.
Para la época en que comienzan a surgir las organizaciones político-militares que buscan “acabar con el capitalismo en México”, la burguesía como clase social tiene muchos años ya de estar cohesionada tanto en su ideología como en su comando de la vida económica y social en el país.
La clase obrera si bien “antípoda histórica por naturaleza” de los capitalistas tiene existencia real de clase resultado de la industrialización “del México pos revolucionario”, ha carecido de dirección política y de núcleo ideológico que le permita obtener alguna luz sobre las condiciones de su explotación, tan fatídica como inexplicable para ella misma, pese a los muchos intentos que en su historia ha llevado a cabo.
Esta luz propia de lo que podría permitirle al proletariado la toma de consciencia de su circunstancias material e histórica, estaba constreñida a las universidades y, cuanto más, a grupos dispersos que veían “la lucha popular”, “el ir a las fábricas”, apoyar la organización de los trabajadores, como una posibilidad de coadyuvar para que despertaran de su aletargamiento los obreros.
Quienes se dedicaron a esto en su gran mayoría eran universitarios (pero no sólo) que al no tener ninguna opción de expresar su inconformidad hacia la explotación capitalista sin que les cayera encima la represión descarnada, llegaron a la conclusión de organizarse en una guerrilla como la única vía posible para terminar con el régimen de producción capitalista.
Todos los matices de lo aquí afirmado sin preámbulo alguno, tienen como telón de fondo que eso que llamamos capitalismo en México y el país denominado así, ha presentado una escala complicada de asegunes que siguen haciendo que la represión pueda desencadenar resultados disímiles, dependiendo de las circunstancias existentes.
Habiendo casos de estudiantes radicalizados (pero no sólo) cuyo sustento para esto eran las conclusiones teóricas y no propiamente la represión sobre ellos, también los hubo en donde la organización político-militar surge “para luchar contra el régimen de opresión” adoptando formas que no están contenidas en las experiencias previas de otros países. Y la participación del “pueblo” en cada caso es distinta, siendo en algunos momentos incluso contraria (u omisa al menos) respecto de una forma de lucha como la guerrilla.
Si bien, al mismo tiempo, la burguesía y sus gobiernos en turno aprendieron de tal variedad de “enemigos a vencer”, al aniquilar a la gran mayoría de los grupos que ubica en esta posición, no permitió el rescate inmediato para el aprendizaje de los propios involucrados en estas organizaciones ni de quienes se convencen de que no existe una opción distinta, que vaya a la raíz de la explotación capitalista.
Luchar por acabar con el capitalismo no cae de golpe y porrazo en el terreno de la lucha armada, pues ésta es un medio como otros muchos que se pueden desarrollar. Ni tampoco se reduce a “tomar el gobierno” pues éste, como parte del Estado, no sólo tiene “carácter de clase” sino que se encuentra inmerso en un contexto específico, que como en el presente impone camisas de fuerza para “gobernar” hasta donde el capitalismo lo facilita, Estado burgués existente y el imperialismo dan chance (antes de crear un golpe de Estado).
La lucha por acabar con el capitalismo en nuestro país, nos guste o no, ha representado la llave que abrió la puerta sobre todo para el cambio de gobierno ocurrido en 2018. Y con muchos matices, las distintas posibilidades que se han abierto no están escritas en ningún lado, pero pueden permitir un avance político (sin modificar el capitalismo) para rehacer la autoridad de los gobiernos burgueses, o pueden representar la posibilidad de otra cosa que, por lo que se ve, no está a la vuelta de la esquina.
Y esto último no porque quien es ahora el presidente de la república haya surgido de esta clase de luchas, sino porque para la misma clase burguesa es obvio que las circunstancias de represión habidas a lo largo de mucho tiempo, eran insostenible si no le apostaba a un estallido quizá incontrolable dados el enorme deterioro social y la pérdida de la autoridad de sus gobiernos, por los ajustes de cuentas entre sus distintas mafias económicas legales e ilegales que integran el capitalismo.
La gente que tomó posesión formal del poder ejecutivo es el beneficiario directo de lo que ha sido la lucha por la transformación social, que puesta en términos precisos es luchar contra el capitalismo. Esto tiene implicaciones muchas. Sólo que al frente del poder ejecutivo actual prevalece una línea de reformismo, que es necesario aclarar para no terminar echando mierda hacia todos lados y hablando nomás a lo tarugo.
Lo que debemos tomar en cuenta de entrada es que el “cada pueblo hace y paga su historia”, y aunque el “pueblo” aparece mencionado en cada discurso cotidiano del presidente de México, es una forma de hablar propia de la clase burguesa, que siempre ha apelado a él para alcanzar sus propósitos. Y es “el pueblo” quien al final (y al inicio) dice la última palabra.






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