Por Antonio Munguía
Los océanos y mares son fundamentales para la salud medioambiental del planeta, porque controlan la temperatura, retroalimentan y aportan elementos esenciales para la reproducción de la vida en su conjunto. Violeta Núñez Rodríguez en el libro de su autoría “El Capital rumbo al mar” nos dice que es de “gran importancia conocer los daños que podría traer la minería marina ya en una fase masiva de explotación para fines comerciales, donde exista una subsunción real del territorio” (Núñez, pág. 131) y de los océanos.
En el espacio más allá de la Plataforma Continental -franja que se despliega hasta las 350 millas marinas desde la costa (lugar en donde los países ejercen derechos soberanos sobre los recursos del subsuelo y de sus fondos marinos), es en donde se desarrolla (rá) “lo que podría ser una nueva era minera, que se presenta inminentemente ante las necesidades crecientes de minerales en el mundo” (Núñez, pág. 18), es la tesis central del libro.
La autora retoma el concepto subsunción de Carlos Marx, cuando explica el proceso inmediato de producción, tanto formal como real, en diferentes extensiones de un mismo momento concreto de la producción capitalista, que se apropia del valor generado por los trabajadores y pequeños productores cuando el capital se universaliza y se impone a los modos de producción pretéritos.
Entendemos la subsunción formal cuando procesos de trabajo no capitalistas -por su forma y con una tecnología precapitalista- son incorporados al proceso general de producción capitalista. Recordemos que tal proceso es resultado, a su vez, del proceso de trabajo y del proceso de valorización. De esta manera, el capital “incorpora a su cuerpo” procesos de trabajo en los que posiblemente aún no haya acaecido la escisión de los medios de producción (incluida la tierra) de sus poseedores -dejando a trabajadores con solo su capacidad para trabajar-, es decir, en donde aún no se ha dado la acumulación originaria de capital.
Por subsunción real entendemos la transformación del proceso de trabajo antes “incorporado”, por lo que ahora estos son también sometidos al desarrollo de las fuerzas productivas capitalistas. Sin embargo, por el método de exposición parece que la subsunción formal es necesaria para la obtención de plusvalía relativa (extender la jornada de trabajo), mientras que la subsunción real del trabajo por el capital es necesaria para la plusvalía absoluta (intensificación de productividad y reducción del tiempo necesario para producir mercancías respecto al tiempo excedente, que se reflejará en ganancias).
Violeta Núñez retoma la subsunción para demostrar cómo es que el capital “necesita incesantemente incorporar y someter a la tierra, a la mar y al territorio en su conjunto”. La subsunción, como todo concepto, no es estático sino mutable, pero también implica -por lo menos- una relación dialéctica: en este caso incorporación por un lado y sometimiento por el otro. Es digno de reconocer que la autora analiza, sin pedanterías, con el método de la crítica de la economía política, el momento actual de expansión de acumulación capitalista hacia zonas inhóspitas del planeta: es el caso de los mares y zonas internacionales.
Que el capitalismo es el único sistema que abarca casi todas las naciones de la Tierra, se debe al proceso histórico de acumulación originaria capitalista, primero por la colonización de los imperios hasta inicios del siglo XX y después por la caída del bloque socialista encabezada por la URSS a finales del mismo siglo. Pero el capitalismo no es una entelequia que se apodera de territorios a su antojo, porque frente a su avance se confronta con otras formas de propiedad y, por lo tanto, frente a otras relaciones sociales de producción de una Formación Económico Social contenida en los límites de la nación.
El capital es una relación social de producción que sostienen la burguesía y el proletariado, en sus dos extremos antagónicos pero que, mediante el Estado, la burguesía expolia y domina a las clases trabajadoras y populares dentro de los límites del mercado nacional. En ese terreno, discrepando con la autora, el Estado no es lo mismo que el gobierno, siendo este último el elemento más importante del primero por su capacidad de generar vías legales de apropiación del trabajo humano y de recursos naturales, como las reformas constitucionales laboral y minera, respectivamente. El gobierno es la transfiguración del Estado.
Por ello, el gobierno genera las condiciones para que el capital pueda especular bajo la financiarización del territorio, “posibilitando el desarrollo del capital ficticio” y a partir de las crecientes obras de infraestructura permiten “agilizar la realización de plusvalía a fin de ganar lo más rápido posible” de la venta de mercancías a partir del trasporte de las mismas hacia nuevas comunidades, analiza Violeta Núñez.
Por otro lado, los gobiernos nacionales también generan condiciones de inversión extranjera directa e indirecta que requiere trabajo asalariado, tecnología y materia prima, misma que incluye actualmente metales y minerales para el ciclo de reproducción ampliada. Por ello, los organismos internacionales -desprendidos de la ONU- los ostentan en su mayoría aquellas naciones en las que el capitalismo se ha desarrollado. Estos “organismos internacionales” no son sino la fachada del capital en su fase imperialista, que no debemos confundir o igualarlo a Imperio (Toni Negri) porque el Estado-Nación ya es determinante en la situación actual mundial: no existe imperio sin imperialismo, pero si una lucha entre países imperialistas.
Desde 1970, los recursos mineros sedimentados en los océanos fueron declarados Patrimonio Común de la Humanidad: “Arvid Pardo, representante de Malta en las Naciones Unidas, propuso que los recursos marinos que ya no dependían de las jurisdicciones nacionales, fueran declarados como Patrimonio Común de la Humanidad” (Núñez, pág. 51) en beneficio de “toda” la humanidad pero que prepararon El reparto de océanos para la exploración marina (las cursivas también se refieren al capítulo con el mismo nombre).
Con ello, comenzó una nueva “legalidad” internacional que iría entregando concesiones a privados y gobiernos a minería marina para extraer aluminio, manganeso, cobre, circonio, níquel, cobalto, molibdeno, hierro, titanio, magnesio, plomo, etc., como lo describe en el capítulo Los contratos para la exploración marina. Con la mayor parte de los océanos y mares pocos estudiados: “por todos los medios se reconoce que las profundidades marinas, llamadas la fosa oceánica, han sido poco estudiadas” (Núñez, pág. 62)
La autora también nos dice, y muestra con gráficos, que la actual producción demanda minerales y metales, que, en lugar de cesar, va en aumento. Esta situación genera que un desplazamiento de comunidades y pobladores, como corolario del “creciente número de conflictos socioambientales […] a partir de la minería terrestre”, y ahora, marina. La minería marina devasta la vida oceánica y transforma sus ecosistemas pues “utiliza una gran cantidad de elementos, entre ellos el cianuro, para el proceso de lixiviado (separación de minerales), que la convierten en una actividad sumamente tóxica” (Núñez, pág. 46).
Dentro del libro que recomendamos ampliamente, también encontramos como la autora desenmascara los argumentos de los capitalistas mineros. Dentro de sus argumentos para la exploración y explotación marina, los mineros argumentan que es una salida a la minería terrestre pues “desde su concepción, no está habitado por hombres y mujeres que podrían ser afectados (y claro, no manifiestan oposición alguna)” (Núñez, pág. 47). Otras “ventajas” es “utilizar menos manos de obra, debido a los procesos de automatización y tecnificación que cada vez requieren menor número de empleados” (Núñez, pág. 51)
Por último, es de reconocer el trabajo de investigación y sistematización que nos presenta Violeta Núñez en tiempos en donde, en nuestro México, gobierna un proyecto auto declarado antineoliberal, podría retomarse la reforma en materia de minería para regular las inversiones, la producción y revisar los casos de afectaciones medioambientales y a comunidades dependientes de los productos del mar, como pescadores. De continuar la llamada Cuarta Transformación, este libro nos da elementos para pensar el proyecto entreguista de recursos minerales en el mar, y que la lucha de clases existe.
Trabajadores y clases “populares y medias” pueden ser embelesados por los partidos de derecha con su proyecto fascista: la burguesía se organiza permanentemente para sus propios intereses económicos a costa de la destrucción de la vida en todas sus formas.
Referencia
Núñez, Violeta. (2020). El capital rumbo al mar. Una nueva era minera: minería marina. Ciudad de México: Editorial Itaca / UAM.






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