Por Natalia Romero y Guillermo Hernández
Fascismo, es la palabra cuyo carácter dicotómico[1] nos remite a la advertencia que Agustín Cueva hacía, respecto a emplear dicho término con rigor y así poder analizar las más particularidades posibles para lograr identificar los procesos fascistoides en América Latina, en este caso, en México. Dicho carácter dicotómico dice que, por un lado, el fascismo significa una dictadura cruenta de la clase que tiene los medios de producción[2] y que ejecuta contra la clase obrera y trabajadora, ya sea en caso de que el capitalismo pase por una crisis o que necesite acabar con la amenaza de que ellos puedan dejar de ser los poseedores -es decir, una amenaza comunista o de insurgencia-. Así, aunque burdamente no se presente o no se vea -porque hay un gobierno democrático– en el país- una dictadura terrorista, campos de concentración o un golpe de estado, sí hay otras características presentes, propias de un desarrollo de un proceso de fascistización.
El fascismo tiene dos causas fundamentales. La primera es de carácter económico que tiene que ver con los periodos de crisis económicas; cuando existe una crisis la clase dominante es la que busca que sus ganancias no menoscaben y por ello es necesario el control férreo y estricto de la producción, para evitar que los obreros puedan pelear por lo que les corresponde y fortalecer las ramas de la industria que se vieron perjudicadas en la crisis. La segunda, es de carácter político y que va ligado a la cuestión económica y combatir la organización de cualquier tipo que afecte los intereses de la burguesía; por ejemplo, la represión por parte de las fuerzas armadas, detenciones ilegales, desapariciones forzadas, etc.
Ambas causas determinan la dinámica social en la que nos encontramos inmersos. Por ello, si observamos las crisis, no sólo la provocada por el covid-19, sino la que se viene arrastrando desde 2008 podemos ver como el avance del fascismo ha sido paulatino y con varios despuntes. Y es que no es casualidad la pérdida de derechos laborales, suspensión de las garantías individuales, que el desempleo haya crecido, que al mismo tiempo mucha gente tuviera que haber dejado sus lugares de origen. De igual forma, la sociedad ha alcanzado un grado de convivencia en dónde lo que se antepone es el “yo” en lugar de “nosotros”, es decir, lo único que importa es que Yo no pierda mi trabajo, es que Yo esté bien, que Yo no me meta en problemas, que no se metan con mi propiedad, y puro Yo, Yo, Yo…
Así pues, vemos que expresiones de odio hacia las mayorías como la xenofobia, la homofobia, el clasismo, el racismo, la misoginia […] se vuelven más cotidianas y normalizadas. Dando pauta a que las clases sociales más marginadas sufran de estos ataques, que los mensajes de odio en las diferentes expresiones que mencionamos, realmente sean locuciones de miedo a que la masa de gente jodida se organice y alce la voz.
Por tanto, pareciera que los procesos de fascistización se encuentran lejanos, que como diría Violeta Vázquez: “nadie en su sano juicio buscaría allegarse adeptos declarándose abiertamente fascista”, por eso mismo, las campañas mediáticas en las cuales existe un discurso de odio constante son silenciosas, escurridizas, imperceptibles y envolventes.
Resulta entonces que puede pasar desapercibida a nivel nacional una reunión de fascistas internacionales, donde se conjuntan un teórico fascista (Javier Milei), un hijo del exmandatario asesino (Eduardo Bolsonaro), un franquista (Santiago Abascal) o un Trumpista como Ted Cruz O Steve Bannon que, en nombre de Jesús y con el rosario en la mano, vienen hablar sobre el avance del socialismo y la necesidad de recuperar la democracia. Es necesario identificar aquellos discursos que pueden convertirse en acciones en el futuro, que pueden irse generalizando, contribuyendo a que el país se siga moviendo a la derecha.
[1] De acuerdo con Ferdinand de Saussure, el signo lingüístico tiene un carácter dicotómico, que es el “significado” y su “significante -o imagen acústica-”.
[2] En su estado monopólico.






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