«Primero vinieron por los socialistas,
y yo no dije nada, porque yo no era socialista.
Luego vinieron por los sindicalistas,
y yo no dije nada, porque yo no era sindicalista.
Luego vinieron por los judíos,
y yo no dije nada, porque yo no era judío.
Luego vinieron por mí,
y no quedó nadie para hablar por mí»

Por Alfonso Ruiz
La detención con excesivo uso de fuerza de dos estudiantes de Física de la BUAP reveló el cínico silencio de la rectora Lilia Cedillo; la lógica de represión del alcalde Eduardo Rivera; la manipulación de los medios; el linchamiento social; el respaldo empresarial a la “estrategia” del gobierno, así como la indiferencia y normalización de la violencia por parte de los universitarios.
Más allá de las inconsistencias legales y de una narrativa de los hechos ocurridos de la tarde-noche del 9 de noviembre, cuando los alumnos fueron detenidos, golpeados y electrocutados con teasers por policías que los acusaron de robar de unos “cacahuates”, a la mañana del 11, cuando fueron liberados, lo que resalta es la reacción de las instituciones del Estado capitalista, para evitar que el caso tuviera más repercusión y se generara descontento.
Además, mostró, de parte de la población y de los estudiantes de la BUAP en lo particular, la normalización del comportamiento violento y represivo por parte de las “fuerzas de seguridad” ante aquello que pervierta o dañe en lo más mínimo la propiedad privada. Es decir, la aceptación del discurso calderonista de la guerra contra el narco, en el que todo aquel que cometa un delito pierde, casi automáticamente, su humanidad y tiene que ser violentado o hasta asesinado.
Es este el punto más importante quiero analizar en este momento, pues como señala Ortega y Gasset al hablar del avance del fascismo: “Una de las paradojas más inevitables es que en la batalla, el vencedor, para vencer, necesita que el vencido le ayude”. Es decir, para que el fascismo, entendido como la dictadura terrorista del capital monopólico, como lo plantea Agustín Cueva, avance, necesita que, ya sea por coincidencia plena o indiferencia, la mayoría de la población esté de acuerdo con él.
Aunque en México no exista, al menos abiertamente, una “dictadura terrorista”, sí que existen grandes capitales monopolistas, nacionales y extranjeros, que conforman un bloque compacto de intereses, una oligarquía; la cual, mediante instituciones como las escuelas o los medios de comunicación, han hecho creer que sus intereses son los mismos que los intereses de la población, que es mejor el libre mercado, la competencia y las privatizaciones, en resumen, que los individuos deben preocuparse únicamente por sus intereses, una especie de darwinismo social, en el que el más fuerte sobrevive.
A lo anterior, se sumó el discurso de Felipe Calderón y su guerra contra el narco, que se basó en la creación de un “enemigo interno”, que fue precisamente el narcotráfico, al cual se le tenía que eliminar a toda costa, violando derechos humanos, cometiendo masacres, creando falsos positivos y dejando “daños colaterales”, es decir, la muerte de personas inocentes, incluidos niños, mujeres y ancianos.
Con ello, el capital monopolista crea las condiciones ideológicas para su objetivo fundamental: reducir al mínimo los salarios de los obreros, eliminar derechos sociales y mantener la precariedad laboral, así como reprimir a todo aquel que se oponga y, con ello, hacer frente a la crisis de valorización que experimenta, por la tendencia decreciente de la tasa de ganancia (este análisis, sin duda, requiere de mayor profundidad).
En concreto, el discurso fascistizoide ha permeado más en la pequeña-burguesía (comerciantes, pequeños propietarios, intelectuales, profesionistas), que es la clase social a la que la inmensa mayoría de los estudiantes de la BUAP pertenecen, pues precisamente debido al empobrecimiento y privatización, ya es más difícil que un hijo de obrero o campesino llegue a estudiar la educación superior.
Así, ante la detención de dos de sus compañeros, los estudiantes de la BUAP reaccionaron burlándose, condenando, pidiendo “mano dura” o bien con la indiferencia. Y aunque se realizó una marcha a favor de los alumnos y por su liberación, no fue tan nutrida como para que las autoridades, tanto municipales como universitarias, se vieran presionadas a decir la verdad sobre los hechos.
Los alumnos de la BUAP, pues, comparten las aspiraciones e intereses del capital monopolista, sin saber que en tanto forman parte de la pequeña-burguesía, sus intereses chocan antagónicamente. Al normalizar que la policía pueda detener, golpear y hasta torturar a alguien acusándolo de un simple robo; que quien cometa dicho “crimen” tenga que ser sometido y condenado sin saber si es inocente o no, simplemente por la sospecha, los universitarios se condenan a sí mismos. Ya fueron dos estudiantes de Física y si no hay un alto pueden ser muchos más.






Deja una respuesta