
Por Jorge Álvarez Méndez
No por repetida y previsible, la acción golpista de la derecha proimperialista de Venezuela debe merecer una reedición de análisis previos. Esta nueva escenificación a raíz de las elecciones presidenciales del 28 de julio se instala en nuevo contexto geopolítico y de la lucha de clases en la nación bolivariana.
Desde el frente imperialista, cadenas trasnacionales mediáticas como CNN redoblan su apuesta por ser más que un escaparate del actuar opositor, asumirse funcionalmente como ministerio de organización y propaganda del actuar antichavista. Se suma con gran potencia el oligarca Elon Musk apoyando abiertamente la candidatura de extrema derecha, a la vez de propalar noticias falsas sobre los acontecimientos postelectorales: dueño de Tesla, SpaceX y la plataforma X, red social. Kamala Harris se pronunció taimadamente por “un futuro más democrático”, sin embarcarse de lleno en la descalificación del resultado obtenido en los comicios presidenciales. Desde luego, la operación de la mafia cubana de Miami y los grupúsculos de Madrid.
En América Latina, cumple un lamentable y nefasto rol el presidente chileno (de “izquierda”) Gabriel Boric para poner en duda los resultados presentados por el Consejo Nacional Electoral (CNE). Más dañina, en igual proporción a su funcionalidad, es su postura por no provenir de las filas de la derecha internacional abierta. Igualmente, en este flanco se agregó a la prematura posición de Lula Da Silva, días antes de la justa electoral, en los hechos contribuyendo a un escenario de supuesta victoria de la derecha. Han seguido ese coro las voces de la socialdemocracia clamando por la transparencia de los resultados electorales, atizando más la hoguera encendida contra la Revolución Bolivariana.
Un elemento más y distinto a las guarimbas terroristas de 2017 lo es la guerra en Ucrania y la masacre hacia Gaza por parte del ente sionista (Israel), así como la velada guerra civil en Estados Unidos. Todo ello acelerado por la crisis capitalista en curso, que, en rigor, continúa desde 2008 y se agudiza en 2020. En lo político se está traduciendo en una creciente fascistización de Europa como centro de irradiación, pero con sus propias expresiones en otras latitudes.
Como ya era clara la urgente necesidad de petróleo, gas natural y ahora litio para E.U. y Europa, esto se hace más intenso a medida de la implementación de la “transición energética” hacia las “renovables”. Es un hecho cómo esto puede hacerse ampliando un campo más de acumulación de capital, a la par de la explotación de las energías de origen fósil, y ahí destaca Venezuela como principal reserva a nivel mundial junto con Arabia Saudita. Pero no puede caerse en la unilateralidad de explicar la actual agudización del conflicto político en Venezuela sólo por el factor del petróleo en la economía mundial capitalista.
El gobierno de la República Bolivariana de Venezuela está en proceso de incorporarse al grupo de cooperación internacional BRICS, el otro polo de la economía mundial no controlado en lo financiero, monetario, comercial, militar y comunicacional por Washington. Por ello, toda elección en ese país es un nuevo frente de batalla internacional. Además, el gobierno venezolano desde el liderazgo de Hugo Chávez encabezó esfuerzos para conformar organismos en América Latina como CELAC, ALBA, Unasur y Petrocaribe para minar la fuerza económica y política del imperialismo en Nuestra América.
Un balance con todo rigor sobre hasta qué punto Venezuela se dirige hacia un proceso socialista, debe apartar lo discursivo de lo material. Evidentemente, la asfixia de las sanciones unilaterales de E.U. ha impuesto una dificultad para el recambio de la matriz productiva basada en hidrocarburos, es decir, en un recurso estratégico de primer orden, pero materia prima, a fin de cuentas. En el fondo, la condena hacia el chavismo sí entraña el componente económico después de materializarse la nacionalización de la industria petrolera, pero permitiendo las inversiones de los monopolios estadounidenses. Se cambió sustancialmente el destino de la renta petrolera al canalizarse ampliamente a programas sociales. El mayor acento de las condenas es político e ideológico al haber alentado el eje de gobiernos progresistas a partir de 1998.
Sufrió así un importante revés la riqueza acumulada por la oligarquía rentista, pero su poderío económico no fue significativamente minado al controlar la cadena de procesamiento, distribución y comercialización de alimentos, por poner un caso esencial del nivel de vida de la población asalariada y de las capas populares. Tanto así que los grandes grupos económicos pudieron desestabilizar con la especulación y escasez inducida en el mercado interno (empresa Polar de Lorenzo Mendoza). La respuesta organizada ha sido el rescate de la producción de alimentos a nivel comunal. Fueron un duro castigo para el consumo popular los efectos del desabastecimiento de productos básicos.
No debe subestimarse el enorme caudal de votos alcanzados por la coalición de la derecha golpista, que acude a las urnas como un episodio más de legitimación de sus acciones desestabilizadoras. Se dan en medio de una guerra económica que ni siquiera permite un proceso de acumulación de capital en lo interno por grupos del capital inmersos en el proceso bolivariano. La amenaza sopesada por el imperialismo, sin obviar el control del petróleo, es la consolidación de un proceso político que ensaya otras formas de “poder popular” en las Comunas para articular lo productivo con lo político. Cuestión totalmente inadmisible para el imperio, de ahí su inscripción en la lista de “amenazas a la seguridad nacional de E.U.”.
De modo que, excepto el control del petróleo, la Revolución Bolivariana no ha expropiado los medios de producción a los grupos oligárquicos ni a los inversionistas extranjeros asentados en el país, preservando el carácter predominantemente capitalista en su formación económico social. Pero subyace el ejemplo de ir rompiendo entre avances y retrocesos, las cadenas soldadas por el capital.
Por lo pronto ha ido superando límites de la democracia en lo formal reducida a la validación electoral, pues supone formas de participación y deliberación. Pero la contradicción del proceso bolivariano se debate en refrendar su legitimación política institucional al acudir a las formas de dicha democracia burguesa; se desenvuelve así en la arena dictada históricamente por la burguesía, pero dando forma en los márgenes a otros elementos no surgidos en los contornos republicanos liberales. En las elecciones tienen un gran respiro y margen ampliado los opositores proimperialistas. A la vez, el chavismo afina una maquinaria de movilización de sus bases (Gran Polo Patriótico).
El límite para romper esa dinámica es la estructura basada en la propiedad privada de los medios de producción aun en manos del capital. Los derroteros de la Historia han de seguir siendo definidos por los explotados de la República Bolivariana, más allá de esta coyuntura de desestabilización sostenida internamente y por E.U.






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